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    Crítica | Maudie

    Pintar la vida

    Crítica ★★★ de Maudie, el color de la vida (Maudie, Aisling Walsh, Canadá, 2016).

    En 1965, en un programa de la cadena CBC, el público canadiense descubría a una mujer menuda de aspecto frágil. Con una gran sonrisa que casi no le cabía en el rostro y unos ojos que desprendían una cálida ternura, pintaba con esmero sentada en un rincón de su diminuta casa. Era Maud Lewis y, en ese momento, la artista que empezaba a ser conocida entre algunos círculos se convertía en uno de los fenómenos folk más importantes del país norteamericano. Vendía sus cuadros desde su casa a pie de carretera, a cinco dólares cada uno, y llegó a conquistar hasta al presidente Nixon, quien le encargó un par de sus creaciones para decorar la Casa Blanca. Y es que hay cierto magnetismo en la sencillez tanto de su pintura como de su estilo de vida. Sin lujos ni nada más allá de lo necesario, sin ambiciones ni delirios de grandeza, Maud llevaba una vida austera y relajada pero llena de felicidad. Y este es el principal aspecto que ha querido trasladar Aisling Walsh al llevar a la gran pantalla su historia. Centrada en la relación con su marido Everett, la mirada de la directora irlandesa es fiel al espíritu de su protagonista. De este modo, Maudie, el color de la vida prefiere poner de relieve la historia de superación y de amor a través de la pintura y tan solo sugerir con pequeñas pinceladas otros aspectos más turbios o dudosos (una estrategia que queda evidenciada en la pequeña coletilla que han añadido al título en España). Quizás por la sensibilidad y delicadeza que pone la directora, o quizás porque huye sin reparos del drama exaltado o la emoción lacrimógena, lo cierto es que su propuesta resulta tan coherente como transparente. Si entendemos el biopic como el acercamiento al personaje en todos los niveles posibles, puede que Walsh haya realizado un ejercicio notable. La película adopta la actitud de su protagonista en su esencia: la sencillez e ingenuidad del estilo de Lewis se traslada al modo de representarla, a la articulación de una puesta en escena que, desde la convencionalidad de sus formas, saca a relucir, casi de soslayo, aspectos importantes de las relaciones humanas y de una vida tranquila, contemplativa y sosegada que, como decía la propia pintora, queda enmarcada al presentárnosla justo ahí.


    «Walsh consigue que el sentimiento impregne a la película en su empeño por celebrar la felicidad de una vida sencilla. No cabría buscar en Maudie, el color de la vida el reflejo más crudo de una vida apartada o una mirada más crítica con la sumisión ante la figura masculina. Al igual que el pincel de Lewis nunca se impregnaría de esta amargura, la cámara de Walsh nunca se deja llevar por estos derroteros».



    Relegada casi al encierro y la indiferencia por parte de sus familiares por la artritis reumatoide que sufrió desde bien pequeña y por su particular modo de ver el mundo, logró escapar ya cumplidos los 30 años gracias a un anuncio para servir a un pescador, Everett (un excesivamente huraño y taciturno Ethan Hawke, en ocasiones cercano a la caricatura), quien más tarde se convertiría en su marido, en una diminuta casa, que más tarde la convertiría en su hogar. Una vez instalada en su pequeño reducto, Lewis empieza a redescubrir los colores, el gusto por llenar de alegría espacios de un gris casi inerte. Y es en ese momento cuando la cinta empieza también a mutar y se detiene más en el paisaje, escruta con delicadeza ciertos gestos (una sonrisa casi a escondidas, unas manos que agarran con delicada fuerza el pincel) para que sean estos elementos los que ayuden a conectar con el personaje más allá de la narración. A ello ayuda también la estupenda interpretación de Sally Hawkins, quien consigue el difícil equilibrio entre la mirada infantil, la tara física y la profundidad emocional del personaje. Son estas pequeñas y delicadas pinceladas las que consiguen que el trazo nunca se tiña de color pastel y siempre mantenga la viveza de los colores y la pureza de las formas, tanto en las pinturas como en la imagen cinematográfica. El estilo de Lewis se caracterizaba por espacios bucólicos, paisajes idealizados de su Nueva Escocia natal donde la naturaleza se presentaba de manera plana, carente de sombras, pero que rebosaba alegría; escenas de gatos sobre un verde manto de flores, ciervos junto a un lago, bueyes tirando de un carro de heno... Walsh consigue que ese sentimiento impregne a la película en su empeño por celebrar la felicidad de una vida sencilla. No cabría buscar en Maudie, el color de la vida el reflejo más crudo de una vida apartada o una mirada más crítica con la sumisión ante la figura masculina. Al igual que el pincel de Lewis nunca se impregnaría de esta amargura, la cámara de Walsh nunca se deja llevar por estos derroteros, y lo hace de manera consciente. Y aunque esa renuncia a la sombra edulcora el resultado, su buen control hace que no nos empachemos de azúcar en cada trazo. | ★★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Canadá. 2016. Título original: Maudie. Dirección: Aisling Walsh. Guión: Sherry White. Música: Michael Timmins. Fotografía: Guy Godfree. Producción: Landscape Entertainment, Parallel Film Productions, Rink Rat Productions, Solo Productions. Reparto: Sally Hawkins, Ethan Hawke, Kari Matchett, Gabrielle Rose, Zachary Bennet, Billy MacLellan, Marthe Bernard, Lawrence Barry.

    El fulgor efímero

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