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  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Berlinale 2016 | Día 8. Críticas: A lullaby to the sorrowful mystery, Baden Baden, Goat, El diario de Ana Frank & The ones below

    Lav Diaz en Berlín

    El día de Lav

    Crónica de la octava jornada de la 66ª edición de la Berlinale.

    El 18 de febrero de 2016 pasará a la historia de la Berlinale como el día que Lav Díaz metió al jurado, la prensa, el público y su equipo artístico dentro del Palast para admirar por primera vez las más de ocho horas de su nueva y faraónica película, A Lullaby to the Sorrowful Mistery. En concreto, el recinto se ha empezado a llenar de espectadores a las 9:00 de la mañana y entre que el respetable ocupaba las butacas que consideraba estratégicas para tal hazaña y la presentación de actores y actrices, la proyección no ha empezado hasta casi las 10:00. Y una vez las luces se han apagado, la magia ha empezado… y también se ha puesto a prueba el nivel de aguante. El descanso no era hasta las 14:00 horas. Para ese momento, ya habían tirado la toalla unos cuantos. Como si se tratase de un festival de música o de una fiesta con barra libre, cuando uno de los presentes salía de la sala con la intención de volver a sumergirse de nuevo (porque uno tiene sus necesidades fisiológicas), las amables azafatas del Palast colocaban una pulsera roja a modo de control, de esas que es imposible quitar sin romperla.

    Tras el éxtasis de la primera mitad (y comentando en corrillos las nada halagüeñas primeras impresiones), un aluvión de gente abandonaba el edificio en busca de comida para llenar el estómago y prepararse para lo que quedaba, si Morfeo y sus tentaciones lo permitían. Por la tarde la sala se veía más vacía que por la mañana y el goteo incesante de abandonos se seguía produciendo. Aun así, hemos sido muchos los que hemos aguantado el maratón que nos proponía el director filipino y hemos sobrevivido a ello. ¿Cuál ha sido el resultado? Pues bien, independiente de aquellos que la alaban (que los hay) y otros que no acaban de encontrarle sentido (que también existen), lo cierto es que todos hemos vivido una de las experiencias más extrañas, catárticas, intensas y estimulantes que nos puede ofrecer el arte cinematográfico. Difícilmente podrá experimentarse de nuevo así, de un tirón y con la emoción que envuelve a un certamen. Solo por eso ya ha valido la pena aguantar. Sin embargo, aunque parezca que Lav Díaz haya monopolizado hoy todo el festival (lo ha hecho, sin duda, con la Sección Oficial, pues era el único largometraje a concurso que se presentaba; no ha habido tiempo para más), también hemos podido disfrutar de otras películas del resto de secciones. En Panorama, Goat, de Andrew Neel y The ones below, de David Farr; en Generation, El diario de Ana Frank, de Hans Steinbichler;  y, en Forum, Baden Baden, de Rachel Lang.

    Hele Sa Hiwagang Hapis

    A LULLABY TO THE SORROWFUL MYSTERY

    Hele Sa Hiwagang Hapis, Lav Diaz, Filipinas / Competición.
    por Luis Enrique Forero Varela.

