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    Charlie Kaufman
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    Anomalisa

    El singular romanticismo del titiritero Charlie Kaufman

    crítica de Anomalisa (Charlie Kaufman, Duke Johnson, EE.UU., 2015).

    El cine, ya lo sabemos, no es la vida tal cual a veinticuatro fotogramas por segundo. Aunque de tanto en tanto remuerde conciencias y siembra dudas apasionantes; obliga a sonreír en situaciones incómodas y a saltar del asiento con el índice acusador, para decir a gritos: «¡Ése soy yo! ¿Se dan cuenta?». No, probablemente no. A menudo regreso a una escena de Synecdoche, New York en la que Caden Cotard, un dramaturgo hipocondríaco zambullido en la obra más realista jamás imaginada, habla con el actor que lo interpreta a él como extensión psíquica de su bagaje vital, con alguna victoria esporádica y una serie de penurias indecibles. En un momento de la conversación, bajo una luz muerta que ensombrece sus rostros oteando el mastodonte en cuyo interior se desarrolla la ¿ficción? ya convertida en ¿realidad?, Caden bis le pregunta a Caden por qué dejaron (en plural) a su exmujer, Adele. «Era una artista increíble», dice el trasunto de Philip Seymour Hoffman. «La mejor artista que he visto nunca. No hay nadie que pueda mirar a la verdad a la cara como ella. Y, además... tenía un coño muy dulce». A lo que Cotard responde en dos tiempos, aturdido: «Fue ella la que nos dejó (...) ¿Y cómo sabes eso?». Entonces Caden bis —que no se parece en nada al genuino, más bajito y regordete y con piel de saurio enfermo— le dice: «Lo leí». Y después, silencio. Con un débil soplo cobra por fin sentido esa obra imposible, catedralicia, sobre un hombre que halla en sus muchos defectos la virtud de apresar, sin premura, la muerte en un decorado que ya es su memoria. Su refugio, sus amores. Sus expectativas truncadas. Su calle, su barrio. Sus breves alegrías. La emulación de todo ello y, al fin, la verdad verdadera: un retrato a escala de Nueva York. Caden apenas si consigue retener tras los barrotes su miedo endémico al fracaso, que no es sino miedo a la vida en todas sus vertientes.

    Conviene advertir de que la obra de Charlie Kaufman, se mire desde un ángulo u otro del escalafón, es inclasificable. O, si lo prefieren, inmune a las etiquetas vagas. Por eso yo mismo me he tomado la libertad de imaginarme esa misma obra (o filmografía en construcción) como una enorme masa encefálica latiendo al compás de un ukelele desafinado a conciencia, o sea en su justa medida, y con el que aún se pueden tocar canciones de una época tan antigua que ya casi suena/huele a nuevo. Sin que nadie perciba cálculo en la imperfección de un gag insólito, con todo rebosante de humanidad y torpeza, dispuesto por Michel Gondry en ¡Olvídate de mí!: aquel Jim Carrey adulto miniaturizado, escondiéndose bajo la mesa de la cocina al tiempo que un neurólogo de farra intenta borrarle quirúrgicamente un amor que salió torcido. Y multicolor: naranja, morado, azul, amarillo, verde... Un arcoíris de nombre Clementine; Kate Winslet en realidad. Una historia que nos concierne, como los clásicos intemporales, desde el minuto uno. Porque nadie como Kaufman, consagrado a su narrativa sinuosa, sabe interpretar con semejante estilo y visión periférica la neurosis del hombre posmoderno que reniega hasta de la posición del sol. Herido en su autoestima por razones que escapan a cualquier argumentación no ya plausible sino meramente científica, a tal punto que fantasear con ser John Malkovich podría ser asimismo una escapatoria, si bien absurda, a la ociosidad de nuestro tiempo.

    por Anónimo
    febrero 18, 2016

    Crítica | Anomalisa

    por Anónimo | febrero 18, 2016

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