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    Crítica | Dunkerque

    Dunkirk

    Loyal to the nightmare of my choice.

    Crítica ★★★★★ de Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan, Estados Unidos, 2017).

    El cine bélico cuenta hoy con un reducido interés, sobre todo el destinado a la recreación de episodios de la Segunda Guerra Mundial —fuente de inspiración predeterminada para la mayoría de ficciones de la segunda mitad del siglo XX—, frente a un público cada vez más entregado al consumo de una acción dramática conscientemente demagoga y de una estudiada y ágil planificación rítmica. Christopher Nolan vuelve a recurrir a la excelencia dramatúrgica para simplificar el acto cinematográfico, consiguiendo que su última película, Dunkerque, no incurra en el encasillamiento genérico para que, lo que en un principio parecía un producto destinado a minorías, se convierta en una sublime experiencia audiovisual y narrativa sin precedentes que compone un firme manifiesto posmoderno sobre la ética y la estética de lo épico y lo heroico. La presentación del protagonista, como es habitual en el director, se realiza con una maestría apoteósica. Nolan muestra sus tres líneas narrativas sin ambages, desde el comienzo y con rótulos de crédito que ofrecen al espectador, no ya una introducción detallada del personaje, sino una contextualización perfecta de los tiempos sobre los que realizará su complejo juego sintáctico, lleno de saltos temporales, perspectivas múltiples y elipsis milimétricas que darán forma a una magistral maniobra de secuenciación sincrónica, semi-simultánea y con la yuxtaposición episódica como principal deleite sensorial en momentos puntuales de eminente gravedad. Así, entre idas y venidas, prolepsis y analepsis, el autor va elaborando con meticulosidad artesana la base diegética de su tríptico marcial: soldados atrapados en el espigón de Dunkerque durante una semana, marineros civiles en una misión de rescate de un día, cuya épica se intuye desde la misma concepción del viaje, con un simple vistazo al tamaño de las embarcaciones y la nula preparación militar de los voluntariosos navegantes, y pilotos del ejército del aire británico en su intento de efectuar un rápido ataque sobre la costa que les permita regresar en una hora, tiempo estimado de duración del combustible, a tierras inglesas. Ésta es la visión del héroe, un héroe que parte de una posición de fractura absoluta. Nolan no espera a un primer enfrentamiento con el enemigo, sino que enmarca la acción desde la desesperación y el desencanto de los vencidos y humillados. Soldados que hace tiempo renunciaron a cumplir con el propósito de su misión y ahora no pueden sino rendirse a la esperanza de un rescate milagroso y esperar, con angustia, salir con vida de esa trampa mortal en forma de playa en la que se encuentran atrapados, una perfecta emboscada cuya representación visual se intuye a la perfección con la portentosa escena de apertura. Es un héroe derrotado, que ha fracasado de forma estrepitosa en su misión de rescate; el ejército británico, de la noche a la mañana, pasó de ser la gran promesa de salvación a un nuevo problema para el viejo mundo, que aguardaba con desasosiego a que los americanos decidieran dar un paso al frente para sacarlos con vida de su martirio.

    Sin embargo, pese a lo extraordinario de esta introducción, será en la presentación y el desarrollo del antagonista donde la película alcance la sublimación. El realizador vuelve a demostrar su solvencia creativa y se reivindica en el trono del posmodernismo escénico. Siguiendo con la temporalización expositiva del villano, haciendo que su aparición se retrase de manera significativa en el filme con el objetivo de acentuar la incertidumbre, recurso adoptado por otros grandes directores de thrillers contemporáneos, como Denis Villeneuve, Nolan logrará que los nazis no aparezcan ni una sola vez en pantalla, el espectador no escuchará los jocosos gritos alemanes dando las despiadadas órdenes de destrozar al enemigo caído, tampoco verá las siniestras esvásticas inclinadas sobre un fondo blanco y rojo, ni la doble S en forma de rayo cayendo sobre los hombros de los comandantes más sanguinarios del mundo, y, pese a todo ello, la presencia hostil será protagonista en todas y cada una de las escenas, en los rostros atemorizados de los combatientes acorralados, en las mareas de cadáveres que llegan a la costa con la crecida de las asfixiantes aguas, en esa tierra firme que se ha convertido en un embudo en cuyo extremo se encuentra El Espigón, elemento narrativo de vital importancia para la maniobra de evacuación, de cuya robustez depende la salvación de 400.000 personas y que se tambalea como si fuera de papel, de ese mismo papel que cae por el aire, cuando las bombas dan una tregua, con propaganda desmotivadora impresa y cuyo objetivo es lograr la rendición aliada por medio de la instauración del miedo. Una lluvia de aterradores mensajes de sometimiento que otorga a la silenciosa quietud del momento un aire irrespirable de espanto y atrocidad. El horror le ganaba la partida a un mundo que no volvería recuperar su libertad, aunque fuera momentáneamente, hasta dos años después, cuando Eluard se apoderara de los cielos de París con su Liberté.

    Dunkirk

    «Tom Hardy, también sufre una alteración idiosincrática significativa, pues el guion prescinde de su imponente físico y lo oculta bajo un uniforme y una máscara de piloto que solo deja al descubierto la expresividad de sus ojos, recurso más que suficiente para permitir al actor inglés comerse la pantalla y ganar el papel de mártir porque, como ya hemos comentado, en Dunkerque sólo hay sitio para un héroe, y este se presenta bajo el anonimato».


