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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica (II) | El agente secreto

    || Críticas | ★★★★★
    El agente secreto
    Kleber Mendonça Filho
    La luz del proyector


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Brasil, Francia, Alemania, Países Bajos, 2025. Título original: «O Agente Secreto». Dirección y guion: Kleber Mendonça Filho. Compañías: CinemaScópio Produções, MK Productions, One Two Films, Lemming Film, Arte France Cinéma. Festival de presentación: 78.º Festival Internacional de Cine de Cannes (Competición Oficial - Premio al mejor director y Premio al mejor actor para Wagner Moura). Distribución: Elastica Films, La Aventura Audiovisual. Fotografía: Evgenia Alexandrova. Montaje: Eduardo Serrano, Matheus Farias. Música: Tomaz Alves Souza, Mateus Alves. Reparto: Wagner Moura, Maria Fernanda Cândido, Gabriel Leone, Udo Kier, Isabél Zuaa, Alice Carvalho, Thomás Aquino, Hermila Guedes, João Vitor Silva, Suzy Lopes, Rubens Santos. Duración: 158 minutos.

    Desde su mismo principio el cine posee algunas características que van mucho más allá del arte en movimiento; tienen más que ver con un tipo de verdad oculta, velada, que se nos escapa del análisis y que lo transforma en un espacio sagrado de reunión. No se trata de las películas, se trata de lo que no vemos. Los rincones de un cine ignoran los aspectos artísticos expresivos del propio medio dejándose filtrar por unas extrañas fantasmagorías. En Retratos fantasmas (Kleber Mendonça Filho, 2023) los cines de barrio y periferias acompañan la cotidianidad de los habitantes de Recife, capital brasileña de Pernambuco, lugar de nacimiento del propio cineasta y mapa donde reflejar las huellas de unos edificios que tienen vida propia en el imaginario social del país. Las marquesinas de los cines de antes, con sus carteleras y fotocromos, nos evadían de la cruda realidad abriendo un campo de fantasía en nuestra imaginación mucho antes de poder ver las películas que anunciaban. Un afiche o cartel ignora el contenido, solo acaricia ideas que nuestro subconsciente se permite intuir o soñar. De niños muchas veces mirábamos un cartel sin ni siquiera tener posibilidades de entrar al cine. Cuando podíamos hacerlo articulábamos miles de opciones alternativas en nuestra memoria para describir lo que sentíamos con las películas.

    Hay algo en la extraordinaria El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025) más lejos de su discurso político y de sus laberintos sociales, que la convierten en un relato de cortinas rasgadas en donde el cine no solo sirve de marco creativo o de espacio histórico, sino de trasunto hacia la prestidigitación suscitadas por las imágenes, imágenes de simbologías construidas fuera de tiempo. Pese a ubicarse en un momento muy preciso de la dictadura brasileña, año 1977 para ser exactos, la película de Mendonça Filho observa con temple y cuidado la naturaleza sísmica de un terremoto emocional que se nutre, como no podía ser de otra manera, del cine y sus recuerdos. El montaje del filme lleva a cabo una narrativa fragmentada de saltos temporales en forma de muñecas rusas al borde de un relato excitante en el que concursamos como pasajeros de un fastuoso viaje. Seremos viajeros de ese tiempo en el que nuestro protagonista se mueve, suda, ríe y llora.

    La película se abre y se cierra en derredor de dos secuencias portentosas que sugieren un cuidado especial por los colores y por la puesta en escena. Nada más abrirse el telón, el escarabajo amarillo que conduce Marcelo (Wagner Moura) se detiene a repostar en una gasolinera en las afueras de Recife. Los tonos terrosos y ocres de la tierra y la polvareda y humedad ambiental están perfectamente descritas en las imágenes. El sol abrasador inunda de tintes amarillentos toda la escena que siente en todo momento la presencia de un cadáver en medio de la carretera. La cámara nos remite al mejor Hitchcock en la planificación de los recursos manejados con un dominio brutal del tiempo y del espacio. El espectador siente la angustia, el miedo, de unos primeros minutos métricamente perfectos. Por otro lado la escena final, que guarda una importancia esencial en el sentido del lugar como herencia, tiende a dejarse llevar por los rojos, colores relativos a la sangre y a las conexiones sanguíneas con los antepasados. Esos dos tiempos, que abarcan casi 50 años entre unas imágenes y otras, transfieren una geografía que pone de relieve la dispersión de cualquier suceso y de su importancia en el planisferio de unos estados universales que no distan tanto de una apoca a otra y que nos revelan la emergencia de resistir. Por tanto brotará en El agente secreto una bella metáfora de conjuro intemporal que se parece a las de un puzle, o cubo de Rubik, con millones de piezas y colores por completar.

