|| Críticas | SEMINCI 2026 | ★★☆☆☆
I Rarely Wake Up Dreaming
Isabelle Stever
La guerra no es el destino
Rubén Téllez Brotons
Valladolid |
ficha técnica:
Alemania / Ucrania, 2026. Título original: «I Rarely Wake Up Dreaming». Dirección: Isabelle Stever. Guion: Anna Melikova. Compañías productoras: X-Filme Creative Pool, Westdeutscher Rundfunk (WDR). Presentación oficial: Festival de Locarno 2026 (Premio de la Juventud «L'ambiente è qualità di vida»). Fotografía: Volodymyr Usyk. Montaje: Paul Groebel y Laura Lauzemis. Música: Nataliia Avramenko y Mykhailo Zakutskyi. Reparto: Tania Myronyshena, Markus Bright, Iryna Mak, Viktor Zhdanov, Maiia Sobolevska, Maria Myronyshena, Oleksandr Rudynskyi. Duración: 100 minutos.
Alemania / Ucrania, 2026. Título original: «I Rarely Wake Up Dreaming». Dirección: Isabelle Stever. Guion: Anna Melikova. Compañías productoras: X-Filme Creative Pool, Westdeutscher Rundfunk (WDR). Presentación oficial: Festival de Locarno 2026 (Premio de la Juventud «L'ambiente è qualità di vida»). Fotografía: Volodymyr Usyk. Montaje: Paul Groebel y Laura Lauzemis. Música: Nataliia Avramenko y Mykhailo Zakutskyi. Reparto: Tania Myronyshena, Markus Bright, Iryna Mak, Viktor Zhdanov, Maiia Sobolevska, Maria Myronyshena, Oleksandr Rudynskyi. Duración: 100 minutos.
Y ahí está el primer problema. El conceptualismo del prólogo —que reaparece a lo largo de la segunda parte— presenta un concepto de belleza y felicidad que se reduce a la estetización de lo cursi. Después de la fiesta, la pareja protagonista está en su casa. Ambos desnudos, iluminados por luces rojas y verdes que vienen del exterior, tumbados en la cama, hablando y besándose. La cámara, sin embargo, se mantiene fija delante de un espejo: los espectadores solo ven un reflejo parcial de lo que sucede dentro de la habitación. Algo que resulta, cuando menos, paradójico, sobre todo teniendo en cuenta la fuerza que tiene el sexo a la hora de fijar el carácter idílico del momento, y el pudor con que la directora lo muestra. La contradicción se extiende hasta el punto de conseguir que la forma en que el objeto devenido símbolo es puesto en escena impide que tenga vida más allá de la mera referencialidad a la felicidad prebélica. Es decir, el concepto es enunciado, pero no respaldado por la cámara, puesto que Stever prefiere retratarlo no como una realidad física y placentera, sino como un momento de comunión entre dos personas a las que el destino les tiene preparados una dura batalla. La guerra lo castra todo, incluida la posibilidad de disfrutar del sexo, aunque antes de ella el sexo —y la vida en pareja— se reducía a ser un cliché empalagoso, encarnación de la imagen adolescente que ciertos sectores de la cultura hegemónica —desde el Romanticismo hasta las comedias románticas de Hollywood— han impuesto. No es de extrañar, por tanto, que la presencia que tienen las filosofías new age sea grande. El horóscopo y la lectura del futuro a través de las líneas de las manos se juntan con el sentido trágico de amor propio del ya citado romanticismo y con esa concepción del amante —que viene del modernismo literario— como frágil figura de nieve que se puede romper.
Enrique Díez-Canedo escribió, con respecto a este último movimiento, que «modernismo parece indicar, como fuente de inspiración, lo llamado moderno (...) y nada hay más alejado de lo moderno, es decir, de la vida de aquellos años en que la poesía comenzó a llamarse modernista, que las famosas princesas pálidas —aunque hubiese princesas efectivas y algunas pudieran lucir la más sugestiva palidez». Algo parecido se puede decir de una película que pretende ser reflejo de la realidad de la vida durante la guerra, pero que pierde el contacto con ella cuando se pone a divagar sobre el modo en que el firmamento conspira en contra de una pareja a la que él mismo ha unido. El plano detalle de sus manos unidas desempeña, de nuevo, el papel de símbolo: esta vez condensando ese amor que se mantiene vivo y aguanta las arremetidas del mundo. A pesar de esa retórica mística, en la segunda parte de la película hay momentos interesantes, como los dos travellings laterales siguiendo a los personajes en su intento de cruzar la frontera, el modo en que la cámara se distancia de ellos y utiliza diferentes elementos del espacio como formas de glaciación emocional o el plano detalle de la mano de la protagonista haciéndose la manicura mientras a unos kilómetros la gente está muriendo. Si todas estas escenas no formasen parte de una columna vertebral narrativa que termina presentando al destino como el juez y el verdugo que define el devenir del ser humano, I Rarely Wake Up Dreaming sería una buena película. ♦












