|| Críticas | Karlovy Vary 2026 | ★★★★☆ ½
Adolescencia, sexo y muerte
en Campamento Miasma
en Campamento Miasma
Jane Schoenbrun
Más reflejos en la pantalla
Nacho Álvarez
ficha técnica:
Estados Unidos, Canadá, 2026. Título original: «Teenage Sex and Death at Camp Miasma». Dirección y Guion: Jane Schoenbrun. Compañías productoras: Plan B Entertainment, MUBI, A24. Distribución: MUBI. Fotografía: Eric Yue. Montaje: Graham Mason. Música: Alex G. Reparto: Hannah Einbinder (Kris), Gillian Anderson (Billy Presley), Amanda Fix, Jack Haven (Little Death), Patrick Fischler, Dylan Baker, Sarah Sherman, Zach Cherry, Jasmin Savoy Brown, Quintessa Swindell. Duración: 112 minutos.
Estados Unidos, Canadá, 2026. Título original: «Teenage Sex and Death at Camp Miasma». Dirección y Guion: Jane Schoenbrun. Compañías productoras: Plan B Entertainment, MUBI, A24. Distribución: MUBI. Fotografía: Eric Yue. Montaje: Graham Mason. Música: Alex G. Reparto: Hannah Einbinder (Kris), Gillian Anderson (Billy Presley), Amanda Fix, Jack Haven (Little Death), Patrick Fischler, Dylan Baker, Sarah Sherman, Zach Cherry, Jasmin Savoy Brown, Quintessa Swindell. Duración: 112 minutos.
Asumiendo todo ello, Schoenbrun decide situarse ahora a sí misme en el centro de la ficción, a través del personaje de Kris -su alter ego interpretado por Hannah Einbinder-, une joven directore a la que han encargado un reboot de una mítica franquicia de terror que, como tantas otras, ha sufrido altibajos de éxito e incontables secuelas y relanzamientos. Kris acepta la tarea de forma militante, tratando de resignificar todos esos elementos propios de las sagas de los años 80 ligadas a mirada masculina, la psicologización del villano enmascarado y la sexualización arquetípica de la final girl, tratando de reinterpretar su mitología en clave queer. Para ello, se desplaza al lugar de rodaje de la entrega original, una cabaña apartada en la que vive precisamente Billy, la actriz protagonista de aquella cinta canónica -interpretada por Gillian Anderson-, con la que entabla una íntima relación que irá volviéndose cada vez más turbulenta. A partir de aquí, Schoenbrun comienza esta exacerbada autoficción escapando de los lugares (físicos y temáticos) habituales de su cine -el coming of age o el suburbio como reflejo de expectativa de futuro y la normatividad de la juventud estadounidense- para adentrarse en un espacio indeterminado y alejado de todo realismo como es el Campamento Miasma. El lugar, construido a través de cromas, efectos y recursos visuales que lo alejan del “mundo real” va reforzando en todo momento esta aproximación metaficcional que bebe iconográficamente de la primera entrega de Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980), con su lago en medio del campamento y un ser enmascarado (Little Death) que, como Jason, emerge de su interior para asesinar a los protagonistas.
No obstante, sí se puede rastrear aquí un impulso que hila toda la obra de Schoenbrun y que puede definirse como una invitación a mirar ese instante indescriptible de toma de conciencia de la identidad de cada uno. Ese carácter individual de toda experiencia de este tipo, que se extrema ahora al hacer de la protagonista una cineasta -considerablemente más identificable con Schoenbrun en ese plano subjetivo de un rodaje que abre la cinta-, la película encuentra un poso incontestablemente universal que, al igual que ocurría ya en El brillo de la televisión, se expande más allá de lo queer para hablar sobre un autodescubrimiento que se canaliza a través de la cultura popular audiovisual. Para Kris, ese momento que vive en su recuerdo nace en la entrega original de la ficticia Camp Miasma, en el instante en que Little Death está a punto de asesinar a la protagonista y su cuerpo y arma quedan reflejados en el ojo de la chica mientras ella está manteniendo relaciones sexuales. Esta imagen, a la que Schoenbrun vuelve una y otra vez a lo largo del metraje, evidencia una asimilación de ese inexplicable momento de cambio a la condición inefable del cine desde sus orígenes. Ese ojo sirve definitivamente como metonimia del espectador activo que ha retenido imágenes de forma involuntaria en su cabeza, tomando conciencia de sí mismo y formando parte cada vez más del mundo de la ficción, que ha ido acercándose en paralelo a los individuos fuera de la pantalla con la llegada del mundo digital. El propio Little Death se revela a lo largo de la trama como un espectador, escondido en las profundidades del lago introduciendo cintas de VHS en un cuerpo orgánico -el cine de Cronenberg, Videodrome (1983) y la nueva carne hacen su aparición en este abanico referencial-, incidiendo de nuevo en algo que Schoenbrun ha ido desarrollando a lo largo de su filmografía. Ese espectador activo es a la vez emisor y receptor de significado, ya que refleja su identidad y su cuerpo sobre las imágenes, algo que ya estaba en los monstruos digitales de We’re all going to the world’s fair, en los colores brillantes y la textura de El brillo de la televisión, y en la letra de ‘Satan’ de Andy Shauf que suena en el epílogo de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, e invita con su ‘Don’t watch yourself / Watch the movie’ a esa proyección total del espectador en la pantalla.
A pesar de toda esta fundamentación teórica que caracteriza la obra de Schoenbrun -palpable en gran medida en esta última película en las conversaciones entre Kris y Billy en la cabaña sobre la historia del slasher-, la insistencia en este desenfreno festivo y violento que ocupa gran parte del metraje, los deslices cómicos y también la explicitación del deseo en las escenas de sexo entre ambas, desvelan la importancia de dotar a sus imágenes de una visceralidad igualmente necesaria. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se restriega cómodamente en las estructuras visuales del cine de terror para revisarlo a través de los ojos del espectador, que desde hace tiempo también desea ser cineasta, villano y final girl. ♦