    Elogio de la paciencia / ¿Desde cuándo concebimos el Cine como entretenimiento? Posiblemente, desde su mismísima creación. Aquel Viaje a la luna de Méliès no solamente consistía en un producto de experimentación con las posibilidades hasta las que podía llegar el primitivo invento; también era, por supuesto, una obra destinada al divertimento. Y el divertimento en el día de hoy, en el tiempo actual de velocidad, relativismo, interconectividad, tiene una base muy clara: no aburrir al espectador. Mantener a toda costa su atención a la pantalla durante cada uno de los 5400 segundos que dura una película, aproximadamente. Lo importante es que el espectador no saque el móvil del bolsillo. Hay estudios que sugieren que desde la invención de internet hemos perdido capacidad de concentración. También hay estudios que sugieren precisamente lo contrario. En cualquier caso, la mayoría de productos cinematográficos “pop” están hechos a la medida del público medio, con un planteamiento específico que incluye una duración de no menos de una hora y media y no más de dos, una trama dinámica que además sea fácil de seguir, pero con sorpresa final, y actores reconocibles —si son guapos, mejor—. Si sabemos cuáles son los ejemplos paradigmáticos de este tipo de cine, debemos también dar a conocer que hoy, casi llegando al final de la 66ª Berlinale, se nos ha mostrado exactamente la propuesta contraria, el manifiesto actual de otro modo de aprovechar los mismos recursos. Y ¿cuál es su definición? Sin duda alguna, si hubiera que nombrarlo, lo llamaríamos el “Elogio de la paciencia”. Su título, de hecho, es A lullaby to the sorroful mistery. Ya desde su anuncio dentro de la sección oficial levantó muchísimas expectativas, curiosidades, habladurías. Con perdón de Jeff Nichols, Mía Hansen-Løve, Téchiné y Vinterberg, el gran esperado era el filipino Lavrente Indico “Lav” Diaz, dado que fue el más arriesgado a la hora de presentar una película a competición. Sospechábamos cómo sería el desarrollo de la obra, teniendo en cuenta sus antecedentes y intenciones como director. Su nuevo trabajo ha sido presentado como estreno mundial, además con su presencia en el Berlinale Palast, y los asistentes han retribuido el gesto de cortesía con, precisamente, su paciencia.

    La duración total del filme es de 483 minutos o, lo que es lo mismo, más de ocho horas, con una breve pausa —sin intermezzo—. ¿Por qué? Por un motivo muy sencillo: está hecho a la medida de su creador. Si era necesario, o no, lo discutiremos un poco más abajo. Los primeros minutos corren presentando la situación contextual que luego será desarrollada. Un joven toca Jocelynang Baliuag, aquella canción tan evocadora, el “Kundiman” (género filipino de canciones de amor) simbólico de la lucha revolucionaria como declaración de intenciones. Es la víspera de la ejecución del escritor, el héroe nacional José Rizal, cuya muerte detonará la lucha armada por la emancipación del país. La escena de su muerte se presenta con una gran potencia lírica, una belleza deudora del famoso Tres de mayo en Madrid de Goya, donde el poeta Isagani (John Lloyd Cruz) —personaje de la novela de Rizal El filibusterismo, fundiendo así realidad con pasajes ficcionales— presencia horrorizado su los acontecimientos; algo que lo acabará llevando hasta la confrontación con un serio conflicto moral: tendrá en sus manos la posibilidad de acabar con la vida de Simoun (Piolo Pascual), agitador burgués que ha jugado a dos bandas y permitido atrocidades por parte de los españoles, siempre en busca del beneficio propio. Por otra parte, en medio de los horrores más cruentos de la guerra, Gregoria de Jesús vaga por un paisaje hostil, poblado de cadáveres e inquietantes criaturas humanas con comportamiento y ruidos equinos —acaso un trasunto de la propia irracionalidad con tintes de mitología y leyendas de la zona—, en busca de su marido, Andrés Bonifacio, el denominado padre de la revolución contra los opresores españoles. Y junto a ella, viajan errabundos otros personajes con una pesada carga sobre los hombros, entre los cuales se encuentra Cesaria (Alessandra de Rossi), la personificación de la pura culpa, dado que ha sido ella quien ha transmitido a las autoridades información esencial para ejecutar la brutal toma de la región, aplicando una violencia extrema sobre mujeres, niños y ancianos. Cesaria acompaña este peregrinaje como vehículo de lavar sus propios pecados o encontrar la muerte y, con ella, el descanso. Su búsqueda generará espacios para la locura y la catarsis.

