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    Crítica | Buzzard

    Buzzard (Joel Potrykus, 2014).

    Humor gris

    crítica a Buzzard (Joel Potrykus, 2014).

    Godard decía que para hacer una película sólo se necesitaba una mujer y una pistola, y razón no le faltaba si se tienen en cuenta las dosis de pasión e intriga que pueden generarse en torno a ambos elementos. En el caso de la película que vamos a comentar seguidamente los elementos equivalentes tienen menos elegancia: el protagonista es un melancólico trabajador con contrato temporal y el arma es nada menos que una réplica del guante de Freddy Krueger, pero la alusión al maestro de la Nouvelle vague no es gratuita, pues el mismo fue con toda probabilidad el representante de su corriente que mejor anticipó el devenir del cine independiente, en concreto a través del ahora conocido como cine de guerrilla. Entonces se esbozaron algunas de sus señas de identidad, como el rodaje en exteriores o localizaciones naturales, fuera de los parámetros de los estudios, utilizando a la vez una narrativa desafiante con las convenciones cinematográficas. Ahora se añaden mayores herramientas técnicas que también se desvían de la norma y facilitan la realización y difusión de este tipo de producciones, partiendo de las pequeñas cámaras digitales y llegando hasta los programas de postproducción, pasando por medios de financiación como el crowdsourcing o de exhibición como las plataformas online. Pues bien, el director de Buzzard, Joel Potrykus, manifiesta con orgullo su adhesión a esta manera de comprender el cine, defendiendo incluso su vocación antisistema. Esto permite además que en dicha película haya una afortunada correspondencia entre forma y fondo.

    La misma nos narra la historia de Marty Jackitansky (Joshua Burge), empleado en una sucursal bancaria, residente solitario en un piso y, visiblemente, sin familiares ni amigos cercanos. El individuo en cuestión llena entonces su existencia trabajando en la elaboración del citado guante de cuchillas, resultante de su fascinación por la película de Wes Craven patente en los póster de su apartamento, entre los que también se incluyen los propios de su otra gran afición: el heavy metal. El tercer componente de su ocio serían los videojuegos, vocación que comparte con un compañero de trabajo que sirve para que entre ambos se establezca una curiosa relación de dependencia y amor odio. No llega a la amistad por el carácter marginal y turbio del protagonista, pues en realidad, al margen de las citadas actividades, lo que realmente culmina su ambición es diseñar estafas tan rebuscadas como eficaces, y así ganarse la vida sin tener que preocuparse por progresar en la escala profesional. El desdén que profesa en su ámbito laboral es tan inquietante como hilarante, y se revela desde la primera secuencia. En plano fijo, va a ver a otro empleado del mismo banco para pedirle cancelar su chequera y luego crear otra para obtener la prima que la entidad paga con la segunda operación. Nunca vemos a su interlocutor, sino que simplemente escuchamos sus réplicas anonadadas ante la desfachatez de este subordinado contra el que, sin embargo, nada puede hacer con el reglamento en la mano.

    Buzzard (Joel Potrykus, 2014).

    «Asistimos al descenso a los infiernos de un pobre diablo, un monstruo que vive entre nosotros sin ser él mismo consciente de su crueldad».


    La conversación en cuestión se desarrolla para más detalle en una larga y estática toma, iniciándose desde la llegada del protagonista, presentando su solicitud y justificando su ausencia del puesto de trabajo, hasta llegar a la inesperada resolución donde se pone de manifiesto el verdadero motivo del encuentro. Pues bien, convenía detenerse en esta primera escena porque adelanta ya casi todas las cualidades de la película. Por un lado, su capacidad para extraer interés y suspense en cuotas inesperadas a partir de unos mínimos referentes, en este caso un diálogo en el que el encuadre se limita a un personaje en un despacho de paredes desnudas: en el resto del metraje las limitadas localizaciones serán igual de austeras. Por otro, el mensaje que se proyecta a partir de un sencillo drama, como es el de un chico ajeno al sistema capitalista que le rodea y que al mismo tiempo lo explota al máximo, utilizando sus brechas, recovecos y artificios en beneficio propio: en definitiva, un auténtico exponente, a pequeña escala, de la corrupción social y económica. Y aparte subyace la habilidad de Potrykus para imprimir agilidad, comicidad y estilo a unos diálogos de apariencia anodina e improvisada, junto al talento natural de su actor fetiche, Burge, para interpretarlos.

    Potrykus se reserva además el papel del principal actor secundario (hay algunos actores más, pero son poco más que extras). Hablamos del mencionado compañero de trabajo al que se ve obligado a acudir Marty, refugiándose en el sótano de su casa, cuando están a punto de pillarle por una de sus artimañas financieras. Se trata de un geek un tanto patético, que vive con su padre y que no tiene vida social, pero es una buena persona, no sólo por acoger a Marty sino por aguantar sus insolencias y desvaríos. En realidad este último no tiene una personalidad tan antitética: ambos representan en el fondo la misma individualidad acomodada de escasas aspiraciones y gustos infantiles, una generación de frikis y seres a la deriva en principio inofensiva, pero en la que también pueden surgir ejemplares peligrosos. Tanto más si se tiene en cuenta que hasta entonces han vivido en un mundo alternativo, sin sentir amenazas reales por su falta de empatía hacia el prójimo y su ausencia de temor a las represalias. Este sería el punto de inflexión que separa a dos personas en apariencia similares, al menos en comportamiento y pensamiento. Uno así se convertirá en víctima y el otro en verdugo, aunque en este caso, la víctima más clara de Marty será el empleado de otra sucursal bancaria. Su enfrentamiento con él, tras haber sido descubierto el engaño que le llevó a esconderse y huir, se emplea a modo de clímax y paralelismo con la secuencia inicial que antes resumíamos. La escena se desarrolla de nuevo con un diálogo a priori sereno y civilizado entre los dos, en un despacho, pero donde la tensión es latente, y en este caso dando visibilidad al banquero que sufrirá la violencia del protagonista que finalmente estalla. Asistimos, en definitiva, al descenso a los infiernos de un pobre diablo, un monstruo que vive entre nosotros sin ser él mismo consciente de su crueldad. | ★★★★ |

    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2014. Presentación: Festival South by Southwest 2014. Dirección: Joel Potrykus. Guion: Joel Potrykus. Producción: Sob Noisse Movies. Fotografía: Adam J. Minnick. Montaje: Joel Potrykus. Intérpretes: Joshua Burge, Joel Potrykus, Teri Ann Nelson, Joe Anderson.


    Póster: Buzzard (Joel Potrykus, 2014).
    El fulgor efímero

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