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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | A New Dawn (花緑青が明ける日に)

    || Críticas | Berlinale 2026 | ★★★★☆ |
    A New Dawn
    Yoshitoshi Shinomiya
    Luz que irrumpe en la oscuridad


    Ignacio Navarro Mejía
    Berlín |

    ficha técnica:
    Japón, Francia, 2026. Título original: «花緑青が明ける日に» (Hanakokusho ga Akeru Hi ni / A New Dawn). Dirección y guion: Yoshitoshi Shinomiya. Compañías: Asmik Ace, Miyu Productions, Studio Outrigger. Festival de presentación: 76.º Festival Internacional de Cine de Berlín - Berlinale (Competición Oficial). Distribución: Asmik Ace (Japón); Charades (Ventas internacionales). Fotografía: Anna Tomizaki. Montaje: Megumi Uchida. Música: Shuta Hasunuma. Reparto (voces): Riku Hagiwara, Kotone Furukawa, Miyu Irino, Takashi Okabe. Duración: 76 minutos.

    El anime es un tipo de cine a menudo caracterizado por los extremos, ya sean de épica, de gestualidad o de manifestación emocional. Observamos en él con frecuencia escenas prolongadas de desafíos o peleas imposibles, expresiones exageradas de mandíbulas desencajadas u ojos desorbitados y, en general, sentimientos siempre a flor de piel, donde lo cotidiano se convierte en trágico o en catártico. Por eso es un marco idóneo (por supuesto, no exclusivo) para contarnos historias sobre algún interés, afición o conflicto llevado al extremo por quién lo sufre o padece. Desde el jazz en Blue Giant hasta las especies marinas en Los niños del mar, o incluso el oficio de luthier en Susurros del corazón, observamos como algo a priori inocuo o inofensivo se convierte en obsesión enfermiza para sus personajes, que hacen que toda su vida gire en torno a ello, y por tanto el grueso de la película que nos la narra. Hemos citado algunas películas, pero también hay otras tantas series de anime que, en el mismo sentido, se centran enfáticamente en talentos artísticos o deportivos muy concretos, como el dibujo, el voleibol o el golf. Sin embargo, el gusto por la fabricación de fuegos artificiales (más allá de su importancia cultural específica en Japón) ya es de otra naturaleza, pues cuesta más imaginar que dicho gusto pueda ser tan extremo como para atormentar a alguien y condicionar su existencia, y de suficiente entidad como para sostener la trama principal de un largometraje.

    Pues bien, esto es lo que sucede en A New Dawn, presentada recientemente en competición en la Berlinale. Estamos ante el debut en el guion y la dirección de largometraje de Yoshitoshi Shinomiya, que había trabajado hasta la fecha en el departamento de animación de otros conocidos largometrajes de anime, como Viaje a Agartha, Ancien y el mundo mágico o sobre todo Your Name, y esta experiencia como ilustrador se pone de manifiesto en esta ópera prima, visualmente esplendorosa, aunque en apariencia más errática en lo que al guion y la dirección se refieren. La historia, como decíamos, tiene que ver con la fabricación de fuegos artificiales, enfrentada a los nuevos tiempos, pues la localización principal es precisamente la de una fábrica abandonada, de donde ya no salta ninguna chispa. Un breve prólogo nos muestra las dificultades para mantener en pie este negocio familiar, frente a las presiones inmobiliarias y ambientales que van a transformar el espacio circundante en huerta solar. Otro elemento común del anime es el de la defensa de la naturaleza, cada vez más destruida por los avances del progreso industrial, y aquí esa reivindicación se extiende a la crítica a la instalación de fuentes de energía renovable, que en este espacio concreto pretende llevarse por delante el último reducto de tradición de una familia descompuesta. Dos hermanos huérfanos de padre y distanciados por la incomunicación se alían entonces con una amiga de la infancia para defender ese reducto, en una actitud más simbólica que eficaz o con visos de éxito material, para lanzar así una última erupción de pólvora que ilumine el cielo nocturno, como hace siempre el sol al despuntar cada mañana (de ahí el doble sentido del título).

    Este resumen de la trama clarifica algunos de sus elementos cuyo mero visionado hace parecer inconexos. Decíamos que el libreto y su ejecución se antojan erráticos, pero es una sensación provocada por la extrañeza, no por el error, pues Shinomiya apuesta por un montaje heterodoxo para desarrollar su estructura narrativa, engañosamente alambicada (que también se puede interpretar como plasmación del caos alienado de sus personajes), lo que genera confusión no porque las piezas no estén bien presentadas, sino por la falta de costumbre a que se nos presenten de esa manera. No hay una ausencia ni insuficiencia de información dramática, sino una condensación, que permite contar en 76 minutos escasos que dura el metraje lo que habitualmente se haría en mucho más tiempo, con una capacidad de síntesis que es de alabar. Y decíamos que no es un error porque, una vez superada la extrañeza inicial y hecho el esfuerzo como espectador de prestar atención a cada detalle, comprobamos que todos los planos y secuencias revelan algo coherente con la historia y se suceden con un ritmo sostenido, igual de coherente con toda esa estructura. Insistimos, la forma de contar esta historia puede criticarse, si no convence, pero no achacarse a un defecto de base, pues se trata de una opción estética intencionada, que funciona porque desarrolla e impulsa tal historia con todos los elementos necesarios, hacia un desenlace en que todas las piezas encajan. Dicho esto, lo más llamativo en cualquier caso de A New Dawn, y lo que sí puede generar más consenso apreciativo, es su estilo visual, una auténtica explosión de colores (otro ejemplo de la inteligente correspondencia entre fondo y forma de esta película) de tonos pasteles. Esta tonalidad podría, por ejemplo, retrotraernos a los flashbacks de Recuerdos del ayer, de Takahata, pero este podía considerarse en la animación el heredero de alguien como Ozu, mientras que Shinomiya es más moderno en su concepción de la puesta en escena, como atestiguan los ángulos o los encuadres que maneja, que distorsionan o sesgan lo que habitualmente compone un plano. Este trabajo, de hecho, también funciona como un puzle, que exige ir hilando fragmentos para componer el todo, y el resultado es plenamente satisfactorio. Todo este esfuerzo merece la pena, pues al final el efecto catártico se extiende al propio espectador, que partiendo quizá de la incomprensión ante lo que sucede acaba compartiendo, conmovido, el extraordinario destino de estos personajes igual de incomprendidos. ♦


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