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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Little Amélie

    || Críticas | ★★★★☆ |
    Little Amélie
    Maïlys Vallade, Liane-Cho Han
    Recordando la mirada de la infancia


    Ariadna Vidal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Francia, 2025. Título original: «Amélie et la Métaphysique des tubes» (Little Amélie). Dirección: Maïlys Vallade, Liane-Cho Han. Guion: Liane-Cho Han, Aude Py, Maïlys Vallade, Eddine Noël (basado en la novela de Amélie Nothomb). Compañías: Maybe Movies, Ikki Films, 2 Minutes, France 3 Cinéma. Festival de presentación: Festival de Annecy (Premio del Público); 73.º Festival de San Sebastián (Sección Perlak - Premio del Público a la Mejor Película Europea). Distribución: A Contracorriente Films, Selecta Visión. Montaje: Ludovic Versace. Música: Mari Fukuhara. Reparto: Loïse Charpentier, Victoria Grobois, Yumi Fujimori, Cathy Cerda, Marc Arnaud, Laëtitia Coryn. Duración: 77 minutos.

    La infancia siempre ha tenido un lugar especial en el cine, quizá por su capacidad de simbolizar la renovación de la mirada. La presencia de un niño en pantalla permite al espectador volver a ver el mundo por primera vez: con la mirada despojada del personaje y, simultáneamente, con su propia consciencia como adulto. Little Amélie, adaptación animada de Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb, convierte esta idea en su propuesta formal. Por ello, no resulta casual que una de las primeras reflexiones de su protagonista, una recién nacida, verse sobre aquello que define la mirada: “¿Qué diferencia hay entre los ojos que tienen una mirada y los que no? Esa diferencia tiene un nombre: la vida.” Tras esta observación, un doctor dictamina que la pequeña se encuentra en estado vegetativo, pues sus ojos carecen de vida y, en consecuencia, de mirada. Sin embargo, posteriormente, la condición de Amélie es revertida de forma inexplicable por los efectos de un terremoto, cuyo movimiento le devuelve la movilidad y la dota, al fin, de mirada. Esta ocupa un papel fundamental en la película, centrada en representar las primeras experiencias de Amélie, la hija pequeña de una familia belga residente en Japón.

    El filme empieza transitando por lugares comunes de la infancia, como los primeros pasos y las primeras palabras; continúa con experiencias más singulares, como el descubrimiento de la primavera o el contacto con la lluvia; y finalmente aborda temas sensibles, como el encuentro con la muerte. De esta forma, el desarrollo de la película responde a la fascinación de Amélie por su entorno, progresando con una fluidez comparable a la de los primeros años de vida. Gratamente, la representación de estos acontecimientos está mediada por la subjetividad de Amélie, que modula la realidad que la rodea, ofreciendo su particular perspectiva sobre ella. Esta se caracteriza por una extraña convivencia entre inocencia y madurez, que se manifiesta en el tratamiento de la imagen y del sonido, respectivamente. Por un lado, la imagen usa la animación para representar la percepción de Amélie a través de la fantasía. Por otro, el sonido introduce una narración en voz en off que, pese a corresponder a la protagonista, reflexiona sobre los hechos con mayor madurez de la que correspondería a su edad. Así, la imagen materializa sensaciones abstractas mientras que el sonido las dota de hondura filosófica. Con ello, la película insta al espectador a revivir su propia infancia, a recordar los hallazgos olvidados y a devolver a la cotidianidad su dimensión extraordinaria.

    Little Amélie no se limita a abordar la memoria personal, sino que extiende su reflexión al plano colectivo. La película parte con la reivindicación de los recuerdos de infancia de Amélie y, progresivamente, se adentra en la memoria histórica de Japón a través de dos personajes antagónicos: Kashima-san, la casera, y Nishio-san, la empleada doméstica de la familia. La primera se muestra distante y recelosa ante la presencia de los extranjeros, mientras que la segunda establece una relación íntima y afectuosa con ellos, especialmente con Amélie, convirtiéndose en su cuidadora. Nishio-san obtiene su confianza y su afecto al compartir con ella ciertos aspectos de la cultura japonesa. Desde el significado de la primera sílaba de su nombre en kanji, hasta la festividad de los difuntos. Sin embargo, la luminosidad de Nishio-san oculta un trauma de guerra: la pérdida de su familia en los bombardeos de Kobe en 1941. Las heridas de esta tragedia parecen sanar gracias a su relación con Amélie, que la reconcilia con su propia infancia y la abre a la posibilidad de un nuevo tipo de familia. Cabe apuntar que esta relación propicia algunas de las escenas más emotivas del filme, entre las que destaca el relato de los bombardeos que Nishio-san comparte con Amélie mientras cocina, ilustrados por unas zanahorias que caen en un caldo, en un comentario velado sobre los límites de la imaginación infantil y la imposibilidad de representar el horror. Si bien para Nishio-san Amélie atenúa el peso de su pasado, para Kashima-san la presencia de la familia reaviva emociones sepultadas por el tiempo. A partir de estas dos formas de atravesar el duelo se articula una discusión sobre los límites del olvido.

    La soltura de la película para presentar temas complejos a un público infantil refleja la influencia de Hayao Miyazaki, presente también en el tratamiento de los motivos japoneses que pueblan la escena. No obstante, ello no impide que la animación alcance un estilo propio, de inspiración francesa, caracterizado por manchas de color que, en ocasiones, tienden a la abstracción o viran hacia el impresionismo. Esta propuesta, a medio camino entre Asia y Europa, representa a la perfección la identidad de Amélie, definida por un fructífero choque cultural. ♦


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