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    Crítica | Los odiosos ocho

    The hateful eight

    Infierno blanco de mirada negra

    crítica de Los odiosos ocho (The hateful eight, Quentin Tarantino, EE.UU., 2015).

    Seis caballos tiran con apuro, tenaces, una diligencia en dirección a Red Rock, al suroeste de Wyoming. El cazarrecompensas John La Horca Ruth lleva consigo a una sanguinaria fugitiva por la que ofrecen —viva o muerta, aunque John siempre hace cierto su apodo— diez mil dólares. Imaginen qué no habrá hecho esa mina con ojos de oso panda, silueteados a golpes: rápidamente advertimos que, además de risueña, es una víbora capaz de escupir incluso sobre la carta que el mismísimo presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, escribió cierto día al mayor Marquis Warren. Un paria con bufanda-crochet al que recogen ellos en mitad del erial, practicando el autostop de la época, muerto ya su caballo de frío y senectud, con tres cadáveres apilados igual que una estalagmita en la cueva del Yeti. Un afroamericano Marquis al que todos, en esta película, llaman «negro» porque lo es y así lo quiere Quentin Tarantino, tal vez el director más políticamente incorregible (y también muy negro en su visión del mundo y el cine como artefacto de la risa heladora) de la actualidad. Y gracias. Sólo él, con esa facilidad para autocitarse y recordarnos cuestiones tan resbaladizas como la planteada por Spike Lee (“se oye mucho en Django desencadenado el término nigger, que es peyorativo y denigrante para la comunidad afroamericana”, venía a decir el director de Malcolm X), puede atreverse a rodar en 70 mm en el 2015 un western de tres horas menos cuarto.

    Ríanse ustedes del formato digital, y de los muchos multicines que no dejarán seguir esta historia según los parámetros fotográficos con que fue concebida. El viaje —el implícito en la narración y el nuestro propio— promete grandes anécdotas. Secuencias que, muy pronto, cuando los diálogos echan a volar libres, obligan a uno a darle codazos cómplices al que está sentado a su lado. Un poco también a la manera de Eric Idle en aquel mítico sketch de los Monty Python, en el que aparecía junto a Terry Jones en un pub y con una indumentaria muy british, guiñándole el ojo a éste mientras lo masacraba a codazos y observaciones a cual más irritante. “¡Know whatahmean... Follow me, follow me... Nudge nudge!”, decía Idle. Y justo así se descubrirá cualquier aficionado al western, al que ya no se hace, el que fue hace muchísimo tiempo, y bajó el telón entre ovaciones gracias a William Munny y volvió a subirlo para traernos Appaloosa o la memorable Valor de ley de los Coen; el que mostró rumbo a ese sucedáneo con el prefijo spaguetti, cuya denominación de origen siempre remitía al sur de Europa, principalmente Tabernas, y tiene como principales estilistas a varios italianos, en tanto ve acercarse la diligencia a la Mercería de Minnie, donde nuestros antihéroes se cobijarán y harán noche junto a otros cinco anónimos que —cada uno a lo suyo, pero atentos a la jugada de los recién llegados Marquis Warren, Chris Mannix, John Ruth y su rehén, Daisy Domergue— no son moscateles. Para entonces ya han sonado los White Stripes y, por supuesto, la orquesta de Ennio Morricone, que firma a mayor gloria de Tarantino un score de primorosa factura; sinuoso e imprescindible acompañamiento.

    The hateful eight

    «Los odiosos ocho ratifica a un autor tan exquisito como excéntrico, al que nada le importa más que medirse con su versión última».


