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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Mr. Nelson, Did you kill people?

    || Críticas | SEMINCI 2026 | ★★☆☆☆
    Mr. Nelson,
    Did you kill people?
    Shinya Tsukamoto
    El ruido y el estruendo


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Japón / Estados Unidos / Tailandia / Vietnam, 2026. Título original: «Nelson-san, anata wa hito o koro shimashita ka?». Dirección: Shinya Tsukamoto. Guion: Shinya Tsukamoto. Compañías productoras: Kinoshita Group, Kino Films, Cross Media International. Presentación oficial: Festival de Venecia 2026. Fotografía: Shinya Tsukamoto. Reparto: Rodney Hicks, Geoffrey Rush, Mark Merphy, Tatyana Ali, Lily Franky, Joshua Léger, Malak Lunsford, Ian MacGillivray, Nathan Lawrence, Pichapob Ratchaprom, Natalie Jacobs, Harkeim Wray, Johnny Serret, Roetta-Lee Smith, Max Ashford, Kareem Armani, Jayden Cyrise, Orielle Robinson, Greyson Grant. Duración: 116 minutos.

    Serge Daney escribió que «la historia del cine va de la mano con la historia de la guerra. El ejército francés fue uno de los primeros en utilizar la invención de los hermanos Lumière. Una vez globalizada, librada por todos contra todos, la guerra impulsó todo el cine europeo moderno, desde Roma, ciudad abierta hasta Los Carabineros. Bazin escribió sobre el deleite que se sentía ante el «espectáculo de la destrucción urbana», al que llamó el «complejo de Nerón», para el cual consideraba al cine el lugar privilegiado. En Estados Unidos, las técnicas cinematográficas y la tecnología bélica iban de la mano: matar y filmar «progresaban» a la par. El espectador de cine se fue acostumbrando gradualmente a ser un superviviente». La cita es necesaria para poder contextualizar mejor Mr. Nelson, Did you kill people?, una película que abraza abiertamente las formas del cine bélico de Hollywood para reflexionar no sobre la guerra (de Vietnam), sino sobre las implicaciones personales que tiene matar en ella. La diferencia puede parecer mínima, pero no lo es, puesto que el centro del relato no lo ocupan las víctimas; más bien, al contrario: las imágenes se articulan alrededor del conflicto interno que el verdugo tiene consigo mismo, y que convierte el asesinato de los vietnamitas en una excusa para el melodrama antes que en el tema que le da sentido al todo.

    El protagonista es un soldado estadounidense al que mandan a la guerra en contra de su voluntad y que, pese a sus reticencias iniciales, no tarda en acostumbrarse a la normalización del horror que él mismo causa. La violencia hacia esa otredad a la que llaman despectivamente “amarillos” es la dinámica habitual para los soldados yanquis. Pero, y aquí está el primer problema, también lo es para la cámara de Tsukamoto, que convierte sus acciones en algo aún más hiperbólico y atroz a través de diferentes trucos efectistas. Cuando los soldados le dan una paliza a un taxista vietnamita que les ha pedido que le paguen, el sonido de los golpes se exagera hasta volverlo desagradable, pero también caricaturesco: no es naturalista, pero no importa, porque lo fundamental es volver la violencia más desagradable sin que deje de ser asumible. Lo mismo sucede con la sangre, de un color rojo oscuro y de una densidad irreal. La guerra como cantera de imágenes dispuestas para el placer escopofílico de los amantes del gore.

    Desde el principio queda claro que los habitantes del país invadido (sobre todo los miembros del vietcong) no importan: pasan de ser una omisión a convertirse en un fuera de campo peligroso, precisamente por su inconcreción. De la no mención al miedo a que aparezcan de la nada y maten a los compañeros de batallón del protagonista. Cosa que, de hecho, sucede. Tsukamoto los presenta como un peligro que puede esconderse detrás del rostro de cualquier vietnamita, debajo de cualquier casa, o encima de cualquier árbol, cimentando así la idea de que cualquier civil es un peligro que debe ser liquidado por el bien los bondadosos soldados estadounidenses. No sólo iguala las violencias de los invasores que quieren saquear y de los invadidos que se defienden, sino que a través de la puesta en escena intenta guiar a los espectadores hacia la conclusión de que los bombardeos con napalm, la quema y destrucción de pueblos y bosques y los asesinatos indiscriminados eran un imperativo, una necesidad para proteger la vida de quienes realmente importaban: el protagonista y sus compañeros, que, después de cometer innumerables tropelías, vuelven a su país con un cargo de conciencia y un desequilibrio emocional que Tsukamoto traslada a la pantalla a partir de imágenes sobreimpresas, cortes veloces y sonidos estridentes. El shock producido por la carga de conciencia es igual de plano que las escenas de combate durante la guerra: el ruido y el estruendo priman por encima de cualquier ética de la imagen, lo que desemboca en una cámara que se sitúa siempre al lado de los soldados estadounidenses, profundizando en esa idea del “otro” como amenaza. Además, lo que Tsukamoto intenta cuestionar no es la guerra en sí misma, sino la conveniencia de determinados actos violentos cometidos por el protagonista y sus compañeros. ♦


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