|| Críticas | ★★☆☆☆
Digger
Alejandro G. Iñárritu
En efecto: la inesperada virtud de la ignorancia
Raúl Álvarez
ficha técnica:
EE.UU. 2026. Título original: Digger. Director: Alejandro G. Iñárritu. Guion: Alejandro G. Iñárritu, Nicolás Giacobone, Sabina Berman y Jez Butterworth. Productores: Tom Cruise, Alejandro G. Iñárritu, Mary Parent, Michael Sharp, Sabina Berman, Jez Butterworth, Pete Chiappetta, Alexander Dinelaris. Productoras: St. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Cosmo Sheldrake. Montaje: Stephen Mirrione y Conor O’Neill. Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons, Robert John Burke. Duración: 2 h. 9 min.
EE.UU. 2026. Título original: Digger. Director: Alejandro G. Iñárritu. Guion: Alejandro G. Iñárritu, Nicolás Giacobone, Sabina Berman y Jez Butterworth. Productores: Tom Cruise, Alejandro G. Iñárritu, Mary Parent, Michael Sharp, Sabina Berman, Jez Butterworth, Pete Chiappetta, Alexander Dinelaris. Productoras: St. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Cosmo Sheldrake. Montaje: Stephen Mirrione y Conor O’Neill. Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons, Robert John Burke. Duración: 2 h. 9 min.
Nadie que vea Digger partiendo desde unos principios, para entendernos, de izquierdas, y que constituyen la sensibilidad del público objetivo de esta propuesta, aprenderá o descubrirá nada que no sepa por el feed de sus redes sociales. Y quien se sitúe en el espectro contrario, se cargará de razones para negar la mayor. No importa. La verdadera desgracia es que ni unos ni otros se reirán, o muy poco, con Digger, que al fin y al cabo es el objetivo de toda sátira, porque sus situaciones, personajes, chistes y ocurrencias son la caricatura de una caricatura de una caricatura. En nuestro mundo de tecnologías multipantalla y estimulación digital constante, los gifs y los memes se han convertido desde hace años en la sátira diaria de la actualidad política y social. Los de izquierdas tienen su ración; los de derechas la suya; y los que miran desde la barrera de cierta apatía política, picotean de uno y otro plato. Por este motivo, un film como Digger, que plantea una sátira en un contexto saturado de mofas y burlas contra cualquiera que mueva la cabeza, se antoja un ejercicio vano y desprovisto de significado real.
También es ridículo como exhibición narrativa o de estilo, en la medida que Iñárritu trata de (re)inventar el cine con cada nueva película, y nunca lo logra. Quiso darles la vuelta a los relatos de historias cruzadas con Babel, como si el cine de Robert Altman no hubiera existido; tuvo su momento de indignación con Biutiful (2010), como si el cine social inglés no hubiera existido; se puso metanarrativo con Birdman (Birdman or (The Unexpected Virtue of the Ignorance), 2014), como si el cine de Cassavetes no hubiera existido; abordó la autoficción en Bardo (Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades, 2022), como si no hubiéramos visto ya bastantes egos inflamados; y ahora con Digger se prueba en la sátira ecologista y anticapitalista, como si No mires arriba (Don´t Look Up, Adam Mckay, 2021) se hubiera rodado hace medio siglo. Irnos hasta Kubrick y su Teléfono rojo: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) es poner el listón demasiado alto. Aunque beber de ella, bebe, en particular en el retrato de los científicos y los militares, y en el recurso a las armas nucleares como único y último argumento entre machos enfurecidos.
El caso es que cualquier intento por parte de Iñárritu de articular un discurso novedoso, complejo, inteligente y divertido a cuenta del turbocapitalismo que empapa nuestras vidas desde la crisis financiera de 2012, naufraga como acto político porque la realidad ya es de por sí una farsa –hace treinta años Forges ya decía: «no enciendo la tele, porque salen»– y como película porque cada uno de los recursos metanarrativos ya se los hemos visto antes al propio Iñárritu. Sin necesidad de hacer spoilers, la película lo fía todo a un giro teatral que la relación de aspecto (1.85:1) anuncia desde el primer minuto. Ahí Emmanuel Lubezki enseña sus cartas demasiado pronto. Dicho giro es además revelador de las dudas que ha debido tener el director mejicano sobre la idoneidad del tono elegido para su película, así como de la ligereza del trazo con que ha dibujado a algunos personajes, caso de los de Jesse Plemons y Sandra Hüller, que huelen a añadidos para justificar el cambio de rumbo. Que, de repente, nada de lo visto hasta el minuto veinte sea lo que parece, pero a la vez sí lo sea, y que nosotros, como público, debamos reírnos y aplaudirlo con entusiasmo, es una de las declaraciones de narcisismo fílmico más sonrojantes que se recuerdan. Porque si es mala idea escribir y rodar una sátira sin grises, peor resulta decirle al público lo que debe pensar y cómo debe reaccionar ante lo que ve en la pantalla. Antes de escribir estas líneas, leía en la prensa americana que la productora del film, ante la avalancha de críticas negativas que está recibiendo Digger, se había apresurado a lanzar una campaña publicitaria con Tom Cruise a la cabeza invitando a mandar al cuerno a los críticos. Literalmente, que nos jodan. O mejor dicho: que le jodan a quienes no les haya gustado. También ha pasado algo parecido en España con La bola negra (Javier Ambrossi y Javier Calvo, 2026), si bien con mensajes personalizados a cada medio disidente. Este sectarismo, este viejo juego del «conmigo o contra mí» o «no tenéis ni idea de nada», enunciado por creadores que afirman justamente detestarlo y estar en contra de cualquier postura polarizadora, es un síntoma más de que, en efecto, el mundo ha caído en las peores manos posibles. Pero a lo mejor también el cine. Cuánto echo de menos a los Coen.♦










