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    Crítica | King of the Belgians

    King of the Belgians

    Reyes inútiles para una Europa que naufraga

    crítica ★★★★ de King of the Belgians (Peter Brossens, Jessica Woodworth, Bélgica, 2016).

    Casualidad, profética o premeditada, la última película del dúo Brossens-Woodworth, cambiando de registro para abrirse paso a través de la comedia surrealista y absurda, coloca contra las cuerdas la idea de Europa y reparte sonoras bofetadas contra la Unión Europea, la monarquía, el conflicto de los Balcanes, la disgregación nacionalista, la inmutabilidad de fronteras, las democracias y las diferencias entre oligarquía y gente común que vive el día a día. Partiendo de un, cada vez más, lejano acercamiento entre Turquía y la UE; alejamiento que subsiste basado en los tabúes históricos del alineamiento turco-alemán y la diferencia religiosa que tanto miedo nos da, el improbable traslado a Estambul de un parque temático «Minieuropa» patrocinado desde Bruselas, representa el mínimo papel de influencia y trascendencia política de un continente esclerotizado y que ha renunciado a una de sus pocas señas de identidad, la defensa de los derechos y libertades fundamentales de todos los individuos. En un momento de xenofobia institucionalizada, de mantenimiento de estados de alarma pública durante meses, sin que nadie cuestione el retroceso en derechos que eso supone; paralizados por el miedo al terror procedente de un monstruo creado desde nuestros inconfesables intereses comerciales en zonas olvidadas del planeta; acostumbrados a permitir el acceso de inmigración multicultural para aislarla en guetos invisibles, cuando las segundas o terceras generaciones han descubierto que su futuro en Europa va a ser similar, o peor, que el de sus padres o abuelos, han decidido enfrentarse al modelo publicitario que ya no convence a nadie, y Europa ha saltado por los aires. Una Europa a la que ya nadie quiere pertenecer, salvo las élites, una idea de Europa basada en el capital, que ha despreciado a sus ciudadanos hasta que estos le han dado la espalda buscando soluciones, en su mayor número, muy decepcionantes y que nos retrotraen a ese temido período de entreguerras. Con la extrema derecha en crecimiento, los gobiernos han optado por claudicar en la defensa de lo valioso, y hacen lo imposible por convertirse en marionetas de «dictablandas» que nos hablan de democracias inexistentes. En este universo, Brossens y Woodworth se mueven en un viaje que comienza en el trastero de Europa, en Turquía, esa nación que se ha dejado comprar para esconder nuestras vergüenzas, y de paso, conseguir la inmunidad necesaria para hacer limpieza política en su país sin que nadie lo cuestione, no sea que abra las puertas y permita el retorno de aquellos que han sido rechazados en nuestros territorios.

    Utilizando a un pelele, una figura innecesaria y sometida, como es este Nicolás III rey de los belgas, los directores analizan, desde el absurdo, la imposible unión europea con idiomas y costumbres tan heterogéneas, con conflictos bélicos que permanecen dormidos pero dispuestos a reanimarse en cuanto un descerebrado con poder enarbole la bandera del nacionalismo. En este contexto, no es de extrañar que Valonia decida separarse de su vecino del norte e independizarse bajo el lema «Estamos hartos», como en la vida real no es de extrañar que Escocia, Cataluña y muchas regiones más, alienten ese espíritu de separación de algo que no funciona, ya sean estructuras nacionales o supranacionales. La figura de este rey, al que conocemos en pleno proceso de realización de un falso documental sobre su figura, que realce ante los belgas su buen humor, su espontaneidad, su campechanía, su educación, su sabiduría, recobra sentido cuando deja de ser monarca y se transforma en persona, en fugitivo, en un escapista necesitado de regresar donde su poder de nacimiento le exige encontrarse. Es entonces cuando el discurso de la película se torna corrosivo porque acaba con la monarquía de un plumazo revelando su innecesaridad. Y el documental que se había encargado, una ficción a la que había que dar visos de realidad, se transforma en un recorrido turístico más fiel que lo que había que rodar inicialmente, un rodaje sin censuras donde el rey puede disfrazarse de bailarina búlgara, emborracharse con raki en Serbia o pasar la noche en un calabozo albanés, experiencias a censurar mediante su borrado en tiempos de estabilidad, pero que, cuando se abre el averno ante los pies de quien ahora si se siente vulnerable, no hay poder suficiente para encubrirlas.