    Tarantino se encomienda a tres actores de su confianza: Tim Roth, el ubicuo tarantiniano Michael Madsen y Samuel L. Jackson. A ellos se unen esta vez, como forajidos con nómina de capitán general, Walton Goggins, Kurt Russell (quien ya protagonizara Death Proof a las órdenes de su colega), Bruce Dern y Jennifer Jason Leigh, que no es sino el motivo de la disputa en torno a ese atropellado trote hacia la horca. Son ocho, sí, pero necesarios: de ellos Quentin aprovecha no ya "hasta los andares", que también, sino la forma en que se mimetizan con algunos finados de películas anteriores. He aquí Tim Roth imitando, ¿sin querer?, casi poseído por el espíritu del strudel en un mohín fugaz, de ouija, al doctor King Schultz. Que habla, por un momento, a través de Tim Roth. Fíjense bien. Es un manierismo o un derrape fonético o un gallo de pubertad. Al verdugo inglés le crecen de pronto cabeza y mandíbula, para girar el acento a Baviera. A su lado, el histriónico Walton Goggins parece aún más nativo yanqui: es la suya una sobreactuación atada, como la del senador Clay Davies en The Wire, que cuando tenía que lamentarse por cualquier litigio mal resuelto, lo hacía sin prisas, estirando artificiosamente la palabra shit. Sorprendido porque el fuego finalmente lo hubiera alcanzado. Así son los odiosos ocho: víctimas de la supervivencia. O mejor: iniciados en el arte de saber encarar la muerte incluso cuando ya estás kaput. Así era, también, aquel Oeste post-bélico en donde los rezagados (unionistas y sureños) gastaban munición disparando al aire, o a los desertores vagabundos que no reconocían en sí mismos. Conviene fijarse pues, capítulo tras capítulo, en esa camarilla verbosa y ese habitáculo que congrega a ocho bestias con más de ocho revólveres. Aunque disimulan bien sus distintas modalidades de estar allí sin estar y sin torcer nunca el gesto, sorbiendo el caldillo pardusco del estofado. Que ha cocinado Bob, dicen, mientras la ventisca soplaba a tiritones.

    Los odiosos ocho ratifica a un autor tan exquisito como excéntrico, al que nada le importa más que medirse con su versión última. Si hubo un tiempo en que Tarantino vivía obsesionado por alcanzar a los titanes, hoy no queda ni el detrito. El de Tennessee parece ahora un cineasta buscándose y reconociéndose en bobinas de celuloide donde se lee «Reservoir Dogs», «Pulp Fiction», «Jackie Brown» o «Kill Bill Vol. 2». Ni tan siquiera la repetida ausencia de su editora habitual, Sally Menke, que impone —por omisión— una estructura cronológica más o menos rutinaria, cuyo episodio final viene a ser un rebozarse en el fango, es decisiva. Si acaso, una mancha de café en el informe: la centrifugadora audiovisual del realizador trasciende, al fin, un estilo propio que aúna elementos del cine clásico y tics de subproducto exploitation. Guste o no es, además, un mimado con plenos poderes sobre el montaje de sus cintas. Quería rodar en 70 mm, y sucedió. Quería firmar un western con música de Ennio Morricone, y al minuto consiguió el favor del maestro italiano. Cada una de las señas que han convertido a Tarantino en un gran prestidigitador, si bien moroso de los popes genéricos, alcanzan por fin un nivel verdaderamente singular. Excesos mediante, pues no ve necesario —no enteramente— rendirse a la ortodoxia de una industria a la que tiene en el bolsillo. A fin de cuentas nadie ha descubierto aún ensoñación más verosímil que una cámara de cine y el horizonte, blanco Norit, abierto para mimetizarse con los que alguna vez pasaron por allí y refundaron la mitología del hoy cercanísimo Lejano Oeste. El sofocante vergel donde Edwin S. Porter, D. W. Griffith, John Ford, William A. Wellman, Howard Hawks, Fred 'Solo ante el peligro' Zinnemann, Henry Hathaway, John Sturges, Sam Peckinpah, los (des)enamorados Johnny Logan y Vienna de Nicholas Ray, y Los profesionales de Richard Brooks plantaron la semilla de un país y una ficción muy negros. | ★★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    2015, Estados Unidos. The Hateful Eight. Guión y dirección: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Música: Ennio Morricone. Reparto: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Demian Bichir, Walton Goggins, Tim Roth, Bruce Dern, Michael Madsen, James Parks, Dana Gourrier,Zoë Bell, Channing Tatum, Lee Horsley, Gene Jones, Keith Jefferson, Craig Stark,Belinda Owino. Productora: The Weinstein Company. Distribuidora: eOne Films.

    Póster: The hateful eight
    Feelmakers

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