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    Crítica | Bajo el sol

    En la vida hay golpes…

    crítica ★★★ de Bajo el sol (Zvizdan, Dalibor Matanic, Croacia, 2015).

    El cine ostenta, dentro de larga lista, la cualidad de comportarse como reflejo de una preocupación social. Es decir: ciñéndonos a datos estadísticos, más o menos objetivos, es posible dibujar una curva que describa cuál es el tema o los temas, bien sean históricos, políticos, económicos, que más se han prodigado en el celuloide durante, por ejemplo, la década de los 90. Usando estos datos —aquí viene la parte subjetiva—, quien firma estas letras se atreve a decir que es incluso legítimo interpretar estas cifras como una determinada deriva del inconsciente colectivo. Esto, desde luego, podría aplicarse a cualquier tipo de manifestación artística; sin embargo, la cinematografía posee una popularidad imbatible entre un espectro amplísimo de consumidores. Es, además, el tema más socorrido en una conversación informal. Por lo tanto, resulta muy estimulante realizar un una aproximación, más o menos empírica, del cine más balcánico reciente y observar una acuciante preocupación por Memoria Histórica. A este respecto, la industria cinematográfica serbia ha establecido durante las dos últimas décadas algo así como un canon balcánico; ética y estética que tratan el azote de una violencia inédita e implacable, tomando siempre espacios limítrofes como pequeñas muestras de un estudio antropológico; recreaciones no exentas del costumbrismo autoparódico y la hipérbole habitual. La nueva cinta del croata Dalibor Matanic no abandona la mirada hacia un conflicto prácticamente centenario, cuyos efectos —desde el asesinato del archiduque Franz Ferdinand— están indisolublemente ligados al devenir de la geopolítica europea. Bajo el sol tiene lugar en un entorno deliberadamente tenso, pues, recordemos, toda narración parte de la fricción, del contacto fronterizo entre dos territorios al borde del estallido.

    El concepto en sí mismo bebe no solo de la situación histórica, sino de los referentes literarios básicos entre dos partes irreconciliables. La primera de las tres partes en las que está estructurada esta película despega desde la calma que precede a la tempestad. Los jóvenes Ivan y Jelena —los nombres son importantes, y más adelante explicaremos por qué— pasan un agradable mediodía junto al lago y hacen planes de futuro, con la inocencia de quien cree en la violencia como algo abstracto e improbable. La situación es, por supuesto, muy distinta: los camiones militares asedian la carretera que separa los dos pueblos de estos dos primeros personajes, entre cuyas carnes resuenan más los ecos de García Lorca que de Shakespeare. La catarsis se produce sin sorpresa ni una elaboración narrativa exigente con el espectador, en favor de una muy fotografía muy cuidada. Este primer pequeño volumen, el cual describe el génesis de la barbarie, da paso a un salto temporal en el que lo único que se percibe es la ruina. Una madre y su hija regresan a su hogar tras diez años de conflicto. Los muros de casas derruidas exhiben agujeros de bala y quemaduras deliberadas. La joven, que responde al nombre de Natasa, arrastra consigo el terrible dolor de la pérdida de su hermano a manos del bando contrario; un enemigo cuya infausta transfiguración es Ante, el trabajador que restaura las puertas y ventanas de una casa consumida. Entre ambos se manifiestan los estigmas de una brutalidad que, pese a la aparente tranquilidad, no ha cesado; sus efectos perviven en la torturada psique de los supervivientes. Si los anteriores personajes vivieron el conflicto, estos sufren sus consecuencias heredadas. El tercer y último volumen sucede, cómo no, diez años después, en el 2011, y presenta un mismo entorno, esta vez consumido por la frivolidad de la indiferencia. El joven Luka regresa desde la capital con la excusa de asistir al primer festival de música electrónica que el paisaje recuerda haber presenciado. La guerra de los Balcanes parece ya un asunto totalmente anacrónico; y, sin embargo, persiste una melancolía difícil de explicar, como si el terreno mismo se hubiese erigido depositario del dolor ancestral. El verdadero motivo de la visita de Luka es Marija y el hijo común, símbolos de la desmemoria deliberada como mecanismo de defensa.

    «La técnica inherente a la cinematografía, el notable juego de luces y los planos fijos llegan incluso a jugar en contra de la propia obra: diluyen la intensidad seca de una reflexión, siempre necesaria, acerca de los efectos devastadores de la barbarie y su permanencia, generación tras generación, en sus víctimas».


    Bajo el sol es, como decíamos más arriba, un film en cierto modo canónico, dentro del registro discursivo del cine balcánico —entornos fronterizos, personajes-símbolo—. Sin embargo, utiliza un recurso muy particular, el cual es, a su vez, un acierto y un fallo: los tres grupos de protagonistas están interpretados por los mismos dos actores (Tihana Lazovic y Goran Markovic), a lo largo de los más de ciento veinte minutos de metraje. Esto, sin duda, no responde a un mero capricho estético ni económico; la repetición de rostros bajo historias distintas viene a poner sobre la mesa el concepto del horror heredado, de los graves efectos que provocó la guerra sobre todos los ciudadanos. Cada sección ofrece una categoría distinta de carga traumática. Del mismo modo que los rostros, se repiten los elementos simbólicos —el perro que observa en la distancia, como la presencia inmutable del horror; el agua como purificación y muerte— y el paisaje mismo. El fallo reside precisamente en esta decisión deliberada. Bajo el sol podría haber funcionado de igual manera con actores distintos y la intención discursiva se habría mantenido inmutable, quizás menos evidente. La obviedad choca con una propuesta parca y contenida, en las antípodas del cine de Emir Kusturica. Por lo tanto, podemos afirmar que esta podría haber sido una estupenda obra de teatro. La técnica inherente a la cinematografía, el notable juego de luces y los planos fijos llegan incluso a jugar en contra de la propia obra: diluyen la intensidad seca de una reflexión, siempre necesaria, acerca de los efectos devastadores de la barbarie y su permanencia, generación tras generación, en sus víctimas. | ★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / Berlín


    Ficha técnica
    Croacia, Serbia, Eslovenia, 2015. Título original: Zvizdan. Dirección: Dalibor Matanic. Guión: Dalibor Matanic. Fotografía: Marko Brdar. Música: Alen Sinkauz, Nenad Sinkauz. Duración: 123 minutos. Productora: Kinorama / Gustavfilm / See Film Pro. Montaje: Tomislav Pavlic. Dirección artística: Mladen Ozbolt. Diseño de vestuario: Ana Savic-Gecan. Intérpretes: Tihana Lazovic, Goran Markovic, Nives Ivankovic, Dado Cosic, Stipe Radoja, Tripimir Jurkik, Mira Banjac, Slavko Sobin. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2015.

    El fulgor efímero

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