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    Crítica | Doña Clara

    Aquarius

    La memoria y sus fetiches

    crítica ★★★★ de Doña Clara (Aquarius, Kleber Mendonça Filho, Brasil, 2016).

    Los tiempos nos obligan a plantearnos seriamente si eso a lo que llamamos rock no se ha convertido ya en otra cosa. Como síntoma, podemos fijarnos en la pérdida de relevancia de su soporte físico. Uno puede reducir a mero fetichismo el valor que le dan los más puristas a los vinilos y demás parafernalia, pero quizá ese fetichismo sea crucial para definir el espíritu que acompaña a la música. ¿Cómo se las apañó el rock para convertirse en fenómeno masivo derrumbando la dicotomía clasista de la anterior música (la sociedad que se dividía entre habituales de la ópera y verbeneros, para entendernos)? Mediante la accesibilidad que posibilitaron los nuevos soportes. El vinilo y los casetes le dieron un carácter democratizante al género decisivo para su propagación. Pero a la vez permitieron combinar esta faceta con una fuerte carga personal: aunque producto de una fabricación estandarizada, cada copia era convertida en algo único al ser completada con las circunstancias particulares de su dueño. Sin una presencia en los mass media, la canción de rock original era un mensaje compartido que viajaba de mano en mano, un descubrimiento transmitido en cadena. Bajo la actual lógica de la viralidad, prima la velocidad y la sensación de novedad simultánea. Quizá no seamos del todo conscientes de qué es exactamente lo que se pierde con ello: el valor que atesora la mera acción de transmitir el contenido, el sentido de intimidad compartida que siembra el descubrirle «esa canción» a «esa persona» entregándosela en «esa cinta». La significación intrínseca de cada uno de los engarces que formaban la cadena de transmisión de las canciones.

    Aunque su núcleo argumental se ciñe a la ambientación contemporánea, Doña Clara (segundo largometraje de ficción del director brasileño Kleber Mendonça Filho) se abre con la única ruptura del presente fílmico que existe en su metraje. Un recuerdo de su protagonista en 1980, en el que recorre la playa en coche junto a unos amigos y comparte con ellos uno de esos momentos de transmisión musical. Saca con cierta ceremonia una cinta de casete y anuncia que tiene algo que les va a gustar. Lo que suena es el «Another One Bites the Dust» de Queen. Ya de por sí, el que una canción tan emblemática (y de un grupo que entonces ya era mundialmente conocido) sea descubierta por primera vez en una situación similar nos puede resultar algo añejo. Pero además, lo que Filho despliega aquí es una estrategia metonímica. Las resonancias personales que tiene la anécdota escogida se desvelan pocos minutos después, cuando conocemos que la joven Clara acaba de superar un cáncer de mama. La canción de Queen queda asociada a un estado de celebración triunfal, y eso es algo que hoy nos puede sonar. Ahora bien, Filho expone también las manifestaciones materiales de este recuerdo. Arrancar su historia en esa playa, en ese coche y escuchando esa cinta convierten a sendos objetos en depositarios de una memoria y con ello en reforzadores de su importancia. Lo mismo sucede, en la siguiente escena (aún parte del flashback), con la aparición del que va a ser espacio definitorio de la película: el edificio Aquarius (ubicado entre plena línea costera de la ciudad de Recife) que le da su título original. Filho rueda con detenimiento la fiesta de cumpleaños de una tía de Clara que se celebra en él y el discurso emocionado de su marido cuando cuenta, al borde de la lágrima, los malos ratos ya superados por la enfermedad de su esposa. Ese detenimiento marca ya el tono de vivencia compartida, en este caso celebratorio, que Doña Clara trata de imbuirnos.

    Aquarius

    «Lejos de epopeyas de David contra Goliat, Filho centra sus recursos en profundizar en los porqués de la decisión de su protagonista».


    El flashback inicial se cierra con una de las imágenes más fascinantes que conforman la cinta: una transición de fundido entre dos planos de encuadre análogo que muestran el salón de la casa. Este fundido resuelve una elipsis de treinta y seis años. Del salón abarrotado, festivo y nocturno de la joven Clara pasamos al salón sosegado y diurno de Doña Clara (una entrañable Sonia Braga). La transición, al patentizar la separación temporal entre sus dos imágenes a la vez que despliega su semejanza disposicional, subraya con vehemencia la relevancia del espacio por sí mismo. De su envergadura como contenedor del relato personal. Por si no fuera evidente el juego de asociaciones entre lo material y lo personal, la primera escena protagonizada por nuestra Clara ya convertida en «doña» la presenta concediendo una entrevista a una periodista joven, en la que habla de su pasión por el rock y la importancia que tiene para ella conservar sus viejos vinilos (Filho rueda con un encariñamiento contagiado su colección de discos y cintas en una sucesión de planos-detalle). Trata de ilustrar cómo su capacidad de depósitos memorísticos resulta inimitable en los formatos digitales a partir de una anécdota contenida en su copia del «Double Fantasy» de John Lennon. Una anécdota cuya condición de parábola la periodista no alcanza a entender, adelantando la traslación que va a tener este choque generacional al gran conflicto del filme: Clara se niega en redondo a vender su apartamento a una multinacional constructora, que tiene un proyecto para derribar el viejo edificio Aquarius y levantar un rascacielos moderno, y que no duda en emplear tácticas poco ortodoxas para presionarla. Lejos de epopeyas de David contra Goliat, Filho centra sus recursos en profundizar en los porqués de la decisión de su protagonista.

