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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El botín

    || Críticas |
    | ★★★☆☆
    El botín
    Joe Carnahan
    Un paso por delante


    Lorenzo Ayuso
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: The Rip. Director: Joe Carnahan. Guion: Joe Carnahan. Productores: Ben Affleck, Matt Damon, Dani Bernfeld, Luciana Damon. Productora: Artists Equity, Netflix. Música: Clinton Shorter. Dirección de fotografía: Juanmi Azpiroz. Montaje: Kevin Hale. Reparto: Matt Damon, Ben Affleck, Steven Yeun, Teyana Taylor, Sasha Calle, Catalina Sandino Moreno, Scott Adkins, Kyle Chandler.

    Como autor de derribo con querencia por vestir uniformes reglamentarios, Joe Carnahan siempre se cuida de asegurarse el factor sorpresa, escondiendo un arma que desenfundar en el último acto de sus relatos. Acostumbrado a firmar sus libretos, el californiano aborda la narración desde una perspectiva estratégica, que requiere de una reiteración por la vía del montaje para recomponer o completar la información diseminada. Para así revelar que, como narrador omnisciente, va un paso por delante. Eso exige también unas coordenadas específicas a sus historias, bien cercadas. Todo sea para certificar que tiene pleno control. De ahí se explica la tendencia a enclaustrar a sus personajes en entornos cerrados —véanse Ases calientes (Smokin' Aces, 2006) o Juego de asesinos (Copshop, 2021)— o tiempos cronometrados —Giro inesperado (Stretch, 2014)—, cuando no directamente manipula el continuo espaciotemporal a su antojo, como en Muere otra vez (Boss Level, 2020). Pero esta, con su verbenero juego con la narrativa en bucle, advierte de un imprevisto: la reproducción de patrones, de tácticas, nos previene, nos vuelve resabiados. Nos incita a anticiparnos al requiebro en la conclusión. Eso ocurre con El botín (The Rip, 2026). Carnahan propone un seco huis clos policial en torno a un alijo millonario descubierto en una redada, gradando su intensidad conforme se añaden nuevos operadores narrativos y el dilema moral se engrisece, hasta que sus protagonistas (re)descubren sus propósitos y el dispositivo se revela como una gran mascarada.

    Auspiciada por el trinomio compuesto por Matt Damon y Ben Affleck, Artists Equity mediante, y Netflix, El botín es la primera película dirigida por Carnahan destinada en exclusiva al streaming. Y, a juzgar por los resultados recientes, es ese ecosistema online donde sus obras parecieran encajar por formato, pretensiones y tiempos. No en vano, su premier global tuvo lugar apenas un mes después de que Prime Video expidiese en España Shadow Force (ídem, 2025) tras un estreno invisibilizado en nuestras salas a finales de agosto; y de que Not Without Hope (ídem, 2025) se ahogase en la taquilla estadounidense en su estreno en cines, acaso víctima de la animadversión hacia su cabeza de cartel, Zachary Levi. La prolífica alianza establecida con Frank Grillo, que cristalizara con la fundación de la productora WarParty Films, apuntala un esquema de trabajo prototípico para Carnahan. Abundan en su filmografía los títulos de presupuesto medio, atravesados por los ejes genéricos del policíaco y el thriller, levantados alrededor de estrellas que a menudo se arrogan la facultad de supervisión como productores, y para los cuales las segundas ventanas de exhibición se tornan vitales. Es el caso de la mencionada Shadow Force, a mayor gloria de Kerry Washington e impulsada por su banderola Simpson Street, o de Copshop, donde Gerard Butler asumió la función de macho alfa frente a Carnahan y Grillo. En ese aspecto, el enésimo reencuentro en pantalla entre los mejores amigos de Hollywood, Damon y Affleck, constituye un reclamo comercial que ayuda, también, a elevar el montante disponible. Por su lado, agregar a Netflix a la ecuación acarrea una serie de estipulaciones, que ha aclarado el dúo estelar con una transparencia didáctica durante la gira promocional: el énfasis en grandes pirotecnias en los primeros minutos de metraje y una periódica exposición de la trama, que asegure el interés de los suscriptores de frágil paciencia.

