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    El pasado 22 de febrero la industria hollywoodiense se rendía a los pies del virtuosismo y la artificiosidad de una película que pretendía ser una sátira de su propia profesión. Birdman se alzaba con los premios considerados importantes y los allí presentes se creían parte de una especie de redención, purificando sus pecados mediante un novedoso ritual: galardonar a una cinta que los pone a ellos mismos en el punto de mira. Pero, en realidad, la burla no es tan aguda como algunos la pintan ni el retrato resulta tan ácido como cabría esperar. Maps to the stars, la nueva película de Cronenberg, es una respuesta clara a los modos de Iñárritu. Ambas películas, en definitiva, hablan de lo mismo: el peso de la fama y la necesidad del artista de ser admirado, incluso querido, por el público y por quienes le rodean. Sin embargo, mientras el mexicano incide en la ridiculización de la miseria del actor, el canadiense pone el foco sobre el egoísmo de unos seres que se creen por encima del bien y del mal, de la vida y de la muerte; mientras Iñárritu explota las posibilidades de la imagen para representar a sus personajes y dejarlos en evidencia, Cronenberg prefiere que sean ellos mismos quienes se retraten a través de sus palabras y sus actos; mientras Iñárritu se empeña en demostrarnos que detrás de todo este espectáculo visual hay una mano que dirige la mirada, cambiando el punto de vista a su antojo, Cronenberg prefiere jugar al escondite autoral con el espectador, haciendo menos palpable su presencia y requiriendo un análisis más profundo de los códigos empleados.

    Por todo ello, no es de extrañar que la puesta en escena de ambos directores a la hora de encarar sus respectivas películas sea diametralmente opuesta. Iñárritu necesitaba reivindicarse y crear un espectáculo del que él mismo fuera el protagonista. A Cronenberg le bastaba con adoptar una postura sobria y hasta cierto punto distante para poder aniquilar a unos personajes encerrados en sí mismos: la actriz Havana Segrand (Julianne Moore) acaba de contratar a la misteriosa joven Agatha con medio rostro quemado (Mia Wasikowksa) como asistente personal mientras intenta conseguir el papel que ya interpretó su madre y así disipar los fantasmas de una infancia marcada por los abusos. El doctor Stafford Weiss (John Cusack) trata de ayudarla con sus terapias alternativas, aunque ya tiene bastantes problemas en casa con su hijo Benjie (Evan Bird), antigua estrella infantil que a punto ha estado de fulminar su carrera por culpa de las drogas. Cada uno de ellos, casi sin saberlo, sufre de un mal que parece contagioso bajo la sombra del gran cartel de Hollywood: son seres egocéntricos sin ningún tipo de empatía. Cronenberg los presenta como bustos parlantes encerrados por el encuadre. Apenas comparten plano, y cuando lo hacen, es porque resulta físicamente imposible separarlos. Los personajes hablan entre ellos, pero solo se escuchan a sí mismos. El plano contra plano adquiere un nuevo sentido en la concepción de Maps to the stars. En lugar de hilar la conversación, la rompe. Sin embargo, Agatha, Havana, Benjie y todos los seres que pueblan la cinta de Cronenberg se sienten cómodos en la soledad del plano. La imagen se convierte en el espejo de su egoísmo, y el director canadiense lo pone de manifiesto claramente en una escena clave para entender la puesta en escena: Benjie, su madre y su representante se reúnen con un grupo de ejecutivos para cerrar el contrato de su próxima película. Croneneberg planifica esta escena a partir de una serie de planos medios de cada uno de los presentes hablando de sus prioridades. No nos presenta ni una sola vez el espacio en su conjunto. Desconocemos el alcance de la sala, la posición de cada uno de los presentes. Cronenberg renuncia completamente al análisis espacial para no sacrificar la esencia de sus personajes: su egoísmo los aísla incluso cuando no paran de hablar en una sala de reuniones. La comunicación es imposible. Esta escena, que ocurre al inicio de la cinta, sienta de manera extraordinaria las bases de lo que será el modo de representación que adquiere Cronenberg: la soledad en el plano de sus personajes y las palabras que articulan están por encima de cualquier artificio artístico.

    Maps to the Stars

    Maps to the Stars

    Maps to the Stars

    Sin embargo, la adopción de esta composición seca de una frontalidad brusca, y la absoluta adherencia a ella por parte del director, le impiden crear la tensión dramática que normalmente subyace en sus filmes. La historia de Maps to the stars está adornada con drogas, antidepresivos, incesto, incendios, celos, asesinatos… Pero Cronenberg no consigue hacerlos latentes como motor subterráneo de la cinta. En sus más brillantes aproximaciones a las bajezas humanas siempre conseguía colocar una bomba de relojería detrás de las imágenes, un tic-tac incesante que iba abocando al personaje hacia su lugar más oscuro, al precipicio del que intentaba escapar. En el retrato de Tom Stall en Una historia de violencia o de Nikolaj en Promesas del este (ambos interpretados por Viggo Mortensen) había una tensión latente que respiraba a través de una puesta en escena más abierta a la pausa introspectiva y a la mirada y menos cerrada en el uso de la palabra y el aislamiento visual de sus protagonistas. Cronenberg es fiel a su planteamiento y el modo de representar a los personajes entronca perfectamente con el macabro relato que retrata, pero su idea le obliga a renunciar al latir interno de una historia y unos personajes infectados por la oscuridad de su pasado, siempre a punto de hacerlos caer en la trampa del impulso primario. Los elementos para crear tensión están ahí; se intuyen, pero no acaban de aflorar. Maps to the stars acaba proponiendo, a diferencia de la película de Iñárritu, que la fama es un reducto para seres egoístas, solitarios y egocéntricos. Su visión se aleja de esa polifonía de actantes que participan en la industria del entretenimiento que propone el director mexicano. La fama es teocéntrica, y cada uno es su propio Dios. Para Cronenberg, Hollywood no es más que un grupo de aprovechados incapaces de comunicarse entre sí y atrapados por el encuadre de su propio ego. Los mismos que, por cierto, le dieron el Óscar a Birdman hace apenas dos semanas. | Víctor Blanes Picó (Barcelona).


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