Sin pan bajo el brazo
crítica de Unexpected (Kris Swanberg, 2015).
El tema del embarazo, con las consiguientes repercusiones que trae a la vida de los protagonistas, ha sido tocado en multitud de ocasiones por el cine, bien en clave de comedia o bien en su faceta más dramática. Desde el punto de vista más liviano y comercial —Qué esperar cuando estás esperando (Kirk Jones, 2013)— , desde una agridulce perspectiva adolescente —Juno (Jason Reitman, 2007)—, en forma de gamberra comedia romántica —Lío embarazoso (Judd Apatow, 2007)—o con fuerte carga de denuncia social —Precious (Lee Daniels, 2009), este tipo de películas hacían hincapié en cómo le cambia la vida, de la noche a la mañana, a las mujeres cuando quedan embarazadas, propiciando todo tipo de conflictos, ya sean sentimentales, familiares o laborales. Éste último aspecto, sin embargo, ha sido el menos explotado hasta el momento. Mucho se ha hablado de los embarazos no deseados; de las mujeres que, ante la negativa de sus parejas a aceptar la situación, emprenden la aventura de ser madres en solitario; o, ante la imposibilidad de hacerse cargo del bebé que viene en camino, de planteamientos como la adopción después del parto o, en casos más radicales, el aborto. Pero existe otra realidad muy a la orden del día: las dificultades con las que se encuentra la mujer para compatibilizar su vida profesional con el papel de madre. Unexpected (2015), proveniente de la última cosecha del Festival de Sundance y tercer trabajo de la realizadora, guionista y actriz Kris Swanberg —quien plasma en la misma muchas de sus experiencias reales, ya que se encontraba encinta cuando la rodó—, toca, de forma simpática, estos inconvenientes.
La historia cuenta la estrecha amistad que nace entre dos mujeres bien distintas, unidas por un mismo estado de gestación. Por un lado, Samantha Abbott, una treintañera que ejerce de profesora de ciencias en un instituto de Chicago a punto de clausurarse que descubre, de la noche a la mañana, que se encuentra en estado de buena esperanza. Afortunadamente, este imprevisto embarazo se produce dentro de una relación sentimental estable, respondiendo su pareja de manera positiva ante el mismo. La mayor encrucijada a la que se enfrenta Samantha es la de tener que decidir entre tomarse un par de años sabáticos para cuidar de la criatura que viene en camino, o, por el contrario, luchar por encontrar su hueco dentro de un mercado laboral que pone demasiadas trabas a una persona en su estado. En contraposición a Samantha está Jasmine, una de las alumnas más aplicadas de su clase, ilusionada con la idea de entrar en la universidad para dedicarse a las finanzas en el futuro, y proveniente de un hogar humilde en el que la abuela es la cabeza de familia que saca adelante a cinco personas. Con tan solo 18 años, también espera un bebé, pero sus circunstancias son bastante más complicadas, ya que la relación que mantiene con su inmaduro novio tiene un futuro incierto. El panorama que presenta la cinta de Swanberg es bastante desesperanzador para ambas protagonistas, mostrando las escasas oportunidades laborales y las limitadas facilidades que los centros universitarios dan a jóvenes embarazadas para que éstas puedan compaginar los estudios con el cuidado de sus hijos. Su guión, co-escrito junto a Megan Mercier, apuesta por la frescura y un tono amable en la construcción de sus personajes y los conflictos que alrededor de ellos se van presentando. Una visión descafeinada y bienintencionada que, por otra parte, acaba por jugar en contra de la fuerza de su mensaje y de su calado emocional, pasando muy de puntillas por los aspectos más incómodos de la historia —la situación marginal de una chica que, tristemente, y a pesar de los esfuerzos de su profesora por ayudarla, parece predestinada a tener que apearse de sus aspiraciones de formarse para terminar trabajando como reponedora en cualquier supermercado; la tirante relación entre Samantha y su castradora madre (estupenda Elizabeth McGovern)—, ofreciendo unas resoluciones a los mismos tan cómodas como previsibles.