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    Crítica | Zombeavers (Castores zombies)

    Zombeavers

    La revancha de los roedores.

    crítica a Zombeavers (Jordan Rubin, 2014).

    Hay películas que van de buenas y, pecando de ambiciosas, a la hora de la verdad no terminan de entregar todo lo que prometen. En cambio, otras mucho más modestas o, directamente, autoconscientes de lo malas que son, sacan el máximo provecho a su desfachatez para ofrecer exactamente lo que su público potencial espera. Y es que, seamos honestos, ¿quién no sabe a lo que se va a enfrentar cuando se dispone a visionar títulos como Serpientes en el avión (David R. Ellis, 2006), Ovejas asesinas (Jonathan King, 2006) o Sharknado (Anthony C. Ferrante, 2013)? Pues, ni más ni menos, a aquello que sus títulos indican, sin sutilezas ni complejo alguno. Zombeavers (Castores zombies), vista en el Festival de Sitges de 2014, se adscribe de lleno a este grupo de cintas que conocen perfectamente sus limitaciones, lo que quieren contar y a quién van dirigidas sus propuestas. El director Jordan Rubin no pretende innovar el cine fantástico con esta ópera prima, pero seguro que se divirtió de lo lindo rodándola y eso es algo que traspasa la pantalla y se contagia al espectador.

    Como no podría (ni debería) ser de otro modo, el filme tiene un argumento mínimo. Simplemente le basta la recurridísima anécdota del vertido accidental de un barril con sustancia tóxica en un río para volver a unos castores en letales zombies sedientos de sangre. Este punto de partida tan simple ya es toda una declaración de intenciones de sus guionistas (sí, increíblemente hay tres personas tras su escritura), que vierten su evidente amor hacia el cine de terror ochentero homenajeando a aquel pequeño clásico de la comedia zombie que fue El regreso de los muertos vivientes (Dan O'Bannon, 1985). Muchas serían las obras de aquella década que podrían venirnos a la mente mientras visionamos Zombeavers, desde la indispensable Posesión infernal (Sam Raimi, 1981) a aquel sucedáneo pobre de los Gremlins que fue Critters (Stephen Herek, 1986). Pero si hay un título reciente con el que la película de Rubin mantiene bastantes paralelismos en su afán por entregar dosis ingentes de risas, sangre y desnudos femeninos, a partes iguales, ese sería el juguetón Piraña 3D (2010) de Alexandre Aja. Ambas son cintas honestas, que no van de lo que no son ni pretenden hacer historia, conformándose con hacer pasar 80 escasos minutos de pura diversión. Sería una labor muy sencilla ensañarse con ellas y destacar todos sus defectos, sí, pero también es más constructivo tomárselas a broma y echarse unas risas a su costa, en compañía de los amigos, un domingo por la tarde. Algo así como una sana forma de dejar en reposo las neuronas en aquello que tan mal se denomina como placer culpable.

    Zombeavers

    Los personajes femeninos de Zombeavers llevan el estereotipo al límite. Están la chica rubia y guapa a la que su novio ha engañado con otra, su mejor amiga empollona –sabemos que lo es porque lleva gafas y es la menos agraciada de las tres– y la desinhibida, que no deja de hablar de sexo en ningún momento y es la única que se atreve a hacer topless en el lago. Luego están sus novios, una colección de descerebrados que disfrutan tirándose pedos y comportándose como adolescentes de 15 años. Semejante fauna se ve incomunicada en una cabaña en el bosque junto a un lago –simpáticas son las puyas sobre la dependencia de los jóvenes a los teléfonos móviles y las redes sociales y la desesperación que surge cuando se les despoja de ellos– y servirán de carnaza a los hambrientos roedores. Estos, por otra parte, resultan tan ridículos en su diseño “artesanal” que parecen sacados de Barrio Sésamo pero lo más gracioso es que sus responsables, aun conscientes de la deficiencia de sus efectos especiales, no los esconden en ningún momento. Así, tenemos a una horda de castores no-muertos provistos de una inteligencia inaudita (también consecuencia del vertido, evidentemente) que les capacita para roer, premeditadamente, los cabes del teléfono, talar árboles sobre sus víctimas y demás virguerías. Zombeavers es una oda al sinsentido en donde sus personajes son capaces de ponerse a practicar sexo en medio de un ataque zombie y, al igual que en Piraña 3D, también tiene cabida la típica escena lésbica erótico-festiva para satisfacer al público masculino (y heterosexual). No hay que esperar coherencia alguna en sus (pretendidamente) estúpidos diálogos o en sus disparatadas situaciones. Únicamente cabe sentarse a disfrutar de una simpática comedia de terror (más de lo primero que de lo segundo) de apariencia agradablemente añeja e impregnada, en su movidito tramo final, del gamberro gusto por el gore del Peter Jackson de su primera época (salvando las distancias, claro está). En definitiva, cine malo pero cumplidor, que no deja un instante para el aburrimiento desde que se inicia con esos animados títulos de crédito hasta que finaliza con las imprescindibles tomas falsas que atestiguan el buen rollo que reinó durante su concepción. | ★★ |

    José Antonio Martín
    Redacción Las Palmas de Gran Canaria


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2014. Título original: Zombeavers. Director: Jordan Rubin. Guión: Al Kaplan, Jon Kaplan, Jordan Rubin. Productora: Armory Films / BenderSpink. Fotografía: Jonathan Hall. Música: Al Kaplan, Jon Kaplan. Montaje: Ed Marx. Intérpretes: Lexi Atkins, Cortney Palm, Rachel Melvin, Hutch Dano, Jake Weary, Peter Gilroy, Rex Linn.


    Póster: Zombeavers
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