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    Crítica | Glassland

    Glassland

    Ballads Booze & Craic

    crítica de Glassland (Gerard Barrett, Irlanda, 2015).

    Sábado, dos de la mañana. En mitad de la calle, un joven esquiva el tráfico bajo la lluvia mientras ayuda a dos señoritas a subir a su coche. Por el camino, una de ellas vomita un líquido amarillento en el asiento trasero y la otra se ha dormido o, lo que es más probable, se ha desmayado. Al llegar a su destino, ninguna de las dos mujeres parece entender una sola palabra ni tener la mínima noción del tiempo y el espacio, por lo que el conductor, mayormente por decencia, aunque también aferrado a la pequeña esperanza de que alguien le pague la carrera, ayuda a las jóvenes a llegar a su casa, salvándoles así de una muerte por congelación pues la noche de Dublín había caído hasta los 3 grados y el vestido de ambas chicas había subido hasta la categoría de bufanda. Ahora se lamenta de no haber cobrado por adelantado, pero en una de las ciudades con más taxis per cápita de Europa, la competencia no permite andarse con remilgos. La vida del taxista dublinés no es nada fácil. Gerard Barrett parece decidido a forjar su autoría cinematográfica especializándose en el dibujo de retratos del irlandés solitario. Sus dos películas muestran la figura del trabajador eremita por antonomasia. Si en su ópera prima, Pilgrim Hill (2013), el director se adentró en la idiosincrasia del granjero; un hombre rural entregado a la contemplación de su cosecha con la única compañía de su ganado, en esta ocasión se introduce de lleno en la gran urbe —todo lo grande que puede ser la acogedora Dublín—, para plasmar la imagen del taxista en su multitudinaria soledad, acompañado de los mismos extraños, repitiendo las mismas conversaciones sobre el tiempo una y otra vez y recorriendo las mismas calles atrapado en el hastío del semáforo en rojo. Glassland es la mirada del conductor de taxis, cuya visión del mundo ha quedado condicionada por el filtro empañado del sucio cristal de su vehículo.

    Valiéndose del monólogo interior, Barrett, de la mano de John el taxista, nos guía a través de la introspección de las familias desestructuradas que se autodestruyen por culpa del alcohol. El realizador desmitifica la visión que teníamos del irlandés borracho y sonriente para narrar, con la inusitada madurez de un joven de 27 años con un legado cinematográfico sorprendentemente escueto, un drama social de una sobriedad y lucidez que asusta, no sólo por la presencia de grandes virtudes, sino por la ausencia de arrogancia pretenciosa que asumiríamos como inherente y ligada a una mirada con tan poca experiencia. Un noviciado que se transforma en virtuosismo cuando escuchamos el monólogo —éste ya exterior— de Jean, la madre de John, quien detalla la multitud de varapalos y desgracias que la vida tenía preparados para ella hasta que, por fin, un día encontró a un verdadero amigo. Un amigo que no la juzgaba ni le exigía sacrificios. Un amigo que nunca le dio la espalda y la reconfortaba sin importar cómo de mal se encontrase. La forma con la que Jean se refiere a los inicios de su alcoholismo es escalofriante y nos traslada a la esencia misma de la mente del adicto. Una visión que se erige con dureza como una analogía de la verdadera entrega a la fe cristiana. Alguien que mira con devoción absoluta hacia algo; un icono, una estampa o una botella de whisky, y se somete sin pensarlo y a ciegas para encontrarse, un día cualquiera, en la absoluta soledad. La comparación entre la adicción y la religión es tan sutil como certera, y encontrará el sentido absoluto en su recta final, con un mensaje desesperanzador de una elevada simbología religiosa.

    Glassland

    «La tremenda convicción con la que Toni Collette da vida a su personaje es asombrosa. Su mirada perdida y furibunda queda inyectada en sangre mientras, entre alaridos, distinguimos que lo que quiere es que su hijo le devuelva las botellas que ha escondido en algún lugar de su casa para su martirio».


    La presentación del protagonista es de un pragmatismo ejemplar. Con tan sólo una escena somos capaces de conocer las rutinas generales por las que discurre la vida de este taxista que, tras llegar a su casa después de un largo turno de noche, se encuentra a su madre, con quien comparte casa, inconsciente en su propio vómito. La precisión de cada movimiento y la relativa calma con la que asume la penosa situación nos dan a entender que éste es un escenario conocido para el personaje principal. No ha sido la primera vez que ha tenido que llevar, con una mezcla de preocupación y vergüenza, a su madre al hospital; sin embargo, a deducir por las palabras del médico, sí que podría ser la última. El doctor ofrece pocas esperanzas a John. Su madre debe dejar el alcohol inmediatamente o morirá, incluso si decidiera dejarlo es posible que no sobreviva si no encuentra el tratamiento adecuado a tiempo. Y nada menos que 8.000 euros es la cantidad que Jean necesita para esa terapia esperanzadora. 8.000 euros que le caerán a John enigmáticamente de un caballo, entregados por un jinete del que nunca sabremos nada, aunque sí seremos capaces de intuir su personalidad a partir de la siguiente escena. Gracias a una técnica de descubrimiento guiado, con la que Barrett pretende sugerir más que explicar, entendemos que John se ha metido en un sórdido negocio de tráfico de mujeres, actuando de transporte de las jóvenes que son dirigidas a oscuros lugares pecaminosos. Entendemos entonces que el misterioso jinete podría ser uno de esos jefes mafiosos que, como John Boy (Love/Hate, serie de televisión iniciada en 2010), ha ocupado las ficciones irlandesas desde los tiempos de Veronica Guerin. En este sentido, el desenlace catártico del que hablábamos, alcanza toda su gravedad dramática gracias a un gesto metafórico de abnegación, que aporta al protagonista el estatus de casi mártir que se sacrifica por una causa justa y una batalla perdida. Sin embargo todo quedará oculto en la mirada del héroe, nada se dará de manera explícita.

