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    Crítica | La comuna

    Kollektivet

    La utopía del dogma

    crítica ★★★ de La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg, 2016).

    En 1995, Lars von Trier y Thomas Vinterberg se unieron para fundar un movimiento que pretendía reformular las reglas de un rodaje, y en general todo el proceso de producción de una película. El objetivo era en resumidas cuentas dotarlo de mayor sencillez y legitimidad, eliminando cualquier elemento externo o artificial que interfiriera en la mera captación por la cámara de las acciones desarrolladas ante ella. Esto implicaba renunciar a la iluminación focalizada, la música extradiegética u otros trucos técnicos, e incluso, si atendemos a su manifiesto programático original (apelado el Voto de Castidad), omitir referencias dramáticas que no se pudieran corresponder con hechos reales: así cualquier acto que fuese fingido, en especial la muerte. Es curioso este último inciso porque el Dogma 95 en gran parte buscaba dialogar con la Nouvelle Vague, compartiendo varios de sus postulados, y sobre todo el afán de romper con una industria estancada, comercialmente pautada. El principal representante de esa primera corriente, por cierto aún en activo, ha sido Jean-Luc Godard, cuya máxima más célebre era que se podía hacer una película simplemente con una mujer y una pistola. En otras palabras, estos dos grupos de cineastas querían hacer gala de una simplificación que a la vez se apartara de las exigencias del cine de estudio y toda su parafernalia, pero en el caso del movimiento francés, ello daba lugar a una estilización y un engaño renovados, mientras que los daneses optarían por la austeridad y el cine por así decir directo, sin nostalgia ni falsedades. En cualquier caso pronto se dieron cuenta de que por definición este medio se caracteriza por la manipulación, por lo que no tardarían en abandonar sus reglas autoimpuestas.

    La última película de Vinterberg culmina esta vuelta de tuerca, hasta el punto de que se antoja tan ilustrativa de la evolución que han seguido estos rebeldes, como difuminada entre la generalizada cinematografía de la que querían alejarse. Presentada este año en el festival de Berlín, La comuna sucumbe a esta paradoja desde su arranque. Como su título indica, la narración enfoca a unos pocos individuos idealistas, en concreto de ideología neomarxista, que quieren vivir en comunidad, retrotrayéndose para ello al Copenhague de los años 70, para dar más verosimilitud a esta realización de uno de los muchos sueños hippies. Más precisamente, se trata de materializar en la casa abandonada que ha heredado el protagonista (Ulrich Thomsen), a iniciativa de su mujer (Trine Dyrholm), un microcosmos comunista, al que se van incorporando nuevos miembros, no más de diez en total, que contribuyen económica y domésticamente a esta vida en común. Para reforzar la credibilidad de esta contextualización, el propio director y coguionista plasma en ella sus experiencias de juventud, adquiriendo así la historia tintes autobiográficos. Pero entonces estamos claramente ante una muestra de nostalgia personal, que se desarrolla bajo unos parámetros más cercanos al melodrama que a la ausencia de género. Y, como decíamos, ello se pone de manifiesto desde el comienzo del metraje, con un colorido travelling, ambientado primero con el piar de los pájaros, luego con una melodía en piano y en fin con una banda sonora orquestal, envolviendo desde ya la narración con unos mecanismos visuales y sonoros que son comunes en el cine comercial, pero tan opuestos al dogma original que sorprenden en lugar de acomodar al espectador más cinéfilo.

    Kollektivet

    «Vinterberg quiere ser fiel tanto a los parámetros de una tragicomedia comercial como a sus ideales heterodoxos de mocedad, y ello acaba quitándole gran parte de su energía a una historia bien rodada pero cuyo potencial solo se aprovecha con cuentagotas».


    No pueden olvidarse esos elementos pasados para entender este drama, no solo por sus connotaciones externas sino también por su mensaje interno. Si los protagonistas adoptan esta forma de vida, es porque están dispuestos a renunciar en gran parte a su intimidad y compartir aquello que en teoría les pertenece. Sobre esto último giraría el principal conflicto de la trama, cuando el nuevo dueño de la casa le es infiel a su esposa con una estudiante de su clase de arquitectura (Helene Reingaard Neumann). Empero, en lugar de ocultar el adulterio, le explica a su hija que estas cosas pueden pasar y es él, no ella, el que decide contárselo a su mujer, ante lo cual ésta reacciona con más resignación que alboroto. No es porque sea una persona sumisa, pues de hecho es la que lleva la mayor parte de la carga laboral del hogar, sin contar con que su renovada construcción ha sido idea suya, como adelantábamos. Es simplemente una consecuencia de su amplitud de miras y su visión abierta del matrimonio… hasta que la pasividad de su marido y su alejamiento acabe pasando factura. En cualquier caso, lo que se anticipa como fuente de enfrentamiento se resolverá de forma sosegada, incluso anticlimática. Surge entonces una oposición solapada con la paradoja anterior: el estilo del Dogma 95 apoyaría esta reconstrucción utópica, si se apostase por su dimensión más intelectual o existencial; mientras que su reverso del melodrama clásico también sería coherente con el núcleo narrativo, si en cambio se optase por acentuar sus pasiones inherentes. Sin embargo, aquí se utiliza la forma de esta segunda dualidad para materializar un fondo más cercano a la primera. En otras palabras, Vinterberg quiere ser fiel tanto a los parámetros de una tragicomedia comercial como a sus ideales heterodoxos de mocedad, y ello acaba quitándole gran parte de su energía a una historia bien rodada pero cuyo potencial únicamente se aprovecha con cuentagotas. De hecho, por cerrar este círculo de contrastes, otro ejemplo suyo es el de una escena temprana con los personajes desnudos yendo a bañarse más allá del muelle hacia el que se prolonga su casa, sin ningún tipo de pudor, escena por tanto no gratuita no solo por corresponderse con la voluntad de desinhibición a la que nos referíamos antes, sino porque servirá como contrapunto a una escena paralela en la última parte del metraje, ambientada también con alegría y en la misma localización. Pero estamos en circunstancias opuestas, las propias de una muerte trágica que no tiene nada de cómica, hecho que este cineasta ya no solo se permite dramatizar, sino hasta trivializar, sintetizando así el giro radical respecto del conocido y abandonado Voto de Castidad. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica

    Dinamarca, Suecia y Holanda, 2016. Título original: Kollektivet. Presentación: Festival de Berlín 2016. Dirección: Thomas Vinterberg. Guion: Tobias Lindholm & Thomas Vinterberg. Productoras: Zentropa Entertainments / Danmarks Radio (DR) / Det Danske Filminstitut / Toolbox Films / Topkapi Films. Fotografía: Jesper Tøffner. Montaje: Janus Billeskov Jansen & Anne Østerud. Música: Fons Merkies. Diseño de producción: Niels Sejer. Vestuario: Ellen Lens. Reparto: Ulrich Thomsen, Trine Dyrholm, Helene Reingaard Neumann, Lars Ranthe, Julie Agnete Vang, Fares Fares, Magnus Millang, Anne Gry Henningsen, Martha Sofie Wallstrøm Hansen. Duración: 111 minutos. PÓSTER OFICIAL.

    El jardín

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