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    Crítica | El apóstata

    El apóstata

    El alzamiento del pipero

    crítica de El apóstata (Federico Veiroj, 2015).

    Existe en el mundillo del fútbol una descalificación dirigida a aquellos aficionados caracterizados por su impasibilidad a la hora de animar al equipo de turno. Comepipas. Un término tremendamente expresivo, que permite la traducción inmediata a una imagen mental muy concreta. Pues bien, este vocablo resulta fácilmente extrapolable a otros ámbitos por la potencia que tiene como símbolo de pasividad y su fuerte carga de idiosincrasia española (si bien se desvía del asunto central de esta crítica, no deja de ser llamativa la popularidad de la que este fruto seco goza en nuestro país). La actitud del que mata el tiempo “pipeando” tiene un matiz sutil de vulgaridad en esas yemas de los dedos pringadas de saliva. En esa onomatopeya de oquedad crujiente, tan poco glamourosa, que provoca el incisivo al estallar la corteza, y que va seguida de un antiestético escupitajo linguodental. Una vulgaridad que marida con el toque de monotonía sucia que denotan esos montoncitos de cáscaras astilladas que guarrean el suelo callejero. Así, el filmar a personajes entregados a la manduca pipera tiende a denotar, en la ficción española, un deje de costumbrismo negativo (se puede buscar un ejemplo prototípico en el célebre corto Pipas, nominado en los Goya de 2014). Así las cosas, el plano que abre El apóstata es un caso fácil de insertar dicha tradición iconográfica. La imagen muestra al protagonista, Gonzalo (Álvaro Ogalla), recostado sobre el césped de un parque y entregado a esa ingesta. La siguiente imagen responde a la orientación de su mirada con un contraplano del exterior de una iglesia. Un icono que, al igual que las pipas, conlleva un altísimo contenido de significados implícitos.

    Entiéndase que el señalar a la puesta en relación de estos dos elementos en la cinta de Federico Veiroj no es un capricho. Sino una forma de traer a colación su principal conflicto dramático. El deseo de transformación (expresado en su voluntad de apostatar) de un personaje que, sin embargo, no deja de evidenciar su pasividad vital durante todo el metraje. O dicho de otro modo, su forma de canalizar frustraciones vitales mal disimuladas en una lucha donde la institución de poder (la Iglesia) se convierte en saco de boxeo sobre el que desquitarse de todos los resentimientos hacia la herencia recibida (he aquí otro término que también ha encontrado amplio acomodo en el imaginario colectivo español) en su sentido más biográfico. Porque el gran acierto de El apóstata consiste en reconducir sus componentes potenciales de denuncia social (los múltiples impedimentos que la Iglesia pone a aquellos que intentan apostatar) en una narración del extravío vital de un Gonzalo que oscila entre lo entrañable y lo ridículo. El germen de la historia, de hecho, está en las vivencias que el propio Álvaro Ogalla, del que Gonzalo parece ser un trasunto, experimentó al intentar la apostasía. Un detalle que da cuenta de la sinceridad de una obra cuyo inspirador ha estado dispuesto a situarse ante la cámara y (en cierta medida) mofarse de sí mismo, dejarse entrever en un personaje que tiene mucho de Quijote perezoso. De antihéroe al que se nos presenta enardecido al defender su causa con palabras de rebeldía, recitando o escribiendo proclamas donde llama al alzamiento de las masas contra las grandes injusticias, pero que resulta infinitamente más creíble cuando aparece tirado en su sofá. En este sentido, Veiroj juega con la asincronía sonora en una de sus escenas más inspiradas, en la que la voz de Gonzalo en falso voice-over entona uno de esos discursos mientras la imagen, en un plano temporal distinto al momento de pronunciarlo, lo muestra dejándose llevar despreocupadamente por una carnalidad bastante más mundana.

    El apóstata

    «'El apóstata' envuelve la pequeñez de su fábula en un estilo tan enmarañado como el pelucón de su protagonista. Que hila una superficie de costumbrismo sin estilizar con puntadas de delirio surrealista y brotes que se podrían considerar de 'posthumor' para reflejar un mundo de tribulaciones personales tratadas con mucha inteligencia». 


    Las pipas, por cierto, vuelven a exhibirse en una escena posterior, donde funcionan como memento de la pasividad que parece ser el sino (deseado o no) de Gonzalo, en la que la futilidad de su lucha queda de manifiesto al chocar contra la burocracia de una institución que tiene sus trampas bien aprendidas. Si bien, como ya se apuntaba unas líneas atrás, no sería correcto definir El apóstata como una crítica a la Iglesia. Porque la textura de irrealidad, incluso de alucinación paranoica, que da Veiroj a las secuencias donde intervienen sus representantes (los curas, el obispo o un extraño monaguillo) se puede interpretar como una forma de dibujar a un enemigo que existe más que nada en la cabeza del bueno de Gonzalo. Una construcción mental hacia la que canalizar el deseo de transformación, la voluntad de dejar atrás las frustraciones personales. Pero una voluntad, ya lo decíamos, un tanto débil. Maleada por distracciones inmediatas como el deseo sexual, el simple peso de la apatía o cuestiones más esperanzadas como su progresiva cercanía con el niño al que da clases particulares, y rozada por los miedos subconscientes, reflejados en las escenas más oníricas, que la perspectiva de apostatar hace que broten en él. De este modo, El apóstata envuelve la pequeñez de su fábula en un estilo tan enmarañado como el pelucón de su protagonista. Que hila una superficie de costumbrismo sin estilizar (buena parte del metraje transcurre en la descuidada casa de Gonzalo, que además se dibuja con una fotografía desapasionada) con puntadas de delirio surrealista y brotes que se podrían considerar de “posthumor” (con todos los reparos que al que suscribe le plantea la etiqueta). Y, para terminar de enredar la madeja, casi silencia esta complejidad estilística bajo un tono de comedia plana, pasmada como el gesto aturdido y la dicción plana de Gonzalo. Por tanto, una primera reacción a su visionado puede quedarse en el mero rechazo de su aparente pequeñez, como este crítico confiesa que fue su caso. Así que la mejor forma de cerrar estas líneas es animar al lector a dedicar un pequeño esfuerzo extra a rascar en las rutinas del entrañable comepipas que es Gonzalo, para descubrir todo un mundo de tribulaciones personales tratadas con mucha inteligencia. | ★★★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / 63º Festival de San Sebastián


    Ficha técnica
    España/Francia/Uruguay, 2015. Director: Federico Veiroj. Guión: Federico Veiroj, Álvaro Ogalla, Nicolas Saad, Gonzalo Delgado. Productores: Guadalupe Balaguer Trelles, Fernando Franco, Federico Veiroj, Nicolas Brevière (coproductor), Céline Maugis (coproductor). Productoras: Ferdydurke, Local Films, Cinekdoque. Presentación oficial: Festival de San Sebastián 2015 (sección oficial a concurso: mención especial del jurado). Fotografía: Arauco Hernández. Música: Álvaro Ogalla. Montaje: Fernando Franco. Dirección artística: Ana Muñiz. Reparto: Álvaro Ogalla, Bárbara Lennie, Vicky Peña, Marta Larralde, Kaiet Rodríguez, Juan Calot, Andrés Gertrudix, Joaquín Climent, Jaime Chávarri, Mercedes Hoyos, Álvaro Roig, Leo Fernández.

    Póster: El apóstata
    El fulgor efímero

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