    En el enorme lienzo que es esta película, algunos de estos personajes —no todos— experimentan un arco de evolución sumamente interesante. El camino de Isagani concluirá con una fuerte reflexión acerca de la necesidad o no de la venganza. En una conversación con Simoun, por quien siente un profundo odio, confiesa haber quemado todas sus obras, preguntándose la utilidad del arte en un tiempo como aquel. Simoun contesta «puede que el artista sea egoísta, pero el arte, por definición, no lo es […]. El arte habla siempre de una cosa: libertad. Y el mundo necesita poetas». En momentos como este, asistimos a la genialidad de la propuesta del director, donde se proyecta también algo de humanidad en semejantes condiciones de barbarie. Y todo este andamiaje, esta cosmología, usa el formato cuadrado y los planos generales y medios, casi siempre fijos, para ofrecer una visión socio-literaria de la independencia filipina. Claro, hay quien ha afirmado que algunos de estos podrían recortarse en un 90% su duración y el mensaje llegaría inalterado al espectador. Es cierto. Entonces hemos de preguntarnos el por qué de esta elección por parte de Diaz. ¿Es un tour de force? ¿un capricho formal? Si nos fijamos en otros, como Apichatpong Weerasethakul, podemos concluir que esta duración corresponde a una intencionalidad de expresión poética totalizante, un camino que ha de recorrerse para llegar a observar los la belleza, porque en A lullaby to the sorrowful mystery hay momentos de una belleza arrolladora. Y se toma su tiempo para enseñarla. Corre, con este gesto, el peligro de perderse en este río descriptivo que abunda en la mayoría del metraje, a pesar de que el guion recurre muy convenientemente al sistema de mostrar los acontecimientos de manera explícita para, más adelante, enunciarlos a modo de recordatorio en un diálogo de los personajes. Estamos ante una película impresionante por lo que pretende elaborar y por su apología a la paciencia y la defensa de la lentitud como un valor necesario. Tiene algunos problemas que lastran un resultado más pulido, tales como algunos ligeros fallos en el vestuario y un director de casting poco eficaz —la pésima calidad de un par de actores hace reflexionar acerca de las decisiones tomadas en el montaje—, y, claro, no será una obra para todos los gustos, ni con opiniones unívocas. Quien suscribe estas letras se abstiene de ponerle una nota, pudiendo alterar la percepción del espectador. Es mejor enfrentarse a la posibilidad de aguantar o no estas ocho horas de visionado. En cualquier caso, sea valorada como una obra maestra o como un ejercicio vacío de contenido, lo que es absolutamente seguro es que no dejará a nadie indiferente. Diaz podría apropiarse de aquellas palabras atribuidas a David Simon, creador de The wire: «que se joda el espectador medio».

    Baden Baden

    BADEN BADEN

    Rachel Lang, Francia / Forum.
    por Víctor Blanes Picó.

    El estreno en el largometraje de la directora francesa Rachel Lang se abre con una toma fija de 4 minutos. En ella, el rostro de Ana se nos muestra de perfil conduciendo. Sabemos que alguien está sentado detrás, pero desconocemos hacia dónde se dirige ni quién es, ya que queda fuera de campo. Una llamada por manos libres nos va dando más pistas, y hasta que Ana no llega a su destino no entendemos qué ha ocurrido: ha llegado 45 minutos tarde y la bronca que le echa el responsable de la cinta protagonizada por la misteriosa pasajera del coche es de aúpa. La estrategia llevada a cabo en esta primera escena resume toda la estructura de Baden Baden. La película se va desplegando de manera sutil y muy inteligente para ir presentándonos al personaje principal, una joven de 26 años transitando desde la adolescencia a las responsabilidades de la edad adulta: amor, familia y trabajo se acumulan en su día a día, y no siempre es fácil lidiar con todos a la vez. Los pequeños conflictos internos y cotidianos que van surgiendo en el camino de Ana (Salomé Richard, en una de esas interpretaciones que brillan por su sencillez y credibilidad) sirven para ir mostrando una cara de su personalidad o de su pasado, para ir entendiendo y empatizando con sus decisiones. Lang recurre a una puesta en escena que huye de la floritura y el exceso estético para conseguir imágenes, encuadres y planos que ayudan a establecer un tono alejado de los clichés del indie americano y que es capaz de proponer un nuevo acercamiento desde la honestidad y la actualidad a un tema tan manido y explorado como la búsqueda del lugar en el mundo en el tránsito hacia la madurez. Para conseguirlo, la joven y prometedora directora aplica las dosis de humor justo y necesario, en el tono correcto para dotar aún más si cabe de humanidad y cercanía a su propuesta. Siempre partiendo de lo cotidiano, las situaciones también se impregnan de una sutil potencia física seductora que empapa cada mirada y movimiento en todas las interacciones de Ana con su entorno. Galardonada en el Festival de Locarno en 2010 por su primer cortometraje, Lang consigue con Baden Baden algo muy complicado: envolver de una asombrosa sencillez un trabajo muy madurado y reflexionado. Desde la modestia y la seguridad que da tener las cosas bien claras desde el principio, Ana se nos muestra bajo el mismo prisma paradójico que rige la vida: sencilla y complicada, divertida y cabrona, dinámica y estática. Ante el aluvión de intensidad y profundidad reflexiva exagerada que nos suelen ofrecer ciertos debuts actuales, Baden Baden es un verdadero soplo de aire fresco que merece ser elogiado y celebrado. (78/100)

