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    Peter Farrelly
    Peter Farrelly

    Amistad en tiempos intolerantes

    Crítica ★★★★ de «Green Book», de Peter Farrelly.

    Estados Unidos. 2018. Título original: «Green Book». Director: Peter Farrelly. Guion: Brian Hayes Currie, Peter Farrelly, Nick Vallelonga. Productores: Jim Burke, Brian Hayes Currie, Peter Farrelly, Nick Vallelonga, Charles B. Wessler. Productoras: Universal Pictures / Participant Media / DreamWorks SKG / Innisfree Pictures / Wessler Entertainment. Distribuida por Universal Pictures. Fotografía: Sean Porter. Música: Kris Bowers. Montaje: Patrick J. Don Vito. Reparto: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco, Dimiter D. Marinov, Mike Hatton, P.J. Byrne.

    Hasta ahora, hablar del director Peter Farrelly era hacerlo de uno de los cineastas más irreverentes de la comedia norteamericana de las últimas dos décadas. Junto a su inseparable hermano Bob formó el exitoso binomio que estuvo detrás de títulos tan escatológicos (los chistes sexuales y la profusión de todo tipo de fluidos corporales eran una constante) y políticamente incorrectos (invidentes, obesos, enfermos mentales, nadie escapaba de sus dardos envenenados) como Dos tontos muy tontos (1995), Algo pasa con Mary (1998) -la, por decirlo de alguna forma, sublimación de su particular humor- o Yo, yo mismo e Irene (2000), hasta que llegó un momento que su fórmula dejó de funcionar con la misma precisión, ya fuese por el evidente desgaste de la misma o por la saturación de cintas de similares características que siguieron su estela, así que resultó inevitable que estos directores se plantearan un cambio de rumbo en su trayectoria si querían seguir formando parte de la imparable maquinaria de Hollywood. Y esto es, precisamente, lo que encontramos con Green Book (2018), dirigida por Peter Farrelly en solitario y que sorprende por lo radicalmente distinta que es al resto de la obra a la que nos tuvo acostumbrados. Se trata de un drama, con toques de comedia, cargado de buenas intenciones (todo lo contrario a la mala leche que desprendían las películas anteriores de los Farrelly, protagonizadas por personajes, la mayoría de ocasiones, irritantes) y con un alto contenido de denuncia social, con la discriminación racial en la América de la década de los sesenta como telón de fondo de una conmovedora historia de amistad. Una combinación de ingredientes que hacen de esta una propuesta ideal para acaparar el beneplácito del público y de esos académicos que tienden a recibir con agrado este tipo de acercamientos a los conflictos raciales tan amables –ahí están títulos como Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989) o Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011) para corroborarlo–. La jugada le ha salido redonda a Farrelly y Green Book se ha erigido, desde su presentación mundial en el Festival de Toronto, en una de las películas “must see” de la temporada y título con opciones en una carrera de premios que pocas veces se ha presentado tan reñida.

    La historia, basada en hechos reales, tiene en uno de sus guionistas, Nick Vallelonga, al propio hijo de uno de los dos protagonistas de la misma, el encarnado por Viggo Mortensen. Se trata de Tony Lip, un padre de familia italoamericano del Bronx, deslenguado, visceral y con cierta facilidad para meterse en problemas, que desempeñó durante más de una década las funciones de “gorila” en el club nocturno Copacabana, donde se codeó con todo tipo de famosos y mafiosos influyentes. El filme no toca esta atribulada etapa de su vida (sin duda, sus experiencias podrían dar lugar a otra película de características bien distintas), sino que se centra en el crucial momento en el que su destino se cruzó con el de Don Shirley, un talentoso pianista afroamericano que contrató sus servicios como chófer y guardaespaldas durante una gira de conciertos, durante varios meses, por los intolerantes estados del sur del país en 1962. Una relación, en principio estrictamente profesional, que nació sin demasiadas esperanzas para que ambos hombres llegaran a sintonizar, ya que Lip no ocultó sus prejuicios racistas en ningún momento, por lo que trabajar al servicio de un tipo negro, refinado y de alto poder adquisitivo no era precisamente algo que le haría feliz, así que había aceptado el trabajo con fines puramente económicos, al verse acuciado por las deudas. Por su parte, Shirley tampoco era el tipo de persona predispuesta a acercar posturas, ya que mantenía esa actitud altiva y distante propias de un artista, en el fondo, inseguro y con serios problemas para encontrar su lugar en una sociedad que le discriminaba por diferentes motivos. El primero, por simbolizar la (inusual) figura de hombre negro y triunfador, que vivía en su burbuja de lujo en un apartamento del Cargenie Hall mientras que la mayoría de afroamericanos encontraba grandes trabas para prosperar en la vida, algo que no le hacía ser demasiado bien visto, incluso por la propia comunidad negra, y, por otro lado, su oculta condición de homosexual en una época en que la ley de sodomía penalizaba este tipo de prácticas sexuales también le impedía mostrarse tal y como era. Aun así, de este viaje a través de las carreteras del sur de Estados Unidos, nacería una hermosa amistad que ha sido sensiblemente retratada en un guion que sabe dosificar de forma armoniosa el humor dentro de un relato que tampoco ahorra en pasajes incómodos, especialmente aquellos que muestran las diferentes humillaciones que Shirley sufrió durante su gira, desde cuando le era negada la oportunidad de cenar en el mismo salón que los blancos a los que iba a amenizar la velada con su música, se le prohibía utilizar el mismo retrete, o sufría un injustificado acoso policial por circunstancias que no se tendrían en cuenta de haberse tratado de un ciudadano blanco.

    por José Martín León
    enero 30, 2019

    Crítica | Green Book

    por José Martín León | enero 30, 2019

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