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    Especial 46º FICC

    Especial 46º FICC

    Una mirada a Dede, Júlia Ist & Nico, 1988.

    2 de diciembre. El FICC, ya todo un emblema cultural de la ciudad, citaba a todos sus asistentes, para la gran noche de clausura, en el auditorio El Batel, situado a escasos metros de ese gran puerto elogiado por el mismo Cervantes en Viaje del Parnaso. En tan pintoresco enclave, donde en la quietud de sus noches invernales todavía se mezclan, entre el crepitar de la madera de los barcos y el rumor del escarceo del mar, ecos de los clásicos de la antiguedad provenientes del majestuoso Teatro Romano, tuvo lugar la entrega de premios que, como ya viene siendo habitual, aboga por otorgar justo reconocimiento a aquellos artistas y autores cuyo trabajo destaque por plantar cara a los convencionalismos y al abuso de clichés que encontramos a menudo en esta industria. Una noche que ejercía de cierre a una semana, del 26 de noviembre al citado día 2, convertida en un verdadero festín de cine; con más de 80 trabajos proyectados, entre los que destacamos la presencia de The Party, la última comedia gamberra de Sally Potter, el fabuloso homenaje a la vertiente más artística del cine propuesto por Agnès Varda y el muralista JR en Visages villages, la gran promesa del cine español, Verano 1993, o una de las grandes triunfadoras del pasado festival de Cannes, 120 pulsaciones por minuto. Asimismo, pudimos atender a algunos de los estrenos más esperados del año, como lo último de Michael Haneke, Happy End, o Thelma, del emergente Joachim Trier.

    Antes de la llegada del ocaso, el festival transcurrió con fluidez y sin contratiempos; un trabajo sensacional de gestión y coordinación, a lo largo de la semana y en cuatro salas de proyección diferentes, nos facilitaba el proceso asimilativo de las películas y, antes de que viniéramos a darnos cuenta, nos plantamos en la recta final, sentados en una de las genuinas butacas del Teatro Circo viendo Dede. La cinta georgiana es, sin lugar a dudas, uno de los grandes debuts del año. La realizadora Mariam Khatchvani consigue crear una atmósfera de frialdad absoluta que va mucho más allá de la simple climatología y de los helados paisajes del Cáucaso. Con un tratamiento sincero pero muy distante del personaje, el filme nos transporta a un mundo desconocido, una tierra de hombres llena de tradiciones donde la mujer adquiere un rol de mero trofeo. Sin incidir en la bondad o la maldad de los personajes masculinos que lideran ese patriarcado obsoleto, la directora apunta hacia una visión ignominiosa de la masculinidad y su potestad para coger aquello que desee por el simple hecho de que se lo ha ganado a base de esfuerzo y sacrificio. En la jerarquización arcaica de la sociedad georgiana presentada por Khatchvani, no hay lugar para la réplica o la desobediencia femenina. Una mujer ha de aceptar con gratitud su destino para evitar una lucha entre clanes, siendo pues, un simple objeto de mercadería. La violencia es parte fundamental de un esquema narrativo que presume de concisión y dramatismo, un dramatismo que, por momentos, resulta un poco desordenado y tendente a mezclar ideas, pero lo verdaderamente importante prevalece, y consiste en la exasperación de la mujer que todavía alberga pretensiones de poder llevar una vida sencilla y optar a un libre albedrío utópico. La promesa del romanticismo es destrozada, precisamente y con gran acierto, con la excusa de ese trabajo duro del hombre que, trasgrediendo el retrato del villano sin corazón, consigue que el espectador entienda con cariño esos matrimonios en los que se obliga a las mujeres a unirse con hombres hacia los que no sienten el mayor cariño o atracción: una mirada verdaderamente terrorífica de la esclavitud sexual consentida.

    JÚLIA IST.

