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    Crítica | Tomorrowland: El mundo del mañana

    Tomorrowland

    El lugar donde los sueños se hacen realidad

    crítica de Tomorrowland: El mundo del mañana (Tomorrowland, Brad Bird, 2015).

    Brad Bird, artífice de dos de las maravillas animadas más celebradas de Pixar, Los increíbles (2004) y Ratatouille (2007), vuelve por todo lo alto a la todopoderosa fábrica de los sueños Disney para emprender su segunda aventura en imagen real tras los buenos resultados obtenidos con Misión imposible: Protocolo Fantasma (2011), en la cual demostró que también es capaz de rodar como nadie las más virtuosas escenas de acción. La productora, que pese a haber salido comercialmente bien parada de relecturas de sus cuentos clásicos como Maléfica (Robert Stromberg, 2014) o Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015), también ha conocido los sinsabores del fracaso con propuestas de aventuras como Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Mike Newell, 2010), El aprendiz de brujo (Jon Turteltaub, 2010) o, muy especialmente, la muy reivindicable John Carter (Andrew Stanton, 2012), vuelve a apostar fuerte con Tomorrowland, una espectacular fantasía familiar enmarcada en el género de la ciencia ficción que cuenta con el astronómico presupuesto de 190 millones de dólares.

    Tomorrowland es el nombre de una urbe secreta creada por las mentes más brillantes de nuestro mundo (denominados soñadores) en un lugar y espacio indeterminados, y al que sólo tienen acceso unos pocos elegidos a los que se les concede un misterioso pin mágico que une ambos universos paralelos. Un paisaje futurista, repleto de sofisticados avances tecnológicos que son capaces de construir un mundo mejor en donde cualquier idea, por descabellada o loca que parezca, tiene cabida. El relato entrelaza dos historias paralelas pero separadas 50 años en el tiempo, la del niño prodigio Frank Walker que descubre Tomorrowland en la década de los 60, y la de Casey, la hija adolescente de un ingeniero de nuestros días, idealista y rebosante de optimismo. Ambos personajes tienen como punto de unión su encuentro con Athena, una pequeña reclutadora de soñadores que les ha escogido para tratar de salvar, no solo la mágica Tomorrowland, sino también a la humanidad, en peligro de extinción por la propensión hacia la guerra y la destrucción de los hombres. En el interior de esta superproducción parecen coexistir dos productos diferentes luchando por la hegemonía. En primer lugar, la aventura fantástica, jovial y desenfadada, capaz de sacar al niño que todos llevamos dentro para contagiarnos del sentido de la maravilla de unas poderosas y bellas imágenes que Bird nos sirve en bandeja de plata. Un torrente de efectos especiales (fabuloso todo el pasaje que muestra el primer contacto del pequeño Frank con Tomorrowland o el momento en la Torre Eiffel, no por ingenuo menos brillante) y acción sin tregua, no exento de acertadísimos guiños cinéfilos a grandes referentes del cine de ciencia ficción (la escena en la tienda friki, repleta de merchandising de Star Wars, El planeta de los simios y demás), en donde Brad Bird resucita ese genio creativo para la fantasía demostrado, sobre todo, en la nunca suficientemente recordada El gigante de hierro (1999) —con vibrantes peleas contra robots incluidas—. Desgraciadamente, en el otro lado de la balanza, la carga humanista del relato, con sus mensajes de paz y unión para construir un futuro mejor —con la ayuda de la tecnología y la ciencia, utilizadas con fines constructivos, eso sí—, se presenta como una nueva (y enésima) ocasión para que Disney desparrame su habitual sentimentalismo y cantidades ingentes de buenas intenciones en un tramo final que tira por tierra buena parte de los logros alcanzados hasta entonces, al mismo tiempo que frena de golpe su incesante acción en beneficio de innecesarias parrafadas explicativas.

    Tomorrowland

    En el interior de esta superproducción parecen coexistir dos productos diferentes luchando por la hegemonía tonal: la aventura genuinamente Brad Bird, fantástica, jovial y desenfadada, capaz de sacar al niño que todos llevamos dentro y la fábula plagada de sentimentalismo y buenas intenciones que representa lo peor de Disney.


    Visualmente, gracias sobre todo al extraordinario trabajo de fotografía del chileno Claudio Miranda —ganador del Óscar por la preciosista La vida de Pi (2012)—, el filme es un auténtico placer para los sentidos. El auditivo también, ya que la banda sonora de Michael Giacchino es fantástica y muy dinámica, ayudando a que sus imágenes alcancen un vértigo propio del dibujo animado. En el apartado interpretativo, la joven Britt Robertson se revela como un bello rostro a tener muy en cuenta, acompañado de una vis cómica excepcional capaz de sostener sobre sus hombros el mayor peso de la historia y, de paso, eclipsar a un George Clooney muy correcto pero cuya actuación está más regida por sus incuestionables carisma y presencia escénica que por verdadero esfuerzo dramático. En honor a la verdad, ni su personaje ni el de un Hugh Laurie con piloto automático están lo suficientemente bien perfilados como para que puedan ser representados en la historia como algo más que simples estereotipos, algo que no sería un inconveniente si ésta se hubiese limitado a ser la montaña rusa de acción que pintaba en sus inicios, pero que sí perjudica por las ambiciones filosóficas que aparecen en última instancia.

    Quienes criticaron tan duramente a la excelente A.I. Inteligencia Artificial (2001) por el hecho de que Spielberg dulcificara en exceso el tono de un proyecto de ciencia ficción que, en manos de Stanley Kubrick, hubiera sido mucho más oscuro, encontrarán en Tomorrowland otra oportunidad para despacharse a gusto en contra de un candor que juega en contra de las posibilidades de un proyecto que finalmente se queda estancado en tierra de nadie. Los decepcionantes resultados que está obteniendo la cinta en taquilla contribuirán, a buen seguro, a fomentar su aura de título maldito de la factoría del ratón Mickey, pagando un caro peaje por su descarada apuesta por la fantasía excéntrica y visionaria, nacida al margen de cómodas franquicias que aseguraran su buen rendimiento comercial. El mismo precio que tuvo que pagar, por ejemplo, Barry Levinson con aquella incomprendida Toys (1992), edificada alrededor de Robin Williams, y no demasiado alejada en espíritu e intenciones al filme de Bird. Esto no quita, sin embargo, que Tomorrowland sea una experiencia altamente divertida, lúdica y espectacular durante la mayor parte de su generoso metraje (hasta que la moralina y el sentimentalismo hacen acto de presencia), y un entretenimiento de primera calidad para toda la familia, perfecto para ser disfrutado por niños y mayores en compañía de un buen combo de palomitas. | |

    José Antonio Martín
    Redacción Las Palmas de Gran Canaria


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2015. Título original: Tomorrowland. Director: Brad Bird. Guión: Damon Lindelof, Brad Bird, Jeff Jensen. Productores: Brad Bird, Jeffrey Chernov, Damon Lindelof. Productora: Walt Disney Pictures. Fotografía: Claudio Miranda. Música: Michael Giacchino. Vestuario: Jeffrey Kurland. Montaje: Walter Murch, Craig Wood. Diseño de producción: Scott Chambliss. Reparto: Britt Robertson, George Clooney, Raffey Cassidy, Hugh Laurie, Tim McGraw, Pierce Gagnon, Kathryn Hahn, Keegan-Michael Key, Judy Greer.




    Póster: Tomorrowland
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