    La necesidad de una repetición que amarre la atención es bien aprovechada por Carnahan, quien, ya hemos indicado, gusta de tergiversar y aderezar con sucesivas pistas los diálogos. Su afinidad por introducir puntos de giro también se amolda a las condiciones de la plataforma, asegurando atar en corto a una audiencia habituada a dividir su atención en múltiples pantallas. Coordinado con su editor de confianza, Kevin Hale, ejecuta cortes que seccionan las acciones e intenciones de cada personaje, asegurando terminar cada secuencia en alto, cual cliffhanger televisivo. La información se fragmenta, así como lo hacen las analepsis. Se revisita el pasado fragmentándolo, elidiendo detalles clave cuya revelación reordenará los acontecimientos previos, dando sentido al conjunto una vez el relato se aboque irremisiblemente a un atolladero. En ese juego de puertas cerrándose y abriéndose, la función interpretativa se convierte en una simulación. Gestos esquivos, miradas ambiguas, que dependerán de su juxtaposición para conferirle un sentido u otro. El botín se construye, en efecto, como una vitriólica performance para su pareja principal, Damon y Affleck. Su hermanamiento en la vida real, inalterable a cualquier crisis de imagen, conduce al morbo por verlos cuestionando sus lealtades, uno en la piel de un elusivo teniente de narcóticos y su colega subalterno de carácter explosivo, cuando el conflicto se presenta y se embarulla. La propuesta pasa por hacerles interpretar papeles que a su vez representan roles, que disimulan esa amistad inexpugnable que trasciende la ficción y que será, en última instancia, la base de todo.

    Por eso, cuando todo cuanto hemos visto queda impugnado en el tercio final, y se restaura el orden natural, también se reconoce la previsibilidad de la forma. Especialmente, para todo aquel familiar con los vicios de Carnahan como narrador, de su afán por ir por delante, aun a riesgo de confundir al respetable. No hay sorpresa en la sorpresa. Su ejecución, en cambio, dinamita la aparente armonia. Es ahí donde se observa el conflicto entre el modus operandi del realizador y el de la compañía de streaming. La tensión, sostenida con pulso firme y ecos carpenterianos —en lo argumental, se acerca más a Asalto al distrito 13 (Assault on Precint 13, Jean-François Richet, 2005) que a su antecesora Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precint 13, John Carpenter, 1976)—, deja paso a un último acto alargado y caótico en su disposición de la acción, cuya tenue fotografía choca con la planicie de la imagen Netflix. Las set pieces montadas en paralelo, una para cada actor/productor, se vuelven ininteligibles bajo los parámetros de color y brillo estandarizados por la streamer. Nos indican, en todo caso, que Carnahan piensa a lo grande, más de lo que pueden permitirse los opacos calibres de la(s) plataforma(s). Quizás El botín, como otras recientes escaramuzas del director que no logran culminar sus esfuerzos, se tuerza al tratar de amoldarse a unos ritmos y métodos que no le favorecen, que le obligan a recurrir a fórmulas seguras y buenos deseos.

    En ese aspecto, El botín, estimable aun pese a esa resolución emborronada, palidece ante otro thriller de planteamiento muy similar pero con convicción kamikaze, la ultraviolenta e incomprendida Sabotage (ídem, David Ayer, 2014). Despachada (y vilipendiada) 12 años antes, estamos ante otra película de policías que pone a prueba la confianza en su estrella, un crepuscular y malencarado Arnold Schwarzenegger, dentro de una intriga deudora de Agatha Christie. A diferencia de lo que Carnahan plantea con Damon y Affleck, Ayer, que con los años ha ido readaptando sus relatos según cambiaban las rutinas industriales y genéricas, sí resquebraja en Sabotage toda ilusión moral con una resolución pesimista, convirtiendo al eterno héroe en peckinpahniano villano. Joe Carnahan insiste en preguntar a sus personajes, incluso a sí mismo, si son los buenos, procurando en su resolución un optimismo difícil de sostener en un panorama cada vez más difuso, más hostil. Sigue siendo un buen realizador, pero corre peligro de quedarse atrás. ♦


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