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    [Seminci] Crítica | Mita tova (La fiesta de despedida)

    Mita tova

    La máquina de matar

    crítica a La fiesta de despedida (Mita tova, 2014), dirigida por Sharon Maymon, Tal Granit. | ★★★★ |

    Estoy seguro de que si ustedes tienen la suficiente experiencia dentro del cine de autor en el sentido clásico del término (desechando a aquellos realizadores que en mayor o menor medida posean una visión comercial), habrán podido comprobar cómo el drama desgarrador es el género predilecto tratado por aquellos que abren su corazón al mundo, y cómo hay toda una serie de temas que se repiten en lo que parece una cadena sin fin: la familia, la emigración, la marginalidad, la discapacidad, las drogas, el aborto, conflictos con la religión, la eutanasia… El problema no es la falta de originalidad, sino que en esa escritura personal que suele ser un trabajo autoral, el creador trata de sacar el caótico contenido de su interior plasmándolo de la manera que considera más fidedigna. Y la verdad es que nos guste o no, en el fondo todos somos demasiado parecidos: crecemos en una cuna de barrotes, tenemos similares juguetes en nuestra infancia, en el instituto nos enamoramos perdidamente de una persona, escuchamos la misma música, hacemos una carrera universitaria que rara vez nos realiza como adultos independientes, y como no, a la hora de exponer nuestro estado de ánimo obtenemos parecidas impresiones, We all say we want to be alone, we wear the same clothes ‘cause we feel the same, que cantaban los Blur en aquella canción. ¿El resultado? Una aburrida monotonía al comprobar la cosecha temática de lo que puede ser un festival especializado en este tipo de cine como es la Seminci, con una inevitable sensación de homogeneidad que impregna el extinto celuloide, despertándonos una creciente inseguridad de si acaso no habremos visto la misma película varias veces. Por eso, son cintas como esta Mita tova las que acaban ganando premios y quedándose para siempre en la memoria de sus espectadores (honor del que también disfrutan de manera dudosa las grandes excentricidades que son rememoradas con morbo y gracia).

    Porque si yo les digo que acabo de salir de una película acerca de la eutanasia, ustedes probablemente se lo piensen dos veces antes de entrar a la sala si están pasando algún momento emocionalmente frágil. Y, sin embargo, sorprende que diría algún reticente espectador al salir de la proyección. Porque la película no se queda en el tópico inclusivo de enfermedad y vejez, sino que sabe exprimir sus recursos para narrar toda una tragicomedia, tan triste como desternillante, completamente dinámica. Ambientada en la sociedad israelí contemporánea, narra la historia de Yehezkel, un hombre de setenta y cinco años que vive en una residencia de ancianos y al que su mejor amigo, en estado terminal, pide un importante favor: ayuda para quitarse la vida. Nuestro protagonista, inventor por vocación, responde a su llamada creando junto a un grupo de ancianos una pequeña máquina de “autoeutanasia” que le sirva para lavarse las manos en caso de investigación policial. Será el éxito este aparato lo que suba su demanda de uso entre otros pacientes bajo similares condiciones mientras la mujer de Yehezkel sufre poco a poco una enfermedad mental que acrecienta la necesidad de supervisión de su pareja. Todo un viaje a través de la vida de unos octogenarios de espíritu infantil que es difícil que cause indiferencia, no tanto por su tema o por la forma de la que este es abordado, sino por la inteligencia y la capacidad de conmoción que posee su guión. Porque para hacer una buena película solo hacen falta dos cosas, un buen texto y unos buenos actores, y esta obra puede presumir de poseer ambas. Es gracias al libreto, al que no le sobra ni falta ninguna escena y que empieza con la misma fuerza que termina, que el filme mantiene un encanto total disperso en sus diálogos, que con movimientos imperceptibles saben cambiar radicalmente el discurso gracias a la voluntad de unos actores que dirigen un juego manipulativo armado por un profesional; pues rara vez se ve una obra que pase con tanta rapidez y contundencia de la carcajada libre al amago de lágrima sin desentonar o causar desconcierto. Y lo mejor es que no existe ningún artificio, que la esencia del éxito reside, como si fuera una obra documental, en una tremenda sinceridad por parte del colectivo protagonista ( la mayoría de más de setenta años). Es esa sensación de cercanía a la historia que cuentan la que hace que todo resulte profundamente conmovedor, que sea tan fácil reír como llorar. Si han conocido a su abuelo estoy convencido de que saben de qué sensación les estoy hablando.

    Mita tova

    Y es que esta pieza es un riesgo desde su concepción. El difícil equilibrio entre comedia y drama se antoja siempre como cóctel de complicada preparación, que puede verse aguado hacia cualquiera de los dos fatídicos extremos con portentosa facilidad: hacia la comedia negra de cero gracia y mal gusto, o peor, hacia la película indiferente, plana y lisa, vacía de contenidos y emociones. Si, ademá, trata un tema tan discutido como es el de la eutanasia, principal tabú ético de nuestra sociedad junto con el aborto, el riesgo a la sub o sobreexposición emocional e informativa, es un hándicap más a superar. Superado con creces añadamos. ¿Y qué hay de la forma? Es, quizás, el único punto que se queda un poco retrasado respecto al atrevimiento general, pues la cinta está rodada de una manera convencional, ninguna necesidad sienten sus autores de dejar su firma en una planificación que es tan correcta como simple, probable consecuencia de la enorme potencia de un discurso que se superpone a la dirección, exenta esta de todo intento de virtuosismo y simplificada al mero registro de las cualidades interpretativas que tienen lugar frente a la cámara. Todo nos es dado de una manera objetiva, y lo mismo sucede a nivel reflexivo, en donde también hay que destacar la labor intelectual del texto, pues el planteamiento del dilema del suicidio nunca es abiertamente expuesto para el espectador, quedando en un discreto segundo plano desde el que tan solo nos llegan los resquicios ideológicos de los personajes. Es de agradecer este trato adulto que proporciona el filme con la predominancia de la esfera estética sobre la ética en la consideración de no entrar en debates morales que puedan manchar el bello discurso. Y ojo, que esto no quiere decir que el peso de la misma descanse en la superficie sin aportar reflexión alguna, sino que esta no es más que el punto de partida sobre el cual está construida la historia. Será nuestra labor descender de nuevo hasta ese origen con todas las nuevas perspectivas que nos ha dejado el trabajo del tándem Maymon-Granit. Para acabar simplemente añadámosle otro mérito, el de ser una obra israelí, las cuales por las tristes circunstancias que a todos nos son conocidas lo tienen francamente difícil para realizar el recorrido de distribución tradicional. Ejemplo de que una vez más el buen cine se sobrepone a la vida. | ★★ |


    Álvaro Martín
    Enviado especial a la 59ª edición de la Seminci


    La fiesta de despedida
    Título original: Mita tova.
    Dirección: Sharon Maymon, Tal Granit.
    Guion: Sharon Maymon, Tal Granit.
    Productora: 2-Team Productions, Pie Films, Palas Film, Twenty-Twenty Vision Filmproduktion, United King Films.
    Intérpretes: Ze’ev Revach, Levana Finkelshtein, Aliza Rozen, Ilan Dar, Rafi Tavor.
    Fotografía: Tobias Hochstein, en color.
    Montaje: Einat Glaser Zarhin. 
    Música: Avi Belleli.
    Duración 90’.
    País: Israel.
    Sección Oficial.


    Godard

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