    Hablamos de colores, y no es casual que sea el amarillo el que domine con fuerza y personalidad el tono de la película. Es el amarillo del giallo italiano, el amarillo de las equipaciones de futbol o de baloncesto brasileño, el del escarabajo que conduce Marcelo, o el de las cabinas telefónicas, las cintas de casete BASF, y sobre todo, el de la bandera del país siendo ese color el emblema de una cultura de diversas resonancias. La maravillosa fotografía de Evgenia Alexandrova circula en sintonía con la idiosincrasia de una nación, de sus pueblos y de sus tradiciones (sin ir más lejos la cinta transcurre durante la celebración del carnaval). Al excelso trabajo de diseño y colorimetría tenemos que añadirle el sobresaliente manejo de todas las herramientas fílmicas que Mendonça Filho superpone y acierta en cohesionar con ingenio y gran pulso narrativo. La diversidad de texturas, y la imagen ligeramente granulada, evoca a las películas de espionaje de los años setenta. El virtuosismo de la cámara flotante y paneos circulares, así como los recursos de la pantalla dividida y del plano con split diopter avivan parábolas fronterizas con el cine de Brian De Palma (con el que también existen claras analogías). La película arrastra un documentalismo de engranajes propios del cine de ficción paseándose con melancolía por la heterogeneidad de los géneros cinematográficos. Naturalmente nos encontramos con el magma social de todas esas historias de desaparecidos que tan bien han fraguado cineastas como Costa-Gavras, o el indudable compromiso político de Gillo Pontecorvo o Sidney Lumet. Las citas al cine estadounidense manifiestan un deseo narrativo más cercano al espectáculo adulto – su caligrafía es deudora de la época dorada de ese tipo de cine, y las citas y homenajes europeos tienen un interés burlesco y satírico como pueden intuirse en la música – el tema preexistente de Ennio Morricone para la cinta Grazie Zia (1968) – o en el segmento de la pierna zombie que desde luego comparte ese gusto por el giallo mediterráneo de serie B-. Es una obra que se escucha y siente gracias a las músicas y temáticas de arraigo popular. Una noria que gira dando vueltas sin parar. Las comentadas referencias fílmicas son todas excelentes y nada gratuitas pues hacen de El agente secreto una cinta colosal, y en muchos sentidos una experiencia épica.

    Siendo niño me gustaba imaginarme mi propio cine en casa. Cine en su totalidad, no el poner películas en un VHS o en otro reproductor y verlas con la luz apagada. Colgaba afiches de las paredes del patio, carteles de películas que mi abuelo o mi padre me traían de los cines donde trabajaban. La mayoría eran películas de Kung-Fú, de Bruce Lee o Jackie Chan, y también los posters más llamativos de la época, como los de Indiana Jones o Karate Kid. Los solía intercambiar haciendo mis propias sesiones dobles. La ventanita que daba a la terraza la usábamos de taquilla y jugaba con mi hermana con esos cines de andar por casa y sábanas blancas que no proyectaban nunca nada. Como muchos carteles no los teníamos pues nos los inventábamos pintándolos en cartulinas con las letras del título bien grandes. Me hace ilusión que sea Spielberg, y más concretamente Tiburón (1975), la película sobre la que Mendonça Filho edifique el constructo de su obra. La famosa cinta de Spielberg es algo más que un fenómeno de masas, un acontecimiento que ha calado en los imaginarios de generaciones enteras. Ese gesto se convierte en el leitmotiv de El agente secreto, y por ende en su corazón narratológico. Tenemos al hijo de Marcelo pintando y coloreando carteles de Tiburón, fijándose en los recortes de prensa y anuncios en los periódicos – más adelante se hace hincapié en el anuncio del estreno de La profecía (1976) – y otras referencias paralelas o indirectas a la película de Spielberg, como la pierna encontrada en la playa o el personaje de Euclides (Robério Diógenes), un jefe de policía que representa la corrupción sistémica y abuso de poder y que se parece bastante a la figura del irresponsable alcalde de Amity Island en Tiburón. El agente secreto manifiesta un amor por el cine que hacía tiempo no vivíamos con tanto apremio y devoción.

    Todos los momentos del filme deben enfocarse con las lentes de esa identidad difusa correspondidos a esa presencia fantasma que notamos dentro de los cines, o en nuestra mente. Espíritus convocados en la oscuridad de sus edificios y de sus escombros. Percibimos una película que se atiende a los principios básicos de la melancolía, al menos, su fórmula, luciente pero afligida, se inclina bajo sus signos más incuestionables. Por eso el relato se vaporiza sobre el haz de luz del proyector, bailando junto a las partículas de polvo envolvente que arrastran y encapsulan sus mecanismos. Una pantalla que se dobla y se abre en otras muchas, en las remotas posibilidades de un tiempo flexible que no se ciñe a lo material o a lo físico. Es por supuesto una película de viajes temporales y también de ciencia ficción, sí, porque no evade salidas pop y contraculturales.

    A la hora de la verdad las imágenes, y solo ellas, son las que nos permiten sobrevivir según nuestros sentidos o recuerdos. La historia es como el propio cinematógrafo; una sucesión de imágenes sujetas a interpelarse por unos y por otros, imágenes que cambian, mutan y desenfocan, fotogramas que se hacen más grandes o más estrechos. Durante su metraje contamos con escenas geniales pilotadas por los sonidos, por ejemplo, esa en la que escuchamos fuera de campo los gritos del publico mientras ven El resplandor y que sucede en paralelo a una de las escenas más importantes de la película: aquella en donde se desvelan detalles del pasado de Marcelo. De esas conversaciones, en pequeñas habitaciones de la misma cabina de proyección, surgen puertas interdimensionales en la relación entre la verdad y la ficción.

    El agente secreto es una hermosa odisea. En el visionado final nos quedamos con el carisma e importancia de muchos de sus personajes, un trabajo de casting envidiable y que lo ha llevado a optar a una de sus 4 candidaturas al Oscar de la Academia. Nadie sobra y nadie falta, aunque habríamos de destacar dos que serán ancla y faro de la historia: uno Alexandre (Carlos Francisco), el suegro de Marcelo, y el operador de cabina del Cinema Säo Luiz que maneja el celuloide y guarda en los fotogramas la huella inviolable de su hija muerta. Su rol se ajusta como anillo al dedo a los retratos fantasmas del propio Mendonça Filho. Y otra, Sebastiana (Tânia Maria), anclaje principal del grupo de refugiados. La cinta apela al grupo humano, a la comunión entre personas de distintas culturas y procedencias con vasos comunicantes hacia una tautología del cine (meta). Esa idea, preciosa que va de lo individual, del niño al adulto, a lo colectivo, de la historia de unos pocos a la de un país entero. No se la pierdan. ♦


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