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    Crítica | La gran apuesta

    La gran apuesta

    El colapso de un sistema

    crítica de La gran apuesta (The Big Short, Adam McKay, EE.UU., 2015).

    La reciente crisis económica, cuyos últimos coletazos aún se dejan sentir, forma parte de la naturaleza propia del capitalismo, y en particular de su componente caótico. El calificativo proviene, como no podía ser de otro modo, de Karl Marx, a quien desde una ideología opuesta se debe el análisis más exhaustivo y profético de este sistema económico, estudiado en el siglo XIX junto a su compañero Engels. En efecto, el padre del comunismo llamó la atención sobre varias de sus pautas que siguen comprobándose hoy en día, como la retribución imperfecta del esfuerzo humano o su tendencia congénita a la autodestrucción. Incluso las causas propias de la recesión actual, originadas en el mercado inmobiliario y las hipotecas subprime en Estados Unidos, se mueven en el mundo de la utilización y circulación de instrumentos financieros, cuya importancia fue igualmente destacada por Marx a través de la expresión del capital ficticio. Por otro lado, las inquietudes de este autor se vieron motivadas por los movimientos sociales iniciados en Europa hacia 1830, pues detrás de la terminología técnica y las reglas escritas hay personas con nombre y apellido, sobre todo en las más bajas esferas, que se ven directamente afectadas por ellas. Las quiebras, los despidos, los embargos o los desahucios ligan así el discurso formal con sus repercusiones sociales. Por así decir, el funcionamiento del mercado se desarrolla en dos planos principales, el del mando y el de la implantación, del mismo modo que existen una Administración y unos administrados, o más ampliamente un Estado y unos súbditos. Pues bien, este evidente recordatorio no está de más para adelantar precisamente esos dos enfoques que intenta retratar La gran apuesta (The Big Short): el de los agentes implicados, principalmente mediante su contacto con los bancos, en la citada crisis norteamericana; y el de la gente de a pie, inquilinos ignorantes de hogares adquiridos con mecanismos fraudulentos.

    En este contexto, la película parte de la iniciativa de unos cuantos individuos que vieron venir la debacle mayúscula y decidieron aprovecharse de la mala fe de las entidades de crédito para apostar en contra de la burbuja inmobiliaria: de ahí el título de la película en inglés. Hablamos entonces de personajes un tanto cínicos y problemáticos, pero también inteligentes y ambiciosos: en concreto del doctor Michael Burry (Christian Bale), encargado de las inversiones del fondo Scion; de Mark Baum (Steve Carell), basado en el verdadero Steve Eisman, otro gestor de fondos de alto riesgo; de Ben Rickert (Brad Pitt), sustituido el apellido real de Ben Hockett, socio de Cornwall Capital que se une a dos jóvenes inversores con el mismo propósito; y por último de Jared Vennett (Ryan Gosling), que en realidad fue Greg Lippmann, comerciante de Deutsche Bank y el narrador que nos guía por esta aventura. Uno de ellos afirma que con su desenlace se pondrá fin al capitalismo tal como se ha conocido hasta la fecha, pero lo cierto es que otro rasgo inherente al mismo es su carácter cíclico. La historia se repite y por eso justamente algunos pudieron predecir su crisis. De hecho, la otra recesión equiparable sería la de 1929, famosa por sus anécdotas de gente que lo perdió todo en bolsa y se tiró desde lo alto de los rascacielos de Wall Street. También encontramos esta imagen aquí, la de un hombre suicidándose desde el tejado de un edificio: se trata del hermano de Baum, hecho traumático con el que se presenta a este antihéroe, y el cual marca su visión pesimista y subversiva del mundo que le rodea. El otro protagonista con visibles heridas emocionales y físicas es el autista Burry, caracterizado por su ojo de cristal. Ambos son así los personajes con mayor bagaje emocional, a los que Carell y Bale dotan de más peso que los demás, aunque para un servidor el más destacable en este reparto de campanillas es Gosling, cuyo papel de chulo sobrado y burlón le viene como anillo al dedo.

    The big short

    «Adam McKay despliega agilidad cómica, corroborada por el tono del libro de Michael Lewis que adapta, convirtiendo lo que podría haber sido un eficiente ejercicio didáctico en hilarante espectáculo».


