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    Crítica | La venganza de una mujer

    La venganza de una mujer

    Arrojo y contención

    crítica de La venganza de una mujer (A Vingança de Uma Mulher, Rita Azevedo Gomes, Portugal, 2012).

    El arte se define por su reformulación de la realidad, y a veces surge como necesidad ante la prohibición de reflejar esa realidad tal como se desenvuelve. Durante muchos siglos la censura, ligada a la religión o a otra ideología, obligó a los pintores, escritores y demás creadores a idear nuevas formas de representación, impulsando con ello un progreso que a priori debía negarse, pero también impidiendo transmitir con toda veracidad ciertos datos y sucesos. De esta carencia se queja Jules-Amédée Barbey d’Aurevilly, literato francés del siglo XIX que desafió sus orígenes (monárquicos y católicos) y las convenciones de su época (mitificando y a la vez desnudando el estilo romántico), como queda patente en la susodicha protesta, expuesta en los primeros párrafos de La venganza de una mujer, último relato de la antología que le ha dado más reconocimiento: Las diabólicas (1874). En tal texto realiza una digresión inicial sobre la falta de osadía real de la literatura, al no haber recogido hasta ahora la violencia y la pasión que caracterizan a las vicisitudes cotidianas. Y hecha esa introducción recoge con ánimo de neutralidad, aún permitiéndose inevitables licencias poéticas y retóricas, el caso real de una duquesa española que decidió vengarse de su marido, quien mandó asesinar al amante de aquella de forma tan heterodoxa y chocante como la manera en que su esposa decide llevar a cabo su temida represalia. En el cuento hay una curiosa combinación de tradición e innovación, de sumisión y rebeldía, manifiesto en el comportamiento de una mujer que nunca se libera del yugo de su esposo, pues lo que se propone en concreto es prostituirse para manchar el honor de aquel, y de paso asumir su propia penitencia hasta su muerte tan deseada. Estos hechos se los narra a uno de sus clientes, un dandi inquieto a la imagen de su autor, oyente sin embargo respetuoso e impactado por lo anterior, tanto que al acabar su visita y no saber más de la desgraciada durante meses, luego vuelve y decide visitarla en su tumba con visible afección.

    Así termina la historia, y así también lo hace esta adaptación al cine de la mano de la directora y guionista portuguesa Rita Azevedo Gomes. La misma muestra bastante fidelidad hacia su fuente, si bien trasladándola a su país natal y cambiando el citado preludio, aunque con intenciones similares de renovación estética y transgresión metalingüística. Y es que lo desarrolla un narrador que a la vez es un actor entre otros en un decorado explícitamente teatral, mientras va leyendo una chuleta para adentrarnos en este mundo alternativo. La literatura se une así con el teatro como los dos principales antecedentes del cine, junto a la pintura, exhibida también en unos encuadres estáticos, de tomas duraderas y escaso movimiento, acentuando con ello su contemplación gráfica. Pero la sola unión de estos elementos, hecha evidente en la pantalla, quiebra las reglas tradicionales de su narrativa, en tanto que el cine pretende recogerlos para hacerlos invisibles a nuestros ojos. En cualquier caso, enseguida los mismos se abandonan o transmutan: el mencionado narrador y la voz en off desaparecen y los planos cobran mayor dinamismo, mediante unos medidos travelings, sobre todo cuando se produce el encuentro entre los azarosos coprotagonistas. Ahora bien, sigue patente la invención técnica, huyendo de la inercia artística, gracias al ingenio que revelan la composición y el montaje. Por un lado, en un solo dormitorio, relativamente amplio pero escasamente amueblado, Azevedo Gomes y su director de fotografía Acácio de Almeida demuestran una gran habilidad para componer planos estéticamente muy ricos sin apenas alterarlos, teniendo en cuenta que la mayoría son planos secuencia, jugando para ello con espejos, ligeros ajustes de cámara o desenfoques. Éstos por otro lado acompañan los flashbacks del relato, al tiempo que su narradora se traslada al pasado, cambiando el decorado a su alrededor sin que lo haga su presencia física. Hemos adelantado que dicha localización se vuelve extrañamente visible, y ello permite adaptarla con la complicidad del espectador, de forma similar a cómo hizo Joe Wright en Anna Karenina (2012), aunque con mayor sutileza y menos barroquismo.

    La venganza de una mujer

    «La armonía que logra el equipo detrás de La venganza de una mujer es muy admirable si se considera la heterogeneidad en su despliegue, originada en una fuente concreta pero enriquecida con sucesivas capas e interpretaciones».


    De hecho, la película de los últimos años a la que más recuerda la que nos ocupa es otra portuguesa, Misterios de Lisboa (Raúl Ruiz, 2010), llegando incluso hasta detalles visuales como los encuadres desde detrás del hueco de una cortina, o guiños dramáticos como el papel del embajador de España a cargo de un André Gomes igual de locuaz y fisgón. Pero, además de para traer a colación una de las grandes obras maestras del cine a juicio de un servidor, interesa esta comparación por un componente de fondo, como es el de la construcción folletinesca de historias sobre historias. Parecería que la cultura y el contexto lusos son propicios a ello, quizá por una tradición novelesca que, no hay que olvidarlo, hunde sus raíces en nuestra península. En efecto, como decíamos primero hay un narrador externo, luego la ficción propiamente dicha, y a su vez ésta tiene dentro de sí el relato pasado, y los tres niveles se entrelazan, aunque manteniendo el orden propio de una estructura simétrica. Es más, la armonía que logra el equipo detrás de La venganza de una mujer es muy admirable si se considera la heterogeneidad en su despliegue, originada en una fuente concreta pero enriquecida con sucesivas capas e interpretaciones. Por ejemplo cabe preguntarse hasta qué punto forma parte del plan de esta noble ultrajada el que comparta sus penas con un hombre al que está claro que ha elegido, alterando su perspectiva sobre el sexo opuesto. Pues bien, sólo con esta profundidad conceptual y sensorial puede lograrse que el extenso monólogo que ocupa el grueso de este peculiar romance no nos lleve a desconectar, perdiendo interés en tan enrevesados y repetitivos acontecimientos, sino que por el contrario nos sitúa siempre al borde del asiento, pendientes de la siguiente revelación y el siguiente golpe de efecto con los que se nos va a epatar. Esa parcial reiteración de acciones y palabras, y una ocasional falta de ritmo, son las pegas que evitan que esta película alcance una excelencia total, pero no hay duda de que estamos ante una adaptación de época tan atrevida como modélica. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Portugal, 2012, A Vingança de Uma Mulher. Dirección: Rita Azevedo Gomes. Guion: Rita Azevedo Gomes (basado en el relato de Jules-Amédée Barbey d’Aurevilly). Productora: C.R.I.M Produções. Fotografía: Acácio de Almeida. Montaje: Patricia Saramago. Reparto: Rita Durão, Fernando Rodrigues, João Pedro Bénard, Hugo Tourita, Duarte Martins. Duración: 100 min.

    Póster: La venganza de una mujer
    El fulgor efímero

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