    Una mirada que permanecerá semioculta durante todo el metraje a consecuencia de una gorra de la que sólo se desprenderá en contadas ocasiones, y que ha ido cayendo poco a poco sobre su semblante a lo largo de los años, conforme su visión del mundo se ha ido oscureciendo, hasta casi tapar por completo la mitad superior de su rostro. El horizonte se alejaba cada día un poco más y su visión periférica le aturdía ante la inevitable sensación de vacío. Por ello se autorecluyó en una celda figurada que le proporcionaba la cercanía a la realidad que necesitaba y lo condenaba a la imposibilidad de escapar de las fronteras de una visera que no le dejaba mirar más allá de su propia miseria. Por ello no quiere mirar a su gran amigo Shane cuando es abrazado con cariño por su madre: se refugia de un sentimiento que cree inalcanzable. De la relación de amistad extraemos, no sólo la esencia de la camaradería, sino también el anhelo de John de volver a encontrarse con su auténtica familia, de poder volver a ser una persona normal que no vive constantemente preocupado por el paradero y la salud de su madre. Jean, motor principal de la acción, se ha transformado en una bestia, un animal lleno de ira que únicamente logra amansarse gracias a una melodía de alta graduación. La tremenda convicción con la que Toni Collette da vida a su personaje es asombrosa. Su mirada perdida y furibunda queda inyectada en sangre mientras, entre alaridos, distinguimos que lo que quiere es que su hijo le devuelva las botellas que ha escondido en algún lugar de su casa para su martirio —o protección, según se mire—. John grabará la esperpéntica escena con tranquilidad y una media sonrisa de impotencia. Posteriormente conoceremos que esa acción no estaba destinada a la humillación de su madre, a la que adora con todas sus fuerzas, sino que será su estrategia para hacer que Jekyll vea el reflejo de Hyde.

    Glassland

    «Glassland se hace eco de toda esa violencia hegemónica para componer su canto a la depresión y a la dramática situación de cientos de familias desestructuradas. Pero ante todo, Glassland es una historia de amor incondicional. Ese vínculo inquebrantable y único que se crea entre una madre y un hijo».


    Una mujer que ha llegado a tal punto de mezquindad y egoísmo autodestructivo que reniega de su otro hijo, el hermano retrasado de John, símbolo constante de su soledad y desgracia. El nacimiento de Kit, con síndrome de Down, hizo que su marido se marchara y ella, insegura y débil, no supo afrontar una vida de soltera. No supo responsabilizarse de sus tareas de madre y se dejó vencer por la desidia. La crítica obvia es a la figura paterna sin escrúpulos que huye de los problemas de manera egoísta y despiadada. No obstante existe otra implícita, más incisiva, a la mujer que se niega a aceptar su emancipación. La mujer irlandesa conoce la marginación, especialmente desde que se instaurara el “Free State of Ireland” como medida para confirmar el dominio masculino en todo ámbito de actuación. No olvidemos que nos encontramos en un país fuertemente arraigado a la cultura católica y regido por sus dogmas hasta hace relativamente poco. La misma iglesia que quemó varios ejemplares de Las chicas de campo (Edna O’Brien, 1960) en la plaza del pueblo como ejemplo para el resto de mujeres y como castigo simbólico por exigir una liberación que no les correspondía dentro de un patriarcado en decadencia. De algún modo, influido por la literatura contemporánea irlandesa, es muy probable que el director haya tratado de mostrar ese castigo auto-inducido que las mujeres irlandesas se infligían por su incapacidad de ser felices una vez que fracasaban en su sueño de vida perfecta con el que se las obsesionó desde pequeñas. Se torturan por creerse infectadas de un virus incurable que las vuelve desgraciadas. Roddy Doyle parece una clara influencia en este apartado narrativo, sobre todo si atendemos a algunos extractos de su novela The Woman Who Walked Into Doors (1996). «Ellos podían ver la boca de la que salían las palabras […], pero no podían verme a mí. La mujer a la que no le pasaba nada. A veces pensaba que podría haberlo evitado. Podría haber sido más lista. Podría haber preparado la maldita taza de té, no me habría muerto por ello. Él ya había tenido sus malos días, debería haberlo visto venir. En lugar de ello, le provoqué. Y aquí estoy ahora». Glassland se hace eco de toda esa violencia hegemónica para componer su canto a la depresión y a la dramática situación de cientos de familias desestructuradas. Pero ante todo, Glassland es una historia de amor incondicional. Ese vínculo inquebrantable y único que se crea entre una madre y un hijo. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín-Alicante


    Ficha técnica
    Irlanda. 2014. Título original: Glassland. Director: Gerard Barrett. Guion: Gerard Barrett. Fotografía: Piers McGrail. Duración: 89 minutos. Música: Niall Brady. Productora: Element Pictures / Irish Film Board. Montaje: Nathan Nugent. Diseño de producción: Stephanie Clerkin. Diseño de vestuario: Leonie Prendergast. Intérpretes: Jack Reynor, Toni Collette, Will Poulter, Michael Smiley, Shashi Rami, Joe Mullins, Melissa Maria Carton, Laura Byrne. Presentación oficial: Festival de cine de Galway (Ganadora).

    Póster: Glassland
    Feelmakers

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