    Aquarius

    «Una mirada llena de amor contagioso por lo pequeño, por las manifestaciones de lo rutinario que trascienden su materialidad. Una mirada, que es análoga a la de su protagonista, hecha convicción vital». 


    En este punto, las dimensiones de Doña Clara se ramifican en una complejidad temática que, si acaso, tiene como denominador común una ruptura generacional soterrada. Al igual que le sucede con la periodista y su apego a los vinilos, la mayoría de personajes jóvenes que rodean a Clara (salvo esperanzadoras excepciones) son incapaces de entender su estima incondicional al viejo edificio. Ni sus familiares, ni sus vecinos, ni Diego, el muchacho al que la constructora ha encargado liderar el proyecto. Contra la decisión de Clara se alega un rosario de motivos que nos remiten a la contaminación del capitalismo neoliberal: el dinero que sacaría con la venta, los puestos de trabajo para obreros que está bloqueando, la falta de seguridad anticriminal del edificio actual (el recurso al miedo cuando falla el dinero)… La retórica, en fin, de un progreso económico que necesita de la transformación continua del ambiente para mantener sus engranajes en marcha. Lo podríamos llamar materialista, pero entonces no habríamos entendido nada de la actitud de nuestra protagonista. Porque su actitud de resistencia se basa precisamente en lo materialista. O, para ser precisos, en el valor de lo material como expresión última de dignidad. Esto es, según el sistema de valores que manifiesta Clara, lo material funciona como depósito de la memoria íntima, la memoria crea raigambre, y la raigambre una identidad personal que defender de los ataques. El personaje de Diego, némesis de nuestra protagonista, termina por revelar el origen sociopolítico de esos ataques. Encarna la versión novata del futuro habitante del edificio que su constructora pretende erigir. El «niño bien», máster en bussiness administration e hijo de directivo (algún apunte deja caer Filho del enchufismo profesional brasileño), que comienza a labrar una carrera cuya cúspide de éxito expresará su pisito en el rascacielos a pie de playa de turno. Ese rascacielos que se cimenta sobre la dignidad claudicada a golpe de talonario de aquellos de los que ahora se protege, desde su altura arrogante, con sus muros infranqueables.

    Filho firma una crónica encariñada de las rutinas de una mujer que ejerce su pequeña resistencia a esta lógica de «mercados». Su acierto radica en que la actitud de Clara resulta intensamente política sin pretender serlo. Actúa como actúa porque no puede hacerlo de otro modo. Porque su identidad, contenida y reafirmada en todos esos fetiches memorísticos de los que se rodea, está forjada a golpes intensos. La propia estructura capitular de la cinta se encarga de apuntar este rasgo: Doña Clara se divide en tres capítulos titulados «El cabello de Clara», «El amor de Clara» y «El cáncer de Clara». Los dos últimos hacen referencia a los recuerdos de su pasado que quizá más la alimenten: su superación del cáncer y el apoyo que le brindó su marido (fallecido en el presente fílmico). Mientras que el título del primero incide en el espíritu que estos episodios vitales le han imbuido. Este capítulo se abre con la Clara de los ochenta, que luce un pelo corto recién crecido tras la quimioterapia; y se cierra con Clara en su ventana tirándose con fuerza de su larga melena. Otro detalle material, como sus discos o su edificio, que resume muy bien el gran logro de Filho. Una mirada llena de amor contagioso por lo pequeño, por las manifestaciones de lo rutinario que trascienden su materialidad. Una mirada, que es análoga a la de su protagonista, hecha convicción vital. Al fin y al cabo, ésta tiene algo de canción de rock: añeja y fresca a la vez, descarada, hedonista y libre. | ★★★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / Pamplona


    Ficha técnica
    Brasil, 2016. Aquarius. Director: Kleber Mendonça Filho. Guión: Kleber Mendonça Filho. Compañías productoras: CinemaScópio Produções, Globo Filmes, SBS Productions. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016 (sección oficial a concurso). Premios: Mejor actriz y premio del público en el festival de Mar del Plata; mejor director y actriz en los premios Fénix; nominada a mejor película extranjera en los premios César e Independent Spirit. Productores: Dora Amorim, Saïd Ben Saïd, Emilie Lesclaux, Michel Merkt. Fotografía: Pedro Sotero, Fabricio Tadeu. Montaje: Eduardo Serrano. Vestuario: Rita Azevedo. Diseño de producción: Juliano Dornelles, Thales Junqueira. Reparto: Sonia Braga, Maeve Jinkings, Irandhir Santos, Humberto Carrão, Zoraide Coleto, Carla Ribas, Fernando Teixeira, Rubens Santos, Buda Lira, Barbara Colen. Duración: 142 minutos. PÓSTER.

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