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    Carlo Mirabella Davis
    Carlo Mirabella Davis

    Evasión de una jaula de oro

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Swallow», de Carlo Mirabella Davis.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Swallow. Dirección y Guión: Carlo Mirabella-Davis. Fotografía:Katelin Arizmendi. Música: Nathan Halpern. Intérpretes: Haley Bennett, Austin Stowell, Elizabeth Marvel, David Rasche, Laith Nakli. Productora ejecutiva: Haley Benett. Productor: Molley Asher. Edición: Joe Murphy. Compañías productoras: Charades, Logical Pictures, Stand Alone productions. 94 minutos. Presentación oficial en el festival de Tribeca.

    Swallow juega con el doble significado que otorga su título, el del animal, la golondrina, que necesita volar de manera constante, y el del verbo tragar. Dos significados que van a ir adelantando el comportamiento de Hunter (Haley Bennett) a lo largo del interesante ejercicio de estilo que Carlo Mirabella-Davis nos propone durante su película. El interés del resultado final no está exento de un exceso de subrayados muy repetidos, y muy evidentes, que recalcan la situación de anulación psicológica en la que se encuentra la protagonista, pero el concepto visual creado a través de una perfección externa que esconde un absoluto desequilibrio interno da calidad global al conjunto. ¿Eres genuina o eres una farsante? le lanzará a bocajarro su suegra en una de esas conversaciones pretendidamente íntimas que mantienen Hunter y ella mientras los hombres hablan de negocios y de la empresa familiar. A esas alturas de la película nosotros ya tenemos la respuesta a la pregunta sobre la fingida felicidad, o no, de la protagonista, incluso casi desde el primer par de escenas iniciales, con la imagen desenfocada de la mujer cerca de un ventanal o el sacrificio del cordero que será servido en la cena. Hunter dudará ante la pregunta, quedará paralizada durante un par de segundos para poner su cara de buena esposa y contestar lo que se espera de ella; que no está fingiendo una falsa felicidad, que su vida de casada es maravillosa, que no puede pedir nada más, y todo ello gracias a su magnífico, inteligente y millonario marido, porque si no, ella no podría haber aspirado a nada de lo que le rodea, las mujeres de la película de Mirabella no cuentan, no existen por sí mismas.

    El juego de simetrías que utiliza el director, en el que Hunter no es más que una pieza añadida al formalismo estético de una mansión de alto standing asomada desde la altura al cauce de un río, añade frialdad al conjunto. Todo tan milimétricamente ordenado, tan aséptico e incontaminado como inalcanzable para la inmensa mayoría, y donde la imagen de una mujer de poses perfectas y refinadas, de sonrisa permanente y boca callada, sin opinión porque nadie se la pide ni nadie la espera, es el ejemplo del máximo trofeo. El complemento ideal para reflejar una vida de éxito presentando a una esposa no como compañera, sino como un objeto codiciable servido en un escaparate de lujo. En su vida pasan las horas en modo de espera, sentada contemplando el paisaje, aunque con una mirada vacía e inexpresiva, u ocupándose de tareas domésticas de manera mecánica, pero siempre dispuesta para demostrar su buena compostura social como anfitriona o invitada, desempeñando ese papel de esposa perfecta como quiere su familia política. De ahí que la pregunta de la mujer madura es un interrogante sobre la realidad de Hunter, pero también es una confesión de su propia experiencia. Compradas para un rol, admiradas y exhibidas más que queridas, las mujeres son objetos de un status, dar placer y asegurar la continuidad de la empresa familiar. Lo que piensen o sientan es irrelevante, bastante tienen con agradecer que alguien se fijara en ellas y las apartara del mundo real.

    Como he dicho, el director abusa del subrayado para metaforizar esa situación de vacío, de abandono. El giro necesario para que el relato no se estanque proviene de la lectura de una cita (haz todos los días algo que te sorprenda) y el encuentro de una caja con viejos recuerdos, pequeños objetos cuyo significado en la vida anterior de Hunter no nos importa, pero que encienden la chispa del desagrado, de la desilusión, de la rebelión interna que busca una salida que modifique una realidad insoportable. Comerse (de ahí el verbo del título, tragar) el pasado para recordar que en su memoria hay un olvido que la ha transformado en lo que ahora es, un ser paciente, sumiso y exteriormente agradecido que oculta un secreto camuflado por el confort material. Cada vez que Hunter traga uno de esos pequeños objetos, cada vez más grandes, o más afilados, o más puntiagudos, busca un dolor físico que amortigüe su dolor emocional. Su mente se ha bloqueado en el ahora para no pensar en el pasado, su simulación de felicidad (su paralelismo con el personaje de Betty Draper en Mad Men acercaría ambos presentes de sus historias) necesita un escape que permita a su psique liberarse, aunque sea por la vía del dolor, de la hemorragia, de la asfixia, y justificar su malestar en un daño no solo emocional, algo que quiere preservar como una experiencia secreta para que nadie viole nuevamente su pensamiento.

    por Miguel Martín Maestro
    abril 01, 2022

    Crítica | Swallow | Filmin

    por Miguel Martín Maestro | abril 01, 2022
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