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    Johannes Roberts
    Johannes Roberts
    || Críticas | ★★★☆☆
    Primate
    Johannes Roberts
    Cuando el mono es la estrella


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: Primate. Dirección: Johannes Roberts. Guion: Ernest Riera, Johannes Roberts. Producción: Walter Hamada, John Hodges, Bradley Pilz. Productoras: 18hz production. Distribuidora: Paramount Pictures. Fotografía: Stephen Murphy. Música: Adrian Johnston. Montaje: Peter Gvozdas. Reparto: Johnny Sequoyah, Jess Alexander, Victoria Wyant, Gia Hunter, Troy Kotsur, Michael Torres Umba, Charlie Mann, Benjamin Cheng, Tienne Simon.

    Los monos con instintos asesinos no son una idea especialmente nueva en el género de terror. Ya en el cine clásico, vimos al científico interpretado por el mítico Bela Lugosi convertirse en uno, como consecuencia de su propio experimento, en aquella joyita que fue The Ape Man (William Beaudine, 1943), pero fue en los 80 cuando tuvimos algunas de las cintas más interesantes que se han hecho sobre el tema, como Atracción diabólica (George A. Romero, 1988), con una mona celosa de todo aquel que se acerque al paciente, inmovilizado tras un accidente, al que acompaña, o la no menos perturbadora Link (Richard Franklin, 1986), donde una jovencísima Elisabeth Shue era acosada por uno de los simios del zoólogo encarnado por Terence Stamp. Johannes Roberts, cineasta curtido en el género, cuya mejor carta de presentación es la de haber dirigido uno de los más dignos filmes de sobre tiburones asesinos de los últimos años, A 47 metros (2017), y su secuela, dos años después, se ha animado a rescatar este tipo de cine en su nuevo estreno, Primate (2025), logrando la que, sin duda, es su mejor película hasta la fecha. También es cierto que el listón no estaba excesivamente alto, con títulos en su filmografía como la rutinaria Los extraños: Cacería nocturna (2018) o la reivindicable Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City (2021), infructuosos intentos de perpetuar franquicias ya consolidadas. Primate llega en un momento en el que el género ha alcanzado una envidiable madurez, proliferando las obras con una mayor complejidad argumental, dobles lecturas y aspiraciones artísticas más allá de la de asustar sin más. Roberts y su coguionista, Ernest Riera, se alejan de todo eso y se entregan a un divertimento con sano espíritu festivo, muy de serie B, que, en la mejor tradición de aquellos clásicos protagonizados por animales enloquecidos –también hay aquí mucho de Cujo (Lewis Teague, 1983), la célebre adaptación de la novela de Stephen King donde un pacífico San Bernardo se convertía en una máquina de matar tras ser mordido por un murciélago que le contagiaba la rabia–, solo busca mantener al espectador al borde de la butaca mientras ve cómo los protagonistas tratan de mantenerse con vida de los ataques del animalito de marras.

    Después de una escena de apertura de lo más potente, en la que presenciamos el primer (y muy sanguinario) asesinato, por parte de un chimpancé, la película nos presenta, a grandes rasgos, a quienes serán los protagonistas de la historia. La joven Lucy vuelve en avión a su hogar en Hawái, una vez que ha acabado la universidad, y lo hace acompañada de un grupo de amigos, en lo que promete que serán unas animadas vacaciones. No hay que esperar de esta cinta unos personajes demasiado profundos ni unos conflictos dramáticos excesivamente desarrollados –ahí están el reciente fallecimiento de la madre de Lucy y una relación un tanto distante de esta con su hermana menor, Erin, dolida al sentirse abandonada en los últimos años, cuando más la necesitó–, ya que, por todos ellos, se pasa muy de puntillas, sin ahondar en ningún momento. Lo verdaderamente importante es reclutar a un puñado de víctimas potenciales, a las que habría que sumar un par de muchachos, algo descerebrados, que el grupo conoce en el avión. De hecho, los humanos de la historia parecen, en realidad, unos convidados de piedra en una función donde la gran estrella será Ben, la inteligente mascota de la familia. Se trata de un chimpancé al que su difunta madre había enseñado a comunicarse, a través de una tablet, utilizando un generoso número de frases predeterminadas, y que se muestra, en principio, muy dócil y cariñoso con las visitas. Este primer tercio de la película es bastante rutinario, siendo lo más destacable la presentación del personaje de Ben y sus características. Poco nos importan los dramas familiares, las leales amistades o los incipientes intereses amorosos que nos presenta el grupo. Johannes Roberts es consciente de ello y, acertadamente, no se demora mucho en entrar en faena. Al igual que en Cujo, la mordedura de un animal rabioso hace que el achuchable simio protagonista pase a convertirse en un letal depredador, provisto de una fuerza sobrehumana y una tremenda sed de sangre.

