Las veces que el Óscar a Mejor
Película se fue con el caballo negro
Seis ceremonias en las que el sobre
desmintió al consenso. Y una explicación, escrita en el reglamento, de por qué
cada vez ocurre menos.
El 5 de marzo de 2006, en el Kodak Theatre,
durante la 78.ª ceremonia de los premios Óscar, Jack Nicholson abrió el último
sobre de la noche, lo miró, volvió a mirarlo y arqueó las cejas de una manera
que ya nadie ha podido olvidar. Media hora antes, Ang Lee había recogido el
Óscar a Mejor Dirección por Brokeback Mountain: En terreno vedado, y en
la sala se daba por hecho lo que suele darse por hecho en esos casos. Pero
Nicholson leyó Crash (Colisión).
La película de Ang Lee
era un wéstern crepuscular adaptado de un relato de Annie Proulx: veinte años
en la vida de dos vaqueros de Wyoming contados con una contención casi
insoportable, donde el paisaje hace el trabajo emocional que los personajes no
se permiten hacer. Había ganado el León de Oro en Venecia y llegaba con el
Globo de Oro al mejor drama. La de Paul Haggis era su reverso exacto: una
estructura coral de historias cruzadas en treinta y seis horas de Los Ángeles,
con el racismo como mecanismo dramático y una voluntad explícita de incomodar
al espectador. Buena parte de la crítica la juzgó esquemática. Roger Ebert, el
crítico de cine más influyente de Estados Unidos durante décadas y ganador del
Pulitzer, la defendió hasta el final.
Y ahí está la primera
pista de todo lo que viene después. Crash era una película sobre Los
Ángeles, votada por una Academia que vive en Los Ángeles. Como señaló The
New York Times, Crash fue ganando impulso en las últimas semanas de
la carrera, posiblemente porque los propios académicos — que viven y trabajan
en Los Ángeles — se reconocían en una película sobre su ciudad. La película de
Paul Haggis ni siquiera había sido nominada al Globo de Oro como mejor drama:
desde El golpe (1973) ninguna película había ganado el Óscar a Mejor Película
sin esa confirmación previa. Pero el sobre decía lo que decía.
Cada temporada de los
Óscar produce a su favorita. Mucho antes de que se anuncien los ganadores, se
forma una suerte de consenso entre críticos, periodistas y analistas sobre qué
película debería llevarse el premio principal. Ese consenso no solo se percibe
dentro de la propia industria del cine: también queda reflejado en las cuotas
de las casas de apuestas.
En vísperas de la
ceremonia, las casas de apuestas evalúan las opciones de cada nominada del
mismo modo que calculan la probabilidad de victoria de equipos y deportistas en
las grandes competiciones. Las apuestas sobre los Óscar se aceptan en muchos
países, entre ellos España y México, donde los principales operadores —
recogidos, por ejemplo, en la página https://legalbet.mx/casas-de-apuestas/
— ofrecen secciones específicas con mercados de apuestas sobre los premios de
la Academia. El mencionado Legalbet, como otros portales especializados,
permite comparar las ofertas y las cuotas vigentes de las distintas casas de
apuestas.
Los corredores
expresan sus expectativas mediante cuotas. