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    Crítica | El rey de La Habana

    El rey de La Habana

    Rey sin reino

    crítica de El rey de La Habana (Agustí Villaronga, 2015).

    Para reinar en La Habana, hay que tener una buena pinga. Y Reynaldo, el Rey, la tiene. De este modo se le abren todas las puertas (y todas las piernas) de La Habana. Así podría resumirse la nueva película de Agustí Villaronga, quien tras el éxito de Pa negre vuelve a la carga adaptando la novela homónima del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. El director mallorquín trata de plasmar en imágenes la suciedad y visceralidad del texto del que parte y la conjuga con la sordidez despreocupada de la vida en la isla. Así, el filme está hecho desde los extremos: por un lado, muestra y se enfanga en la miseria de la cuba de los años noventa rozando la pornografía de la pobreza; por otro, se esmera en retratar el talante juguetón y socarrón de la forma de vida de sus protagonistas. El problema es que este cóctel no le acaba de salir bien y la cinta adquiere un tono afectado y estridente, una pose sin claroscuros que la empujan a vagar sin rumbo esquivando la foto nítida de los que se dejaban la piel por sobrevivir en un momento intenso y convulso de la historia cubana para revelar una foto movida y borrosa de la caricatura de ese tiempo.

    De este modo, El rey de La Habana, se mire por donde se mire, es una película decepcionante y fallida en lo que se refiere a sus pretensiones. Lo cierto es que empieza fuerte dejando claras sus intenciones y sus, puede que erróneo, foco de atención: encadena tres escenas de alto contenido sexual sin apenas despeinarse. Lo molesto no es que las escenas de sexo sean más o menos explícitas, sino la frivolidad y gratuidad con que aparecen y desaparecen a lo largo del metraje. Básicamente, hay que estar alerta porque, en cualquier momento, en el lugar más insospechado, el Rey puede acabar fornicando con cualquiera que se le cruce. A esto hay que añadirle unos diálogos que perfectamente podrían estar sacados de un largometraje porno de bajo presupuesto y que acaban dotando a todos los encuentros de un punto de comicidad involuntaria mediocre que se extiende a toda la película. Pasar de este tipo de situaciones a revolcarse en el vertedero y la inmundicia se antoja una combinación demasiado complicada y tiene como resultado una banalidad en la puesta en escena y en el ojo del cineasta que puede incluso resultar molesta en ocasiones. Cierto es, eso sí, que el Rey es un personaje potente en su diseño, pero su concepción se produce en la novela y no es mérito de Villaronga. Hay dos cosas que fallan en su traslación a la gran pantalla: en primer lugar, un guión que aplana su viaje, que le impide evolucionar y desdeña cualquier arco o desarrollo; por otro, un fallo de casting al colocar a un actor sin carisma como eje principal de la historia que mete a la cinta en bucle insalvable. Por el contrario, salvan la papeleta interpretativa Yordanka Ariosa y Héctor Media Valdés, los verdaderos descubrimientos de la cinta.

    «Técnicamente, El rey de La Habana es incontestable: la exquisita fotografía de Josep M. Civit y la cuidada producción dan buena cuenta de ello. Sin embargo, su falta de profundidad y contextualización social que vaya más allá de mostrar y reincidir en las miserias de la vida de los personajes lastra a la cinta y la convierte en una serie inconexa de historietas, picarescas y aventuras entre Rey y sus dos amantes, Magda y Yunisleidi».


    La sensación que deja la cinta es que Villaronga se ha quedado solo con la parte más superficial de la historia. Técnicamente, El rey de La Habana es incontestable: la exquisita fotografía de Josep M. Civit y la cuidada producción dan buena cuenta de ello. Sin embargo, su falta de profundidad y contextualización social que vaya más allá de mostrar y reincidir en las miserias de la vida de los personajes lastra a la cinta y la convierte en una serie inconexa de historietas, picarescas y aventuras entre Rey y sus dos amantes, Magda y Yunisleidi. Lo cierto es que la capa más profunda está ahí, y solo habría que rascar un poco. En cierto modo, el cineasta logra intuir que todos los personajes se empeñar por decir (y creer) que luchan por la Revolución, pero al final la verdadera revolución es lograr sobrevivir… y, de paso, practicar sexo tantas veces como se pueda. El filme vaga errático, sin rumbo, y las escenas repiten el mismo esquema una y otra vez: un poquito de sexo, seguido del discurso de «soy el rey de La Habana y debes respetarme» para terminar con algún tipo de actividad delictiva en medio de la podredumbre social de la época. Villaronga escoge la tangente impresionista para quedarse en la superficie de lo que podría ser el ascenso y la caída de los anhelos e ilusiones adolescentes por comerse el mundo. | ★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / 63º Festival de San Sebastián


    Ficha técnica
    España, 2015. El rey de La Habana. Dirección: Agustí Villaronga. Guión: Agustí Villaronga, basado en la novela de Pedro Juan Gutiérrez. Producción: Pandora Cinema, Tusitala, Esencia Films. Música: Joan Valent. Fotografía: Josep María Civit. Reparto: Maykol David, Yordanka Ariosa, Héctor Medina, Ileana Wilson, Chanel Terreno, Jazz Vila.

    Póster El rey de La Habana
    En cuerpo y alma

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