    King of the Belgians

    «Una comedia notable que no busca el lado amable sino el retrato feroz de un continente machacado y hundido. Una sonrisa que se nos queda helada en la boca cuando pensamos en la realidad que existe detrás del gag, que Brossens y Woodworth no ocultan gracias a su ingenio, a su guion estupendo y a la labor formidable de su camarógrafo».


    No se oculta el carácter cómico y burlesco de la apuesta, un reparto que funciona a la perfección para conseguir trasladar a un rey, varado en Estambul, hasta Bruselas cuanto antes, para presentarse ante sus ciudadanos e intentar recomponer la «ruptura de un cacahuete» como es Bélgica. Al saltar la noticia de la segregación de Valonia, el rey no puede regresar como consecuencia de una tormenta solar que impide a los aviones volar. Se inicia así una alocada road movie a través de los Balcanes, en vehículos sacados de una compañía zíngara a la que sólo le falta el oso que baile para recaudar el dinero con el que continuar el trayecto. La descomposición de los personajes es aparente, han de mutar como consecuencia de la determinación de una persona enseñada para estar en un sitio y no esconderse, aunque ese sitio en el que se le espera suponga volver a ser teledirigido por el poder efectivo de cualquier país. Ese viaje paradójico, similar al que emprenden miles y miles de refugiados día tras día, desde Turquía hacia la Europa próspera, transforma al grupo de rey, jefe de protocolo, jefa de prensa, valet del rey y director del documental, en un grupo de desesperados por llegar al destino soñado, sin dinero, sin pasaporte, sin conocer la lengua, su recorrido es el del desclasado, del que huye en busca de un futuro mejor para encontrarse con esta Europa miserable del primer mundo.

    Con los rostros de los actores en permanente presencia, el reflejo de la sorpresa, del hecho inesperado, de la situación imposible de prever, se manifiesta de manera realista y comprensible. La absoluta soledad de ese rey taciturno, desgarbado, solemnemente sobrepasado por los acontecimientos, va relajando su postura cuanto más humano y normal se convierte su comportamiento. El grupo ha de vivir del disimulo para conseguir atravesar el continente, algo más complicado de lo que la propaganda oficial nos vende, y de paso, evitar ser descubiertos y añadir un problema diplomático con todos los países afectados por esta huida hacia, realmente, ninguna parte. En ese camino, Nicolás III asume la innecesaridad de su figura, cuando semanas después consiga llegar a su trono, el país habrá deambulado por el rumbo marcado por las circunstancias, sin que nadie esperara la palabra de una institución medieval para decidir dar un paso u otro. Cuando el rey interroga a todos sus colaboradores sobre si creen en la monarquía y en su necesidad, ninguno de ellos secunda la propuesta, con mayor o menor honradez, harán ver a su rey que se trata de trabajo, no de convencimiento sobre la necesidad de su permanencia como institución incapaz de representar nada que importe a los ciudadanos realmente. El hieratismo, los silencios, los golpes cómicos, la banda sonora llena de referencias clásicas de nuestro patrimonio musical común, no consigue evitar trasladar ese poso de amargura hacia lo bueno que se acaba, y no precisamente la monarquía, sino esa vieja idea de una Europa unida, libre de fronteras y de restricciones, una Europa de ciudadanos y no de mercaderes, una Europa que nos ha sido secuestrada y devastada por los mismos que han continuado machacando nuestros derechos, nuestras leyes, nuestro futuro. Una comedia notable que no busca el lado amable sino el retrato feroz de un continente machacado y hundido. Una sonrisa que se nos queda helada en la boca cuando pensamos en la realidad que existe detrás del gag, que Brossens y Woodworth no ocultan gracias a su ingenio, a su guion estupendo y a la labor formidable de su camarógrafo. | ★★★★ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / 61ª Seminci


    Ficha técnica
    Bélgica, Países Bajos, Bulgaria, 2016. Título original: King of the Belgians. Dirección: Peter Brosens, Jessica Woodworth. Guion: Peter Brosens, Jessica Woodworth. Reparto: Peter Van Den Begin, Lucie Debay, Goran Radaković, Nathalie Laroche, Titus De Voogdt, Valentin Ganev. Fotografía:Ton Peters. Montaje: David Verdurme. Escenografía: Sabina Christova. Productor: Peter Brosens, Jessica Woodworth. Coproductor: Arnold Heslenfeld, Stefan Kitanov, Laurette Schillings, Frans Van Gestel. Producción: Bo Films, Entre Chien et Loup, Topkapi Films, Art Fest, VAF, Screen Flanders and the CCA. Duración: 94 minutos. PÓSTER OFICIAL de KING OF BELGIANS.

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