    En ese enemigo omnipresente hallamos la necesidad del director de trazar esas tres historias con protagonistas diferentes que tratan de abrirse camino por la totalidad del espacio habitable, tierra, mar y aire. En tierra firme vislumbramos a un joven soldado que, huyendo de los alemanes, es conducido como una presa asustada a la costa de Dunkerque, donde encontrará al resto de camaradas esperando su turno para embarcar hacia suelo inglés, dando Francia por perdida al avance imparable de Hitler quien, buscando una presunta alianza anglo-alemana y como presumible gesto de buena voluntad, dio orden a sus tanques de no entrar en Dunkerque, y así evitó lo que pudo ser otra aciaga masacre dentro de una guerra brutal. De cualquier modo, con tanques o sin ellos, el ejército nazi seguía mostrándose muy resolutivo en el asesinato, por lo que a los británicos y franceses no les quedó otra opción más que aguardar pacientes su destino, rezar porque no se hundiera el presunto buque que vendría a rescatarlos, y tratar de sobrevivir el tiempo suficiente para subir a bordo; porque eso es la guerra, supervivencia y egoísmo, y ése es el menaje que transmite Christopher Nolan sobre los conflictos bélicos armados, un mensaje que se reforzará con la histórica evacuación de los soldados ingleses, quienes abandonaron a los franceses a su suerte sin mirar atrás y dieron un nuevo sentido a la palabra héroe, el héroe derrotado que levanta más conmiseración que admiración. Los protagonistas de la segunda historia, “El mar”, son lo más parecido que encontraremos en la película al héroe clásico, desinteresados, valientes y con esa mezcla de suerte y destreza necesaria para el éxito. Los uniformes militares que tanto han definido la figura del ídolo nacional son sustituidos ahora por el jersey de lana y las botas de agua: la promesa de supervivencia no llegaba en colosales destructores, sino en pesqueros insignificantes. El realizador ratifica la importancia de las sombras en su visión cinéfila mediante esa ceguera que se apodera del avance argumental del filme como otra estrategia irónica: por un lado nos enfrentamos a las secuelas de guerra más absurdas y evitables, las luchas internas por falta de entendimiento que conducen a bajas completamente eludibles de quienes se convertirán en ídolos póstumos del nacionalismo herido, y por el otro la ceguera de la sensatez, aquellos que ven en tinieblas lo que el resto de mortales videntes son incapaces de percibir. Un sarcasmo que no está presente en el uso de la violencia, pues ésta vuelve a ser planificada con una solemnidad dramática de gran épica y reducida ostentación. Estas dos historias se unirán por medio del personaje de Cillian Murphy, quien aparecerá para comenzar a cerrar el cronotopo nolaniano en dos líneas temporales diferentes.

    Dunkirk

    «Nolan evidencia con una maestría inusitada lo que supone la asimilación y la preparación para la supervivencia extrema, donde ni las necesidades fisiológicas básicas resultan tan imprescindibles como el cuerpo a tierra; y de paso compone uno de los clásicos canónicos adelantados más indiscutibles de la contemporaneidad».


    De esta manera seremos capaces de contemplar el aprovechamiento y la gestión que hace el director de los recursos interpretativos, separando a Murphy de su rol más interiorizado, el de poderoso líder resolutivo e inteligente —mostrado de manera superficial durante una breve escena en la primera línea narrativa—, para dirigir su actuación hacia un rol de pura introspeción, el del soldado destrozado por el trauma de la guerra, incapaz de asimilar su papel de adalid ni por un segundo más, y cargando el peso de la fractura psicológica que le acompañará dramáticamente el resto de su vida: “ya no es él mismo, y puede que nunca vuelva a serlo”. Asimismo, Tom Hardy, también sufre una alteración idiosincrática significativa, pues el guion prescinde de su imponente físico y lo oculta bajo un uniforme y una máscara de piloto que solo deja al descubierto la expresividad de sus ojos, recurso más que suficiente para permitir al actor inglés comerse la pantalla y ganar el papel de mártir porque, como ya hemos comentado, en Dunkerque sólo hay sitio para un héroe, y este se presenta bajo el anonimato. El sonido de un cronómetro marcará el ritmo de la misión aérea, un incesante y apresurado tic tac se apodera de la banda sonora compuesta por Hans Zimmer y mantiene un prominente nivel de estrés que, junto al histerismo de violines y sintetizadores eléctricos, consigue un grado de tensión majestuoso. El planteamiento esquemático evolutivo está destinado a hacer del filme uno de los pocos ejemplos cinematográficos cuyo punto álgido de la intriga, ese instante que la mayoría de thrillers reservan a los últimos 10 minutos del desenlace, se alargue durante los 106 minutos de película, sin dejar un respiro al espectador o a los protagonistas, quienes no tendrán más remedio que adaptarse al transcurso de la acción desde una posición de amedrentamiento y expectación constante. Nolan evidencia con una maestría inusitada lo que supone la asimilación y la preparación para la supervivencia extrema, donde ni las necesidades fisiológicas básicas resultan tan imprescindibles como el cuerpo a tierra; y de paso compone uno de los clásicos canónicos adelantados más indiscutibles de la contemporaneidad. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: Dunkirk. Director: Christopher Nolan. Guion: Christopher Nolan. Duración: 107 minutos. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Hans Zimmer. Productora: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido-Francia-Países Bajos (Holanda); Warner Bros. Pictures / Syncopy / Dombey Street Productions / Kaap Holland Film / Canal+ / Ciné+ / RatPac-Dune Entertainment. Edición: Lee Smith. Diseño de vestuario: Jeffrey Kurland. Diseño de producción: Nathan Crowley. Intérpretes: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Harry Styles, Jack Lowden, Aneurin Barnard, James D'Arcy, Tom Glynn-Carney, Bradley Hall, Damien Bonnard, Jochum ten Haaf, Michel Biel.

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