|| Críticas | ★★★☆☆ ½
Naza
Yuval Abraham y Rachel Szor
Terroríficamente normales
Mario Peña
ficha técnica:
Reino Unido, 2026. Título original: «Naza». Dirección: Yuval Abraham y Rachel Szor. Guion: Yuval Abraham y Rachel Szor. Compañías productoras: The Guardian, JW Films, Placeholder Films, Unseen Hands Productions. Distribuidora en España: Elástica. Presentación oficial: 83.º Festival Internacional de Cine de Venecia 2026. Fotografía: Rachel Szor. Intervenciones: Yuval Abraham. Duración: 80 minutos.
Reino Unido, 2026. Título original: «Naza». Dirección: Yuval Abraham y Rachel Szor. Guion: Yuval Abraham y Rachel Szor. Compañías productoras: The Guardian, JW Films, Placeholder Films, Unseen Hands Productions. Distribuidora en España: Elástica. Presentación oficial: 83.º Festival Internacional de Cine de Venecia 2026. Fotografía: Rachel Szor. Intervenciones: Yuval Abraham. Duración: 80 minutos.
Como pieza documental, NAZA, la segunda propuesta de Yuval Abraham y Rachel Szor, se articula en torno a las entrevistas a varios agentes anónimos de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel), que describen los procesos internos mediante los cuales han conseguido reducir Gaza a escombros y convertirla en inhabitable. La cinta, sin embargo, no se centra tan solo en la dialéctica, sino especialmente en los tiempos muertos que surgen en ella, en los silencios culpables y los tartamudeos delatores de los agentes, quienes, aun habiendo participado voluntariamente y arriesgando su estatus por ello, no parecen reconocerse como culpables de las muertes provocadas. Lo verdaderamente aterrador de los testimonios no es tanto aquello que relatan —que también, al hablar de la destrucción de la Franja de Gaza y de la muerte de miles de gazatíes— como la frialdad de sus narradores, la serenidad de los agentes israelíes que no parecen identificarse con sus acciones, aun cuando son directamente confrontados. Todo ello muestra hasta qué punto puede llegar a deshumanizarse el hombre, cuánta sangre puede ser derramada sin el más mínimo sentido de culpa, el más flagrante ejemplo de lo que Hannah Arendt denominó «la banalidad del mal» al presenciar el juicio de Jerusalén contra Adolf Eichmann y otros altos cargos nazis. Arendt escribió: «Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales.» Y es precisamente en la doble adjetivación de la palabra “normales” donde reside lo inconcebible: que la barbarie pueda ser perpetrada por hombres aparentemente normales, hombres de familia, hombres estables psicológicamente llegan a poder hablar sin reparo sobre la muertes en las que participan. Hasta ahí puede llegar a verse alienada la conciencia y reducida el alma humana.
Zygmunt Bauman, sociólogo polaco de origen judío, apuntaba en su ensayo Modernidad y Holocausto a la capacidad de la burocracia moderna y de las administraciones estatales para deformar cuestiones éticas y convertirlas en problemas técnicos; o, lo que es lo mismo, para deshumanizar lo inherentemente humano y convertirlo en conceptos abstractos, cifras, acrónimos y códigos que esconden tras de sí la abyección y la barbarie. No es casualidad, por lo tanto, que la cinta lleve por título NAZA, el acrónimo que utiliza la FDI para referirse a las víctimas civiles colaterales previstas en los ataques aéreos dirigidos contra aparentes células de Hamás. La despersonalización empleada por las fuerzas militares israelíes contra el pueblo palestino se convierte entonces en el maquiavélico método para que los agentes de inteligencia y la Mossad no sientan el peso moral de sus acciones; algo así como la bala de fogueo que porta una de las armas en un pelotón de fusilamiento, y comprendan su labor como puramente conceptual y no como la participación en el genocidio sistemático de la que son responsables directos.
Abraham y Szor, por lo tanto, vertebran NAZA a partir del concepto arendtiano citado, con el que van configurando un marco discursivo que se consume más temprano que tarde en sus escasos ochenta minutos de metraje. Saturada de imágenes del paisaje nocturno de Tel Aviv, la película no consigue que dichas imágenes complementen las entrevistas con una correspondencia narrativa o formal. Cabe decir, sin embargo, que es poca la importancia del valor artístico de la pieza frente al valor humano de la misma; frente al grito agónico de la madre que clama el nombre de su hijo sepultado entre las ruinas, frente a la viuda que busca a su marido en una fosa común, frente al hombre desamparado que le pregunta a Dios cómo permite tanto dolor en su Reino. «Si Dios existe, tendrá que rogar mi perdón», rezaba una inscripción atribuida a un prisionero en Auschwitz-Birkenau. Cineastas como Yuval Abraham, Basel Adra, Hamdan Ballal y Rachel Szor son por lo tanto los verdaderos mártires que ponen en riesgo su libertad e incluso vida, como en el caso de Ballal, quien fue brutalmente agredido por un colono israelí, para no tan solo denunciar el genocidio en Gaza, sino por clamar la libertad de todo un pueblo con la pieza más comprometida y humana de la temporada.
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.»
-Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha ♦