    Hay asimismo otras caras famosas, como las de Margot Robbie o Selena Gomez, que a modo de cameos son introducidas para explicarnos algunas de las nociones propias de la jerga financiera. Al mismo tiempo, pasando al otro plano que adelantábamos, aparecen la cultura y la clase populares mediante citas, fotografías, imágenes de archivo, secuencias de montaje e incluso pequeñas escenas intercaladas durante esos años previos al hundimiento de Lehman Brothers en los que transcurre el metraje. El cuadro socioeconómico es por tanto muy completo e intenta dibujarse a todos los niveles posibles, con la dificultad que conlleva unificarlo en una película que tenga una dirección y un desarrollo identificables. Con ello surge pues, en el propio ámbito cinematográfico, esa necesaria combinación entre caos y control a la que antes aludíamos, y que en esencia define el trabajo de un director, que constantemente está tomando decisiones para llevar a término un auténtico trabajo de equipo. Se trata, en otras palabras, de armonizar la improvisación y la planificación, aunque en La gran apuesta tanto una como otra cobran cuotas insospechadas, por la propia naturaleza de la historia que narra y por los diversos elementos que la componen. Adam McKay despliega para ello su demostrada agilidad cómica, corroborada por el tono del libro de Michael Lewis que adapta, convirtiendo lo que podría haber sido un eficiente ejercicio didáctico en hilarante espectáculo. Y utiliza con tal fin todas las herramientas a su disposición, en particular las que le proporciona el montaje. Congelados, sobreimpresiones, insertos, flashbacks, cámara lenta y rápida… Son sólo algunos de los trucos que aquí se suceden sin descanso, incorporados a partir de la fotografía que corre a cargo del hiperactivo Barry Ackroyd, habitual del cine de Paul Greengrass.

    The big short

    «Consigue la sensación de estar aprendiendo, disfrutando y a la vez indignándose continuamente con unos hechos tan trascendentes para nuestro tiempo como distorsionados en nuestra conciencia colectiva».


    Sin embargo, el más llamativo de estos recursos es el de la mirada interpelativa, con actores que rompen la cuarta pared, entre ellos las citadas celebridades, para precisar algunos conceptos a modo de divertidos ejemplos analógicos, o simplemente para hacer comentarios irónicos, que difuminan la frontera entre la realidad y la ficción. McKay ya había empleado esta técnica, por ejemplo en la presentación de los personajes en El reportero: la leyenda de Ron Burgundy (Anchorman: The Legend of Ron Burgundy, 2004), pero a su inicial intención humorística se añade aquí la vertiente de cómplice acusación, dirigida hacia una corrupción generalizada. Ahora bien, no todo son aciertos en este cóctel explosivo. El hecho de querer abarcar tanto extiende el alcance del mensaje, pero impide desarrollar conflictos concretos, como los apuntados dramas de dos de los protagonistas, que quedan esbozados con un trazo un tanto grueso. En cuanto al apartado visual, la anarquía inherente a su posproducción revela fallos puntuales, deliberados o no, que son con todo criticables. Así se observan algunos saltos de montaje en contadas secuencias, como la mencionada de Margot Robbie, recostada en una bañera burbujeante para más detalle, que son enlazadas casi a modo de irregulares jump cuts. En cualquier caso, quizás incluso debido a estos desperfectos, la historia avanza de forma trepidante e inesperada, y aún cuando se detiene en secuencias más largas y expositivas, como el primer encuentro entre Baum y Vennett para que este último le explique el plan al primero y a sus ayudantes, la acción dinámica, los diálogos incisivos y el carisma de los intérpretes evitan el empalago. Y, más que nada, consigue la sensación de estar aprendiendo, disfrutando y, a la vez, indignándose continuamente con unos hechos tan trascendentes para nuestro tiempo como distorsionados en nuestra conciencia colectiva. Las pegas anteriores impiden que estemos ante la que podría haber rivalizado con La red social (The Social Network, David Fincher, 2010) como película definitoria de lo que llevamos de siglo XXI, pero se acerca bastante. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2015. Dirección: Adam McKay. Guion: Adam McKay & Charles Randolph (basado en el libro de Michael Lewis). Presentación oficial: Festival de AFI 2015. Productoras: Plan B Entertainment / Regency Enterprises. Fotografía: Barry Ackroyd. Montaje: Hank Corwin. Música: Nicholas Britell. Diseño de producción: Clayton Hartley. Dirección artística: Elliott Glick. Vestuario: Susan Matheson. Reparto: Ryan Gosling, Steve Carell, Christian Bale, Brad Pitt, Marisa Tomei, Melissa Leo, Finn Wittrock, John Magaro, Jeremy Strong, Rafe Spall, Hamish Linklater, Margot Robbie, Selena Gomez. Duración: 130 minutos.

    Póster: The big short
    El fulgor efímero

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