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    Crítica | La academia de las musas

    La academia de las musas

    Idealismo persistente pero truncado

    crítica de La academia de las musas (José Luis Guerín, España, 2015).

    En España se dice a veces que no hay verdadera industria del cine, y si es así la autonomía propia de este arte cobra mayor vigor pero también se enfrenta a mayores dificultades. Si es arduo sacar adelante una primera película, lo es más todavía realizar el segundo proyecto, pues las ayudas son menores salvo que aquella primera empresa haya sido exitosa. Y los parámetros que se siguen son prácticamente ausentes, al margen del escaso monopolio que ejercen contadas cadenas de televisión y un puñado de productoras. Sin embargo, hay algún cineasta con suerte que puede moverse por su cuenta y aún así tener cierta repercusión, no sólo por la calidad de sus obras sino por haber rodado su primer largometraje en los años 80 y por tanto tener más experiencia y recorrido. Es el caso de José Luis Guerín, auténtica rara avis de nuestro panorama cinematográfico cuya filmografía esporádica pero precisa merece ser siquiera resumida y revisada. La citada ópera prima, en concreto de 1984, era Los motivos de Berta, una historia protagonizada por una niña en la que se dejaba entrever la influencia de Víctor Erice entre otros maestros, así como una tendencia temprana hacia lo experimental. Tras un par de trabajos menores, llegaría Innisfree, un documental de 1990 ambientado en la localización en la que John Ford rodó El hombre tranquilo (1952), y que confirmaba ya el componente metalingüístico del discurso de Guerín. Esto se acentuaba en Tren de sombras (1997), pieza que podría calificarse de docuficción sobre la desaparición de un fotógrafo francés en los años 20. Luego llegaría su obra más reconocida y premiada: En construcción (2001), retrato algo más convencional, aunque sin dejar de ser altamente personal, sobre las transformaciones urbanísticas y cómo afectaban a sus habitantes en un barrio de Barcelona. Empero, para un servidor el mejor sería el siguiente largometraje de este cineasta: En la ciudad de Sylvia (2007).

    Conviene detenerse un poco más en este último drama porque es el anterior al que ahora nos ocupa, La academia de las musas (2015), y puede trazarse un hilo bastante claro entre ambos. En la cinta de 2007, Guerín seguía con su paciente y luminosa cámara a un hombre obsesionado con encontrar a una mujer en las calles de Estrasburgo, a la que conoció supuestamente años atrás. Pero no se trataba de una intriga trepidante, sino de una búsqueda contemplativa en la que con la excusa señalada el protagonista se dedicaba a estudiar a las mujeres a su alrededor. Todo radicaba en la observación distante, pues las interacciones eran escasas, lo cual contribuía a dotar de un carácter ideal y etéreo al paisaje femenino dibujado con la mirada de este hombre. Pues bien, en el trabajo aquí reseñado, también asistimos a un hombre rodeado de mujeres que son analizadas y divinizadas y adquieren así un componente idealizado e inalcanzable. En este caso el romanticismo no nace tanto de la nostalgia, sino de la literatura, y en concreto tomando como referencia las musas a partir de La Divina Comedia de Dante. En efecto, el protagonista es aquí un profesor de filología en Barcelona y el metraje arranca con sus clases, en las que enseña a sus alumnos (y sobre todo alumnas) a inspirarse en las susodichas protectoras de las ciencias y las artes, y en tratar de recuperar su belleza y mitología pasada para mejorar la gris realidad actual, carente de modelos a seguir. Ello sería así tanto desde el punto de vista físico como intelectual, pues en la obra de Dante su musa Beatriz también hacía progresar al escritor errante en el plano de su conciencia. De hecho, el eterno enfrentamiento entre la pasión y la razón, entre el deseo y el pragmatismo, se refleja con claridad tanto en el movimiento literario de las musas como en esta última película de Guerín que las toma en parte por título, demostrando su talento para partir de marcos austeros y alcanzar un lirismo inusual en la docuficción de producción independiente y escenarios cotidianos.

    Ello resulta asimismo de su habilidad para trascender sus limitadas coordenadas espaciales, mediante oportunos rótulos que van sumando días, semanas y meses a esta experiencia académica y luego sociológica; así como temporales, mediante un par de viajes a Nápoles y Cerdeña, de la mano de dos universitarias dispuestas a buscar en lugares insospechados ese amor verdadero y significativo. Más aún, es admirable su capacidad de sugestión y fascinación partiendo de recursos mínimos. Ello lo demuestra en general gracias al poder de sus intérpretes y las largas conversaciones que mantienen, que se van desviando progresivamente de su propósito inicial para tratar temas más amplios y relevantes en torno al patriarcado y el feminismo. Y es que la cosificación de la mujer que lleva a cabo el protagonista es evidente, hasta que poco a poco la misma se va liberando de sus pautas y rebelando contra sus imposiciones, dejándole a él sólo en su terca visión machista. Es revelador en este sentido el paralelismo de la narrativa, que tras recorrer otros decorados externos, como se ha apuntado, regresa en su último acto al aula, pero en este caso aislando al profesor de sus estudiantes. Por otro lado, la antedicha facultad de sugerencia se logra con mayor detalle por ejemplo en el trabajo de composición. Así, en un diálogo que mantienen el docente y una de sus alumnas en un coche, cuando empiezan a desarrollar ese tema del conflicto entre lo material y lo incorpóreo y la derivación de aquél en éste, la cámara nos muestra a la figura de ella apenas visible tras el parabrisas, donde se reflejan antes los ramas de los árboles que rodean al vehículo, difuminando su rostro. De esta manera en el metraje se suceden varias veces los encuadres posicionados tras un cristal o una ventana, lo cual puede ser también ilustrativo de distancia comunicativa y aislamiento. Desde este punto de vista técnico, otro momento interesante es cuando dos estudiantes discuten acerca de un poema que una de ellas ha presentado al profesor, y que éste ha valorado negativamente. Aquí de nuevo el elemento formal refuerza la cuestión de fondo al componer el plano con la otra alumna tapando parcialmente la cara de aquella cuyo trabajo ha sido mal recibido, reflejando así cómo su juez somete y oculta su individualidad y personalidad. En definitiva, éstos son sólo algunos de los componentes que conforman la gran riqueza argumentativa y estética de un trabajo que debería seguir agrandando la leyenda de su director. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    España, 2015, La academia de las musas. Dirección: José Luis Guerín. Guion: José Luis Guerín. Presentación oficial: Festival de Locarno 2015. Premios: Giraldillo de Oro en el Festival de Sevilla. Productora: Los Films de Orfeo. Fotografía: José Luis Guerín. Montaje: José Luis Guerín. Reparto: Rosa Delor, Emanuela Forgetta, Patricia Gil, Mireia Iniesta, Carolina Llacher, Raffaele Pinto. Duración: 92 min.

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