    Goat

    GOAT

    Andrew Neel, Estados Unidos / Panorama Special.
    por Gonzalo Hernández Espinosa.

    Hace dos años, el TIFF estrenaba en primicia mundial la última película de Lone Scherfig, The Riot Club, y lo hacía con un recibimiento que, en su crudeza, dividía a la crítica al abordar el todavía protegido mundo de las castas universitarias inglesas; en concreto, las de una ‘nobleza’ basada en el elitismo de los clubes de prestigiosas universidades como Oxford. Allí, Scherfig se mostraba muy certera y acababa acumulando una tensión creciente que explotaba en un brutal clímax muy desagradable. Se trataba de desmitificar un sistema extendido y todavía aceptado como norma que justifica el traspase de unos límites del todo inadmisibles. Precisamente, un debate que siempre ha estado presente en Estados Unidos a través de una red de fraternidades que el cine ha ensalzado en comedias de todo tipo, desde la reciente serie de televisión Scream Queens, a la ya mítica American Pie del 99. Ópticas que contrastan con reflexiones tan recientes como la de The Haunting Ground, centrada en los casos de violación que suelen ser norma común en los campus, o esta misma Goat que viene a poner el dedo en la llaga, haciendo exactamente lo mismo que ya hizo Scherfig pero con menos garra y un drama bastante más diluido; detalles que no obstante no le restan vigor a algunas de sus secuencias más poderosas, donde se expone, cámara en mano y con un estilo muy vibrante, las humillaciones a las que son sometidos los novatos cuando se les hace pasar por ‘rituales de paso’ consistentes, bien en beber hasta vomitar y seguir bebiendo, tirarse una cabra, encerrarles en jaulas, privarles de sueño, vejarles verbalmente, grabar el hecho o tirarles comida encima, por citar sólo algunas.

    El fallo principal del filme está en cómo la faceta dramática y discursiva interactúan entre sí. Falta algo de naturalidad en la integración entre ambas y el drama de sus dos protagonistas, hermanos enfrentados, no termina de implicar como debería, ni mucho menos afectar como lo hacen las secuencias en las que Neel pone el foco en los abuses estudiantiles. La historia está ahí como hilo conductor y excusa para mostrar ese mundo sin despegar nunca. Cuando en Goat se opta por enaltecer la ‘esperanza’ a través de las decisiones finales de sus protagonistas, el interés decae y las convenciones se multiplican, muy a pesar del buen hacer de su reparto con un Nick Jonas bastante comedido y correcto. Aun con todo, es un largometraje que llega y es de destacar que en nuestro pase una espectadora, profesora de la Universidad de Nueva York, se sintió especialmente afectada por lo que mostraba e instaba a que filmes como éste fueran de visión obligatoria en las escuelas, asegurando que ella misma solía abrir el debate con sus alumnos como una manera de avivar la conciencia en torno a una tradición americana tan sagrada que es intocable incluso para los decanos y directores. Un rito de paso que deja huellas permanentes. (60/100)

    Das Tagebuch der Anne Frank

    EL DIARIO DE ANA FRANK

    Das Tagebuch der Anne Frank, Hans Steinbichler, Alemania / Generation 14plus.
    por Gonzalo Hernández Espinosa.

