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    Crítica en serie | Show me a hero

    Show me a hero

    La cara humana de la política local

    crítica a Show me a hero (2015).

    HBO | Miniserie de 6 capítulos | EE.UU, 2015. Dirección: Paul Haggis. Guionistas: William F. Zorzi, David Simon, basados en el libro de Lisa Belkin. Reparto: Oscar Isaac, Carla Quevedo, Natalie Paul, Ilfenesh Hadera, LaTanya Richardson Jackson, Josh Salatin, Alfred Molina, Peter Riegert, Michael Stahl-David, Danny Mastrogiorgio, Saverio Guerra, Jim Bracchitta, Catherine Keener, Laura Gómez, Bob Balaban, Jon Bernthal, Stephen Gevedon, Dominique Fishback, Winona Ryder, Kyanna Simone, Jeff Lima, James Belushi, Dan Ziskie, Melanie Nichols-King, Alan Steele. Productoras: Blown Deadline Productions / Pretty Pictures / HBO Miniseries. Fotografía: Andrij Parekh. Música: Nathan Larson.

    Se requiere un talento especial para ser capaz de convertir el argumento de base de esa extraordinaria miniserie en eso, un producto de alta calidad e interés constante. Pero si alguien puede hacerlo es David Simon, superdotado narrador capaz de hacer historias corales rebosantes de humanidad para tratar sobre un tema que en realidad es muchos temas. Aquí un asunto de política local que empezó en 1987 y se selló ¡en 2007! y que sirve a Simon y William F. Zorzi –partiendo de un libro de Lisa Belkin que data de 1999 y más de una década de datos posteriores– para armar un impresionante fresco sobre el estado socio-político, armando una conclusión algo desalentadora porque todo suena dolorosamente cercano y real para haber pasado casi treinta años. A saber, la historia sigue la progresión profesional y personal de Nick Wasicsko (espléndido Oscar Isaac), el alcalde más joven de la historia en 1987, que se vio ante la dura problemática de enfrentarse no sólo a los ciudadanos sino a sus rivales políticos para llevar la justicia a la gente de Yonkers, barrio pobre de Nueva York, donde se vivieron los efectos de la construcción de 200 viviendas sociales por orden de los tribunales federales, con el fin de resolver la intencionada segregación ilegal que se había impuesto. Teniendo todos los datos y la perspectiva del tiempo, los guionistas plantean la cuestión desde el arranque y la siguen a lo largo de seis entregas que culminan de manera cortante en 1993, con un clásico montaje musical donde múltiples letreros nos indican el destino de muchos de los personajes que hemos seguido durante este viaje. Y vaya viaje.

    Hay que decir, sin embargo, pero sin que sirva para restar méritos a nadie, que Simon se subió a un tren que Zorzi llevaba armando desde 2002, y que aun así tuvo que esperar años y años para ver la luz tras su trabajo juntos en la magna The wire (2002-2008), en la que Zorzi escribió dos episodios de la cuarta y quinta temporada e hizo de sí mismo en nueve a lo largo de toda la serie. Y es pertinente nombrar The wire porque la pareja de guionistas es capaz de conjurar una sensación similar –que no repetitiva– al de uno de los seriales insignia de HBO, la misma cadena que ha apostado por un proyecto como éste por enésima vez, atrayendo a un reparto magnífico (Winona Ryder, Catherine Keener, Alfred Molina, Jim Belushi, Michael Stahl-David, Clarke Peters –colaborador fetiche de Simon–, Saverio Guerra, Bob Balaban, Jon Bernthal) y descubriendo un puñado de estupendas actrices en las figuras de Carla Quevedo (Nay), Natalie Paul (Doreen), Ilfenesh Hadera (Carmen) o Dominique Fishback (Billie). Amén del prestigio y talento del oscarizado Paul Haggis, cineasta capaz de grandeza –En el valle de Elah (In the valley of Elah, 2007)– y mediocridad –(Crash, 2004)– pero al que no se le puede negar la buena mano para las narraciones corales y los aspectos más emotivos de una historia. Mejor director que guionista, Haggis resuelve su labor con brillantez y humildad, sin alardes innecesarios para transmitir algo más que lo se requiere: una sensación de humanidad y credibilidad constante, y una economía visual que ahorre verbalizar obviedades.

    Show me a hero

    «El toque de distinción que aportan los responsables de Show me a hero es que sacan la cámara de los despachos y los juzgados, de las masas enfurecidas e indeterminadas que gritan epítetos racistas, de la población blanca que no quería ese problema como vecinos».


