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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | La constelación del perro

    || Críticas | ★★★☆☆
    La constelación del perro
    Ridley Scott
    Nada nuevo, pero todo en su sitio


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2026. Título original: The Dog Stars. Director: Ridley Scott. Guion: Mark L Smith y Christopher Wilkinson. Productores: Michael Pruss, Cliff Roberts, Ridley Scott, Mark L. Smith, Lily Brooks-Dalton, Aidan Elliott, Peter Heller. Productoras: 20th Century Studios, Scott Free Productions. Fotografía: Erik Messerschmidt. Música: Harry Gregson-Williams. Montaje: Sam Restivo, Claire Simpson. Reparto: Jacob Elordi, Margaret Qualley, Josh Brolin, Guy Pearce, Allison Janney, Benedict Wong, Ewen Bremner, James Craze. Duración: 1 h. 58 min.

    Si por algo destaca La constelación del perro (novela) frente a otros relatos contemporáneos sobre el fin del mundo –La carretera, sin ir más lejos, de la que es una derivada amable– es su apuesta por la esperanza. A ella se agarra su protagonista, Hig (Jacob Elordi), para tratar de sobrevivir en medio del apocalipsis, y a ella se agarra también Ridley Scott para intentar alejar su película de tantas otras sobre el mismo tema. Quizá consciente de que poco o nada se puede inventar a estas alturas en términos de imaginarios apocalípticos –a ver qué tal la nueva Resident Evil (Zach Cregger, 2026) en este sentido–, el cineasta británico apuesta por un tono luminoso y nostálgico que contrasta bien con la tragedia de fondo: un virus letal que ha erradicado al 99% de la población humana.

    De este choque entre el pasado –conjurado en forma de flashbacks, el recurso más manido y fastidioso en la carrera de Scott–, y un presente que también quiere ser futuro, emanan las pocas pero acertadas virtudes de una película en la que el director emplea el fin del mundo como excusa para armar un western clásico; es decir, una historia de almas solitarias que necesitan un motivo para vivir. A Scott, lo ha declarado varias veces, le quedaba por probarse en el western, y todo parece indicar que La constelación del perro va a ser lo más cerca que esté de hacerlo de forma explícita, aunque otros filmes suyos como Thelma y Louise (1991) o El consejero (The Counselor, 2013) ya lo fueran de forma implícita.

    La novela original de Peter Heller constituye, por lo tanto, un mero punto de partida para que el creador de Blade Runner (1982) componga «una de indios y vaqueros», en la que los malos son los Segadores, pandillas de carroñeros violentos que saquean los restos de la civilización, y los buenos, entre los que se encuentra Hig, un puñado de almas torturadas que aún creen –unos más que otros– en el porvenir. Scott no es precisamente sutil en la escritura y definición de los personajes que lideran ambos bandos, aunque evita el pozo de los convencionalismos con una dirección artística y de producción que aporta a la narración todos los matices de los que carece el guion de Mark L. Smith y Christopher Wilkinson. En otras palabras, hace lo que mejor sabe: crear un mundo que respira, siente y se mueve al margen de la existencia humana.

    No resulta extraño, por consiguiente, que los mejores momentos sean los de carácter intimista y contemplativo. Por ejemplo, cuando Hig contempla desde su avioneta la naturaleza salvaje del entorno donde vive, o las conversaciones sostenidas en silencios y miradas cómplices que mantiene con Bangley (Josh Brolin), un experto en armas y supervivencia que actúa como su mentor y protector, y con Cima (Margaret Qualley), la joven cuya llamada de auxilio por radio pone en marcha el motor de la acción. En un western canónico estas escenas serían el equivalente a un paseo a caballo y a las charlas del protagonista con sus amigos al amor de la lumbre o con su amada en el quicio de una puerta en penumbra. Esta es la película que le interesa a Scott, y no tanto la típica historia de supervivencia en un mundo hostil. Lo cual no es óbice para que en las escenas de acción –pocas y breves pero rodadas con un escalpelo– exhiba su talento para la planificación, la elipsis y el montaje por corte, todo ello dirigido a crear imágenes de un fuerte impacto expresivo y emocional. Su afición/obsesión por el rodaje con un sistema multicámara no ha minado su capacidad para elegir en cada momento el plano más adecuado, el movimiento de cámara pertinente y la imagen que debe seguirlos. En eso sigue siendo un cineasta portentoso, aunque no poco tiene que ver también la confianza depositada en algunos de los mejores montadores de la industria. Esta es la sexta película consecutiva en la que se apoya en Claire Simpson, que parece haber recogido el testigo del gran Pietro Scalia como su montador de cabecera.

    El riesgo (la locura o el delirio) también sigue siendo norma de la casa. La secuencia del aeropuerto es el típico WTF del cine de Scott, que uno no sabe muy bien si achacar a su querencia por jugar con distintos tonos dentro de una misma película o a su inclinación por tocar las narices. Cualquiera de las dos respuestas habla significativamente de un autor que, a diferencia de otros veteranos que llevan años torturándonos con caprichos autobiográficos, lavados de conciencia o huidas imposibles al pasado, prefiere seguir forzando la máquina, a ver qué sale. Si a Woody Allen se le reía cualquier gracia con tal de que mantuviera su ritmo de una película al año, no seré yo quien critique a un hombre que a sus casi 90 años demuestra una convicción y una firmeza envidiables a la hora de rodar y estrenar películas de gran presupuesto cada año y medio, dos años. La siguiente: La isla del tesoro, con Hugh Jackman confirmado como Long John Silver.

    De aquí a un tiempo nadie recordará a Ridley Scott por La constelación del perro, pero cualquier retrospectiva que se precie de serlo deberá incluirla en su programación por dos motivos. Primero: porque es un curso intensivo de técnica y estilo cinematográficos. Y segundo: porque confirma que los grandes cineastas no son quienes viven de sus primeras películas, sino aquellos que miran al futuro pensando que lo mejor está por llegar. Aunque sea mentira. ♦


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