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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Aniquilación

    || Críticas | ★★★★☆
    Aniquilación
    Adam Wingard
    La violenta desmesura de las formas autoconscientes


    Mario Peña
    Sitges |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «Onslaught». Dirección: Adam Wingard. Guion: Adam Wingard y Simon Barrett. Compañías productoras: A24, Republic Pictures, Wayfarer Studios, Snoot Entertainment, Idiotkast. Presentación oficial: Festival de Sitges 2026. Fotografía: Ben Seresin. Montaje: Josh Schaeffer. Música: Simon Franzmann. Reparto: Adria Arjona, Dan Stevens, Eric Dane, Drew Starkey, Stephen Oyoung, Reginald VelJohnson. Duración: 95 minutos.

    Adam Wingard es uno de esos cineastas que, desinhibido, deslumbra a la escena de género independiente y se impone, tanto en crítica como en taquilla, a otros creadores cercanos temáticamente pero muy lejanos en cuanto a inventiva. El americano es capaz de reinventar una y otra vez el imaginario visual preconcebido para, con variaciones leves y sin abandonar nunca su desmesura, narrar las salvajes desventuras de sus personajes con una tracción y sentido rítmico arrebatadores. Su paso por las majors hollywoodenses, y sufriendo el aparente vampirismo de estas hacia las sensibilidades de creadores independientes, corrió el mismo destino que el de Marc Webb, director de 500 días con ella (2009) y su saga de The Amazing Spider-Man, o el de David Lowery, director de A Ghost Story (2017), con Peter Pan & Wendy (2023): fracasos en crítica, pero éxitos en taquilla. Después de la segunda parte de Blair Witch, la vilipendiada adaptación de Death Note y exprimir al máximo la franquicia de Godzilla vs. Kong, Wingard juega sobre seguro y apuesta por una película de bajo presupuesto conectada con el universo que creó en You're Next (2011) y The Guest (2014), unidas por la empresa militar KPG, que experimenta con soldados en pos del desarrollo y creación de supersoldados, mutantes sin conciencia con el único objetivo de destruir todo lo que esté a su alcance. En una de esas experimentaciones, el doctor Hans Kammer consigue convertir a tres sujetos con cualidades militares excepcionales en suprahumanos. Cuando estos se salen de control y escapan de la base militar secreta en la que estaban siendo escondidos, erradicarán a todo ser vivo que encuentren a su paso, hasta llegar a un pequeño pueblo donde vive Celeste, una veterana de guerra que no supo continuar con su vida después de sus años de servicio en Irak.

    Como no es difícil de advertir, el guion de Aniquilación se presenta impúdicamente como el pináculo del cliché, la total y absoluta osificación del tópico del cine de acción, concretamente articulado en base a los preceptos más ortopédicos del concepto «one-man army» —en este caso, woman—, aquel en que un solo individuo enfrenta hordas de enemigos valiéndose de su capacidad física, conocimiento militar y arrojo para sobrevivir. El enloquecido doctor nazi, o en su defecto, simplemente alemán; el experimento fallido; el veterano; el entrañable compañero del protagonista que muere o es herido por fines puramente dramáticos; la hija a proteger… No es casualidad que no haya tópico por reconocer en la cinta, y es que, muy inteligentemente, Wingard amalgama toda una pirotécnica batería referencial para estilizar y exprimir hasta la buscada parodia las vetustas conexiones de su protagonista, Celeste, con el Stallone de Acorralado (1982), el Schwarzenegger de Commando (1985) o el Seagal de Alerta máxima (1992). Con dejes de slasher de serie B que, tensados hasta el exacerbo, son manifiestamente análogos a los baños de sangre de Perros de paja (1971), Wingard construye un ejercicio de género sabidamente hortera, y es en ese núcleo profundamente autoconsciente sobre el que la cinta orbita donde reside la causa directa de la estetización absoluta con la que Wingard desarrolla cada una de sus secuencias, muy cercano al modo en que la pareja Bruno Forzani y Hélène Cattet conciben sus filmes, construyendo un ilógico divertimento erigido sobre el conocimiento del cineasta de saberse excesivo, sin que ello no solo no resulte un lastre, sino que potencie la irreverente artificiosidad de la cinta, delicioso pecado.

    La utilización de película de 35mm, la viveza cromática y las digresiones formales instaladas en ciertos puntos clave del relato afianzan esa sensación de artificio, de amenazante funambulismo entre la parodia y la vacuidad, que inevitablemente conduce a los manierismos refnianos, al fetiche que encuentra su ética en la estética, o, en muchas ocasiones, a que no hay más ética que la estética, en un maravilloso juego fractal de violencia puramente plástica. Más allá de su festivo homenaje, estructuralmente la cinta sufre de una grave descompensación en sus actos, que, debido a la sencillez —y simpleza— de su limitado libreto, han de verse dilatados dramaturgicamente en las secuencias dramáticas o emotivas, más que probablemente por falta de recursos, y comprimidos en las de acción, hilvanando muy vagamente la gran cantidad de tramas y subtramas presentadas en su primer acto. Cierto es también que la propia naturaleza del relato ya reclama el juego entre distensión y explosividad con el que Wingard, como heredero natural de John Carpenter, tan cómodo se siente y que remite directamente a los ritmos intermitentes de Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) o Halloween (1978) y sus espasmódicos arranques de violencia súbita, pues en esencia, eso es Aniquilación, la violenta desmesura de las formas autoconscientes. ♦


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