    Con la llegada de Pol Rebaque a Cartagena, director de fotografía y coguionista de Júlia Ist, para discutir con los asistentes a la sala algunos de los aspectos más reseñables del filme, emergió uno de los hitos del certamen. La cinta de Elena Martín se presenta como un relato coming-of-age en el que el protagonismo del medio resulta casi tan importante como el de los propios actores. Al igual que La gran belleza, de Sorrentino, Júlia Ist erige su base narrativa en torno al impacto que una gran ciudad ejerce sobre los protagonistas; sin embargo, mientras que el discurso arquitectónico de Roma se fundamenta en la gloria y el orgullo de su colosal historia, algo que se reflejaba de forma magistral en la taciturna figura de Jep Gambardella, quien trataba a toda costa de vivir, como lo hace la propia Roma, de las rentas de una notoriedad pretérita, la arquitectura de Berlín revela el arrepentimiento y la vergüenza de un pasado ignominioso. De ahí que esa nueva generación de arquitectos trate, con ilusión, de eliminar esa frialdad carcelaria que envuelve a la capital alemana. Rebaque explicaba a los espectadores cómo han optado por una visión más bohemia de Alemania, para contrastar con la rigidez con la que acostumbramos a verla en el resto de ficciones. Con este trasfondo, la película muestra una historia de amor, pero no entre la protagonista y la ciudad, como cabría esperar de una narración de estas características, sino que se trata del vínculo inquebrantable entre el estudiante de Erasmus y la experiencia iniciática que lo conduce hacia la construcción de su personalidad adulta, al encuentro con su yo maduro y capaz de afrontar la voracidad de un mundo frenético en el que se tiende a olvidar el romanticismo.

    NICO, 1988.

    Como broche de oro, el FICC nos ofreció la posibilidad de disfrutar del maravilloso biopic que Susanna Nicchiarelliha ha realizado en torno a los últimos días de la vida de Christa Päffgen. En esta cinta se derriban la gran cantidad de mitos que giraban alrededor de la controvertida cantante quien, ni fue musa de nadie, como se ha afirmado a causa de que Warhol la usara como accesorio en sus ampulosas apariciones públicas rodeado de las “Warhol’s Superstars”, ni su carrera se definía por ser la vocalista de Velvet Underground. En Nico, 1988, tenemos la oportunidad de adentrarnos en el entramado iconoclasta que se cernía alrededor de esta artista que, como tantos genios, terminó pagando las consecuencias de la notoriedad y la incomprensión mediática que ésta conlleva. Dentro de la larga lista de aspectos más destacables del filme, encontramos un montaje sublime, que aporta la fuerza necesaria para soportar el derroche escénico de una de las interpretaciones más vigorosas del años, mostrando escenas musicales de una impactante gravedad, tanto por el ímpetu rítmico, como por la demacración de los miembros de la banda, totalmente destrozados por el efecto del síndrome de abstinencia a la heroína, algo que se verá acentuado gracias al uso de zooms y primeros planos que subrayan el virtuosismo de los músicos, capaces de hacer explotar en aplausos a toda una sala de conciertos estando en un estado semicomatoso. Ni el desarrollo narrativo ni el desenlace incidirán en el morbo o en la fácil demagogia hagiográfica, sino que se ceñirán a mostrar con talento y heterodoxia la mirada más amarga de la época dorada de las vanguardias artísticas.

    Volviendo al inicio, volviendo al cierre: quién mejor que Olivier Nakache y Eric Toledano para lograr la difícil tarea de contentar a todo el mundo en un trámite de estas características, en el que se reúnen, en armonía, artistas, políticos y espectadores. Y, como no podía ser de otra forma, todos los asistentes salieron de la sala con una sonrisa y un agradable sabor de boca, tras disfrutar a carcajada limpia de las disparatadas peripecias provocadas por un grupo de planificadores de boda en C’est la vie –título en España que altera el original, también en francés: Le sens de la fête–. Y con ese divertido recuerdo y una programación inmejorable, nos despedimos hasta el año que viene. ¡Hasta pronto, FICC!

    A continuación, la lista de los cortometrajes premiados en la sección oficial a concurso:

    Mejor Cortometraje: RED LIGHT, de Toma Waszarow.
    Mejor Dirección de Cortometraje: Álvaro Gago por MATRIA.
    Mejor Guion: Brady Hood y Jessica Jackson por SWEET MADDIE STONE.
    Mejor Interpretación: Nausicaa Bonnín por LA INÚTIL.
    Mejor Fotografía: Ion de Sosa por LA DISCO RESPLANDECE.


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