La madre patria
Crítica ★★★★ de Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón, España, 2017).
Postrada en la cama, Julita Salmerón piensa sobre el momento en el que se muera y no hay cosa que le dé más miedo que sufrir un ataque de catalepsia, el trastorno nervioso que paraliza todo el cuerpo y hace creer que has muerto. Ninguna opción parece satisfacerle. En un caso así, ni un entierro, ni un ataúd ni la incineración le servirían para avisar a sus seres queridos de que, efectivamente, sigue viva. La solución parece sencilla: antes de darle sepultura sea cual sea la forma elegida, hay que pincharle la pierna con una aguja grande de tejer, para comprobar si realmente está muerta y, de no ser así, poder reaccionar a causa del dolor. A grandes males, grandes remedios. En su razonamiento se adivina un último gesto de resistencia, el de una persona que se agarra a la vida a cada segundo, porque es así, con esa intensidad, con la que ha vivido toda su existencia. Ese ímpetu vital que impregna su forma de ser se pone de manifiesto a través de todos los objetos que acumula en distintos lugares: una nave industrial que parece un rastro, el salón de su casa donde incluso se plantean hacer un pequeño trastero o el inmenso castillo de pomposa decoración propiedad de la familia. «Si tiras algo, pierdes algo de tu vida», afirma rodeada de cajas llenas de recuerdos. Ese apego por lo material y la incapacidad de desprenderse de lo más nimio e insignificante puede que sea el elemento que mejor defina al personaje principal de
Muchos hijos, un mono y un castillo.
Este retrato familiar dirigido por Gustavo Salmerón nos presenta a una mujer llena de fuerza y vitalidad, con una personalidad arrolladora que ocupa cada espacio del cuadro. Estamos ante un documental de personaje. Así, más allá de la importancia de la historia o los sucesos que se narran, el núcleo de la película bascula siempre sobre el retrato de Julita, y Salmerón sabe utilizar cada recoveco de su personalidad para siempre virar hacia lo insólito. Su madre es el centro de esta propuesta que parte de una premisa ya de por sí increíble, la de una mujer que ha logrado cumplir sus tres sueños: tener muchos hijos, un mono y un castillo. Lo rocambolesco del título subraya una cierta tendencia hacia la comedia del documental, algo que ocurre inevitablemente por la propia historia y las situaciones que se crean. Sin embargo, detrás de este acertado ejercicio de montaje tras años capturando momentos familiares se adivinan esas pequeñas tragedias cotidianas que deambulan como fantasmas. El mono tuvo que acabar sacrificado tras varios episodios un tanto violentos. El castillo tiene que venderse a causa de los problemas económicos. Salmerón pasa de puntillas por ciertos temas que pueden parecer un tanto controvertidos (¿de dónde sacaron la fortuna para comprar el castillo?), hecho que puede resultar un tanto frustrante por la cantidad de interrogantes que deja abiertos. Aun así, pese a lo
antidocumental que pueda parecer dejar tantas preguntas en el aire,
Muchos hijos, un mono y un castillo encuentra en su inesperada profundidad histórica y social un nuevo significado. En la rotunda fisicidad de Julita encontramos un reflejo de este país que, como su familia, parece venido a menos. Y al final, cansados de la retahíla de reproches y explicaciones sobre cómo hemos llegado a ser lo que somos, puede que lo más interesante sea toparnos ante esta mordaz representación de la España que vivimos a través de un personaje tan rico, hiperbólico y adorable como Julita, que no deja de recordarnos a la Carmina de Paco León (otro ejemplo de tándem madre-hijo que escapa de lo doméstico para representar elementos colectivos).