    Lo que viene a partir de ahí es, sencillamente, un deleite para los fanáticos del gore y del slasher ochentero, ya que sobrevuela en muchas de sus imágenes –esas dos amigas encerradas en un armario, escondidas de su perseguidor– y en su música de sintetizador, el espíritu de John Carpenter, en general, y La noche de Halloween (1978), en particular. Los responsables de la cinta han optado por prescindir, dentro de lo posible, de la magia digital a la hora de animar a Ben, utilizando efectos más prácticos y a un actor disfrazado de mono, tan bien caracterizado que convence plenamente, tanto en su faceta entrañable, como en la más amenazante. Otro elemento muy de agradecer, y que termina siendo lo que más llama la atención del filme, distinguiéndolo de tantos otros, reside en lo gráficas y desagradables que resultan las muertes (presenciamos, con todo lujo de detalles, desde cabezas aplastadas a golpes a mandíbulas arrancadas de cuajo), por lo que estamos ante un producto únicamente recomendable para espectadores que toleren bien la hemoglobina en pantalla. El éxito de Primate reside en su sencillez y en su honestidad, ya que no pretende ser otra cosa más que lo que es, un survival rodado con buen ritmo y algunas set pieces para el recuerdo. En este aspecto, la parte que se desarrolla en la piscina es particularmente angustiosa y claustrofóbica, con el grupo de amigos sumergido en el agua, acorralados por un Ben que teme meterse en ella, pero que tiene toda la paciencia del mundo para encontrar el momento oportuno de darles caza –algo así como aquella célebre secuencia de otra piscina en la obra maestra de Jacques Tourneur La mujer pantera (1942), salvando las distancias–. Sin ser un trabajo donde se exija un nivel interpretativo muy alto a sus actores, hay que reconocer que las chicas protagonistas cumplen, sobre todo, Johnny Sequoyah y Gia Hunter, como las dos hermanas, muy bien secundadas por Troy Kotsur, el oscarizado actor de CODA (Sian Heder, 2021), que aquí encarna al padre sordo de ambas. No se le puede pedir mucho más a una película divertida y gamberra, de esas que hacen las delicias de los fanáticos de festivales tipo Sitges y que son ideales para disfrutar con una pandilla de amigos un sábado por la noche, desconectando las neuronas, por lo que no podemos más que aplaudir esta nueva incorporación a la cada vez más copiosa fauna de animales asesinos del cine. ♦


    por José Martín León
    febrero 09, 2026

    Crítica | Primate

    por José Martín León | febrero 09, 2026

    En el fondo del abismo

    crítica de A 47 metros (47 meters down, Johannes Roberts, Reino Unido, 2016).

    Han pasado más de cuarenta años desde que Steven Spielberg conmocionara al mundo con Tiburón (1975), su adaptación de la novela de Peter Bentchley, sobre la guerra sin cuartel que mantenía el jefe de policía Brody con un sanguinario escualo que sembraba el pánico en las playas de un pueblo de Nueva Inglaterra. El enorme triunfo comercial de la película (más de 470 millones recaudados en todo el mundo), además de conseguir que miles de bañistas se lo pensaran dos veces a la hora de meterse en el mar, significó el inicio del fenómeno conocido como blockbuster veraniego –rara vez este tipo de éxitos de consumo rápido se aproxima a la categoría de obra maestra que sí ostenta la cinta de Spielberg, gracias a esa magistral lección de suspense que fue unánimemente alabada por la crítica–. Como era de esperar, multitud de sucedáneos intentaron sumarse a su estela (cuatro secuelas oficiales, incluidas), con mayor o menor acierto, haciendo que el público comenzara a tener miedo a adentrarse en las aguas del mar. Desde pequeños clásicos como Orca, la ballena asesina (Michael Anderson, 1977) o Piraña (Joe Dante, 1978), a terroríficos dramas de serie B basados en hechos reales como Open Water (Chris Kentis, 2003) o El arrecife (Andrew Traucki), pasando por espectáculos más increíbles del tipo Deep Blue Sea (Renny Harlin, 1999) o la incombustible serie Sharknado perpetrada por Asylum, los tiburones han seguido estando muy presentes en las carteleras cinematográficas, hasta el punto de que, en 2016, han coincido dos estrenos de corte muy similar: la taquillera Infierno azul (Jaume Collet-Serra) y A 47 metros, una cinta bastante más humilde y modesta que nos llega desde Reino Unido.

