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    Crítica | Cien años de perdón

    Cien años de perdón

    Ladrón que roba a ladrón

    crítica de Cien años de perdón (Daniel Calparsoro, España, 2016).

    En el último barómetro del CIS, alrededor del 47% de los españoles estimaba que la corrupción y el fraude seguía siendo uno de los principales problemas en España, sólo por detrás del paro. Estamos en efecto ante una tendencia constante si se observan los resultados mensuales de esta encuesta a lo largo de los últimos años, hasta el punto de que las noticias que nos llegan al respecto y las discusiones que generan son ya algo cotidiano, que impregna las diversas facetas de nuestra vida en sociedad. Hasta el ocio. Se multiplican en este sentido los espectáculos y diatribas que ironizan sobre este lastre o que propagan su denuncia (los conocidos programas coloquiales de La Sexta se moverían entre ambas vertientes), y en esta moda reciente el cine no se ha quedado atrás. Hace unos meses se estrenaba B (David Ilundain, 2015), la transcripción a la gran pantalla de la declaración del 15 de julio de 2013 en la que Luis Bárcenas reveló ante el magistrado Ruz de la Audiencia Nacional su papel en la presunta contabilidad B del PP. De hecho la cinta era a su vez una adaptación de una obra de teatro que escenificaba ese mismo interrogatorio, interpretado por los mismos actores: Pedro Casablanc en la piel del ex tesorero y Manolo Solo en la del juez. Pues bien, si en esa ocasión se difuminaba un tanto la frontera entre la ficción y el documental, o por recuperar la anterior distinción, se intentaban combinar con cierta equidad el entretenimiento y la acusación, en la película que ahora nos ocupa se inclina la balanza del lado de los primeros componentes, aunque sin perder de vista los segundos. Hablamos de Cien años de perdón (2015), expresión que toma el final del refrán para adelantar que, de nuevo, nos situamos en un mundo demasiado familiar de ladrones y malhechores, y de paso vuelve a poner el acento en la constancia de este fenómeno, que se espera que siga existiendo durante muchos años pese a las medidas que puedan adoptarse contra el mismo.

    Vemos pues cómo desde el propio título pueden sacarse conclusiones de lo que pretende el libreto de Jorge Guerricaechevarría, sin duda el aspecto más destacable de la cinta. Este guionista, colaborador habitual de Álex de la Iglesia y corresponsable además de otro importante éxito de nuestro reciente cine de acción, como es Celda 2011 (Daniel Monzón, 2009), intenta aquí mezclar precisamente la narración típica de este género con ese carácter de crítica hacia la corrupción, aunque como hemos dicho reservando el protagonismo al primero. Para ello orquesta el relato en torno al atraco a un banco en la ciudad de Valencia, organizado por seis hombres, la mayoría argentinos, que quieren adueñarse del mayor número de cajas fuertes del establecimiento, pero sobre todo de una de ellas, en la que un dirigente político ha guardado información sensiblemente ilegal que afecta a la mismísima Jefatura del Gobierno. Este objetivo a priori oculto sólo es conocido del líder del grupo, el Uruguayo (Rodrigo de la Serna), pero enseguida se entera también su único miembro español del que se nos hace partícipes (Luis Tosar), tras contárselo la directora del banco (Patricia Vico), esperando a cambio sacar provecho de la información. Entre tanto, en la trastienda política se inquietan ante la creciente posibilidad de que el plan no salga como habían esperado. Al respecto intentan negociar con los atracadores el director de gabinete de la Presidencia (Raúl Arévalo) y un viejo coronel de confianza de sus máximos dirigentes (José Coronado), pero ninguno de ellos está al tanto de lo que realmente ocurre. El metraje además dedica cierta atención a otros individuos inmiscuidos en el enredo, como los rehenes, los policías o la mujer del responsable de todo el golpe: ese hombre del partido, ahora en coma debido a un misterioso accidente, que sabe algo que sus compañeros y superiores no quieren bajo ninguna circunstancia que salga a la luz.

    Cien años de perdón

    «Su visión un tanto pragmática y económica no logra que las ramificaciones de un guion brillante salgan a relucir todo lo que debieran».


    Lo mejor de todo es cómo, sentadas estas premisas, el desarrollo narrativo juega con nuestras expectativas, y llega a convertir en un mcguffin el susodicho objetivo de la misión, aprovechando con ello para añadir todavía más capas a la historia, como la sobredimensión alarmante que pueden propiciar en este marco la amenaza de los medios de comunicación o la quiebra de las lealtades institucionales. También tiene mérito la manera en que Guerricaechevarría va hilando estas subtramas y atando todos los cabos sueltos, dedicando siquiera una mínima y final atención a personajes secundarios para que su desarrollo dramático no carezca de peso, como es el caso de la directora de la entidad. En este sentido también juegan a favor las interpretaciones de sus actores, destacando por encima de ellos las de Tosar y de la Serna, que cuentan con su propio bagaje emocional, pues incluso hay hueco para que en medio de la acción compartan una conversación aislada del contexto frenético que nos explica cómo han llegado adonde están. Es más, la menos convincente de las intérpretes es Vico, con una gestualidad un tanto forzada y sin lograr transmitirnos del todo su desazón. Es posible que en esta excepción en un elenco por lo demás sólido influya el hecho de que esta actriz es la mujer del director, Daniel Calparsoro, aunque no es la única de sus negligencias. Estamos hablando de un cineasta con experiencia, sobre todo en este tipo de películas, que suele sacar el máximo rendimiento de la elección de las localizaciones o de las limitaciones presupuestarias (véanse aquí las que rodean la tormenta que envuelve el relato, como la lluvia simulada o la cámara sumergida). Sin embargo, quizás por esta visión un tanto pragmática y económica no logra que las ramificaciones de un guion brillante salgan a relucir todo lo que debieran, incluyendo esa curiosa restricción que recorre toda la carrera de Calparsoro, y es que todos sus filmes duran alrededor de hora y media. Un ejemplo ilustrativo sería el acelerado montaje en paralelo con el que se muestran las primeras operaciones en el banco, cuando se dividen las tareas los personajes de Tosar y de la Serna, donde una planificación un tanto tosca nos desorienta en lugar de absorbernos en su dinámica. Y es una pena, porque una dirección más refinada y progresiva habría resultado en una película mucho más memorable de lo que ya es. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    España, Argentina & Francia, 2016. Dirección: Daniel Calparsoro. Guion: Jorge Guerricaechevarría. Productoras: Morena Films / Vaca Films / Telecinco Cinema / K&S Films / Telefonica Studios. Fotografía: Josu Inchaustegui. Montaje: Antonio Frutos. Música: Julio de la Rosa. Diseño de producción: Juan Pedro de Gaspar. Dirección artística: Angela Nahum. Vestuario: Patricia Monné. Reparto: Luis Tosar, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo, José Coronado, Patricia Vico, Marian Álvarez, Joaquín Furriel, Luciano Cáceres, Luis Callejo, Miquel Fernández.

    Póster: Cien años de perdón
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