    Y es esa estructura coral que avanza a base de saltos temporales y que confía en la inteligencia y atención de la audiencia para poder seguir cada hilo narrativo lo que distingue y a la vez nos remite a un territorio familiar, la marca de David Simon. Es su poliédrica forma de afrontar los temas, la que existe en gran parte de su carrera como guionista televisivo, que dura ya 21 años. La admirable capacidad del hombre y de Zorzi para usar la elipsis y trabajar desde una opción dramática que nunca carga las tintas –ni siquiera con temas tan peliagudos como la adicción a las drogas o la delincuencia– hacen que estemos ante algo poco habitual como es un producto adulto. Un producto al que muy poco se le puede criticar (lo caricaturizados que acaban resultando algunos personajes políticos, como el de Alfred Molina, o que algunas subtramas y personajes queden algo inconsistentes como resultado de un metraje limitado). A lo largo de seis partes que HBO ha decidido cuestionablemente emitir en tres semanas consecutivas, conoceremos no solo la historia de Nick como alcalde y su dura vida posterior, sino también la de muchos de sus compañeros en el ayuntamiento; las muchas ocasiones en que el juez Sand escuchó y dictó sentencia ante la cuestión de las viviendas, los intentos de parar el asunto, los de aceptarlo después tratando que la repercusión fuera lo menos dañina posible; la auténtica contestación social que el asunto levantó en Yonkers o los efectos prácticos de la construcción, desde la concepción física de los habitáculos hasta su uso final como hogar. La manera en la que todo esto está contado imbuye de una cierta épica (la amplia selección de temas de Bruce Springsteen y el logrado look ochentero ayudan bastante también) a algo que sobre el papel podría resultar árido, y que de hecho algunos espectadores han tachado de aburrido.

    El toque de distinción que aportan los responsables de Show me a hero es que sacan la cámara de los despachos y los juzgados, de las masas enfurecidas e indeterminadas que gritan epítetos racistas, de la población blanca que no quería ese problema como vecinos. Así, conoceremos a Carmen, inmigrante dominicana que trata de hacer un presente estable para sus hijos. O a Doreen, que se enamora y es madre antes de sufrir un duro golpe. A la señora Norma, una cuidadora que está perdiendo la vista a los 45 años y necesita una ayuda que no se atreve a ir a su edificio. A Mary, una de las mayores activistas contra la construcción de las Viviendas. O a la joven Billie y el alocado John Jr., padres sin pretenderlo que aprenderán la dureza de la vida a golpes –especialmente Billie–. Los desarrollos y cruces de estas subtramas se producen con total libertad y espacio para respirar, y el estado en que dejamos al núcleo más humano de esta historia tan irónicamente grande es uno que reconforta, aunque no sea ideal en varios casos. Pero es que incluso la esfera política es retratada haciendo hincapié en la faceta más humana del cargo, y cómo el poder y la disposición de satisfacer al pueblo crecen en opuesta proporción. A través de Nick, Vinni (una Ryder que se pierde en el personaje), Jim, Zaleski o sus entornos podemos el intenso vampirismo que la profesión ejerce sobre ellos, en un periodo –finales de los 80– donde los sondeos previos no importaban tanto y las noches electorales se podían cerrar hasta días después. Entendemos la voluntad y la vehemencia de querer entregar años y años de vida solo para no perder el asiento en la mesa de los mayores, donde se toman las decisiones importantes. Horas y horas de cálculo de probabilidad, y la política expuesta en toda su crudeza, aunque sin reflejar las posturas en términos simplistas. Se entiende lo que cada uno aporta a la cuestión.

    Show me a hero

    «Show me a hero es televisión de alta calidad, con una historia pequeña de alcance universal, que exuda humanidad y permite establecer pertinentes paralelismos con la realidad del aquí y ahora».


    Lo que quizá uno no espera son las cargas opuestas de desesperación y esperanza que invaden el tercer acto de esta gran obra (las partes cinco y seis). La ley se cumple y la construcción comienza, y con ello se lidia con las consecuencias de una durarera batalla que muchos sienten haber perdido. Y cómo hemos hecho hasta ahora los espectadores, queda ver el desarrollo y la evolución de todo lo contado hasta el último segundo. Si nuestro protagonista sufre las repercusiones hasta el punto de afectar a su ánimo (lo micro), muchas de las personas que querían una vida mejor y logran una de las casas del primer lote (lo macro) tampoco lo tienen fácil, y el momento en que estas subtramas confluyan (Norma atendiendo a Nick en su puerta) se creará un nivel más alto de sentido. El sentido de toda la propuesta, de Show me a hero como película de unas seis horas. Una “película” con coda descorazonadora, que pone de relieve la fragilidad del ser humano y la parte más cruda de la profesión gubernamental. En el solemne acto que reúne a muchos de los protagonistas y que impulsa el barrido musical con carteles para aprender el destino de los personajes ya mencionado, el espectador queda afectado por lo visto y oído. Y es que David Simon y su equipo lo han vuelto a hacer. Show me a hero es televisión de alta calidad, con una historia pequeña de alcance universal, que exuda humanidad y permite establecer pertinentes paralelismos con la realidad del aquí y ahora. Ojalá sea Estados Unidos capaz de aprender de sus errores. | ★★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



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