    Amparada por los hermanos Weinstein desde la producción, A 47 metros puede presumir de contar con un esmerado acabado visual –es formidable el trabajo de Mark Silk en la fotografía– que dignifica a este tipo de productos de serie B. Si Collet-Serra dispuso de 17 millones de dólares para poner en pie su Infierno azul, al servicio de una estupenda Blake Lively, enfrentada a un voraz tiburón blanco que la mantiene atrapada en una roca a punto de desaparecer bajo una inminente subida de marea (con una gaviota herida como improvisada compañera de fatigas), Johannes Roberts —cineasta mucho menos dotado, cuyo trabajo más conocido hasta la fecha había sido la floja El otro lado de la puerta (2016)— ha sabido, en esta ocasión, exprimir cada dólar de su escaso presupuesto para construir una aventura de supervivencia repleta de tensión, situaciones límite y un terror más psicológico de lo esperado. A través de una rápida introducción, los guionistas nos presentan a las heroínas de la historia, Lisa y Kate, dos hermanas que están pasando unas vacaciones en México para olvidar el desengaño amoroso de la primera —un punto de partida, el del viaje como evasión de una circunstancia traumática, que también sirvió de anécdota argumental para Infierno azul, donde la protagonista trataba de superar el fallecimiento de su madre surfeando en su playa favorita—. Desde las primeras escenas de A 47 metros, quedan descritas, a grandes rasgos, las personalidades de ambas protagonistas, siendo la mayor, Lisa, una chica insegura y miedosa, que tiene que competir con el arrollador carácter y espíritu aventurero de Kate. De hecho, es ésta última la que convence a Lisa para embarcarse en la experiencia de sumergirse entre tiburones blancos en el interior de una jaula, algo que termina tornándose en pesadilla desde el instante en que se rompe el cabestrante que las sujeta y acaban atrapadas a 47 metros de profundidad.

    Desde el momento en que Johannes entra en faena —se agradece que esto suceda rápidamente, a los 20 minutos de comenzar la película—, A 47 metros se revela como un survival que se desmarca de anteriores títulos con tiburones, relegando sus apariciones a un segundo plano para potenciar otros elementos igual de aterradores como a atmósfera claustrofóbica o la amenaza ante la inminente falta de oxígeno, lo que la acerca más a títulos como The Descent (Neil Marshall, 2005) o El santuario (Alister Grierson, 2011) que a cualquier hija bastarda del Tiburón de Spielberg. El filme, en un alarde de inteligencia muy valorable, construye un suspense sustentado en la sugerencia, sabiendo sacar el máximo partido al escenario (esquiva caer en el tedio o la monotonía que conllevaría una trama que se desarrolla, de forma casi íntegra, en el fondo del océano) y manejando con inteligencia un recurso como el fuera de campo. Esto no quiere decir que los ataques de los escualos no estén rodados con gran eficacia y el necesario sentido del espectáculo, gracias a unos convincentes efectos digitales, y a una notable planificación, capaces de dejar para el recuerdo una impactante escena que remite directamente a Pitch Black (David Twohy, 2000) –con ese peligro amenazante tras la oscuridad más profunda–, que ya justifica por sí sola el visionado de la cinta. A A 47 metros, se le puede achacar toda la falta de originalidad del mundo o el arquetípico perfil de sus personajes secundarios (con un Matthew Modine chapurreando español a la cabeza), pero no se le puede negar su condición de ejercicio de suspense honesto, bien dirigido y ejecutado, e interpretado con solvencia por dos actrices entregadas a la causa en unos papeles que, además de convicción dramática, requieren de un gran esfuerzo físico –se agradece el cambio de registro de una Mandy Moore hasta entonces relegada a comedias románticas de dudosa calidad, aunque es Claire Holt quien entrega una actuación más enérgica–. En definitiva, estilosa serie B de calidad que no desmerece (incluso la supera en angustia) a Infierno azul, más supeditada a los efectismos propios del cine de acción más comercial. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido. 2016. Título original: 47 meters down. Director: Johannes Roberts. Guion: Johannes Roberts, Ernest Riera. Productores: James Harris, Mark Lane. Productoras: Dimension Films / Tea Shop, Film Company. Fotografía: Mark Silk. Música: tomandandy. Montaje: Martin Brinkler. Dirección artística: Natalia Veloz Chapuseaux, María Fernanda Sabogal. Reparto: Mandy Moore, Claire Holt, Matthew Modine, Santiago Segura, Chris J. Johnson, Axel Mansilla, Yani Gellman.

    por José Martín León
    agosto 28, 2016

    Crítica | A 47 metros

    por José Martín León | agosto 28, 2016

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