    Vaya por delante que es comprensible que una figura tan idealizada como la de Ana Frank dé problemas a la hora de escribir un retrato medianamente contrastado sobre la vida de la joven que se ha convertido en la portavoz de una masacre histórica; y que, además, es un relato dibujado en múltiples ocasiones desde varias vertientes artísticas, lo que dificulta una nueva mirada, concretamente la del siglo XXI, a una Ana plenamente consciente de que su voz será escuchada y de que ella misma se acabará convirtiendo en un símbolo y una mártir. «Algún día serás famosa Ana Frank», le dice Peter, el otro joven que convivió con ella en un pequeño escondite en la parte trasera de un edificio de oficinas. «No sabes de lo que Ana Frank es capaz», verbaliza ella misma en mitad de una discusión, en una frase que ejemplifica la naturaleza anárquica de la adaptación, llegando a su punto álgido cuando la propia Ana es consciente de que posiblemente su diario se publique: «Si van a publicar mi diario debo rehacer algunos párrafos. Se llamará ‘El anexo trasero’ por Annelise Marie Frank». Son extractos exactos que nos dejan ver a una Ana contestataria, de ínfulas feministas, casi visionaria, a la que el director insufla de un aura de divinización exagerada pero lógica teniendo en cuenta el terreno (y el país) en el que nos movemos, sustentando su fuerza dramática en un cúmulo incesante de primeros planos de la actriz (solvente trabajo de Lea Van Acken que ya debutó en Berlín en 2014 con El Camino de la Cruz) recitando extractos del diario mientras interpela al espectador con la mirada melancólica, subrayando la escena con una banda sonora de marcado corte melodramático. Sí, el conjunto se excede y hasta tal punto que bien se lo podría calificar de ‘pornodrama’ sin cortarnos un pelo, tomándose licencias poéticas que llegan hasta el grado de inventarse nuevos fragmentos una vez pasada la última entrada del diario, para regodearse en un final cargado a golpe de lágrima; incomodo en su afán de explotar de manera tan poco sutil una figura cuya vida no fue ninguna broma, desde luego no una para tomarse con tan poco gusto como la de esta película. (30/100)

    The ones below

    THE ONES BELOW

    David Farr, Reino Unido / Panorama.
    por Gonzalo Hernández Espinosa.

    ¿Recuerdan La mano que mece la cuna? ¿Recuerdan todos aquellos dramas de los 90 sobre perder a tu hijo y cómo reflejaban la paranoia materna frente a la influencia externa? Pues The Ones Below entra justo en esa terna. La de una pareja feliz y aburguesada que se muda a un nuevo edificio de dos apartamentos donde comparten espacio con los vecinos de abajo, un matrimonio llamativo, en principio más pudiente que ellos, que están esperando también su primer hijo. Una está embarazada de 18 semanas, la otra de 21. Ambas son rubias y atractivas, pero mientras una se caracteriza por ser muy elegante en su forma de vestir, incluso estando embarazada, la otra, una Clémence Poésy muy justita en su interpretación, opta por la comodidad de prendas sueltas, cabello más alborotado y un tratamiento del color plagado de marrones oscuros frente al look de colores chillones de su vecina. A raíz de una tragedia que sacudirá a sus vecinos, la pareja comienza a volverse recelosa y el personaje de Poésy adopta ese ánimo de madre paranoica que tan bien calcaron actrices como Rebecca De Mornay en su vertiente maligna o la Angelina Jolie de The Changeling. Aquí los tiros van por otros derroteros pero el carácter de la protagonista es el mismo y por tanto sus motivaciones. En su afán de thriller a caballo entre Polanski y Hitchcock The Ones Below acaba cayendo en la comedia involuntaria al adoptar parte de los clichés de este tipo de cintas, desde sus giros hasta su desarrollo, pasando, sobre todo, por el siempre necesitado flashback explicativo para desvelar los trucos (aka las trampas) de un guion muy moroso, apoyado en la ingenuidad de un director que parece haberse olvidado de que todo está inventado en este subgénero. Más aun si no hay intención alguna de revertirlo. The Ones Below es un telefilme con todas las letras, debut en la dirección de un escritor que recientemente ha podido colaborar en la esperada serie de TV de Susanne Bier, The Night Manager, que también ha tenido su premiere en la Berlinale. Proyecto que esperamos le depare mejores resultados porque esta que nos atañe, como carta de presentación, es terriblemente desfavorable. (10/100)


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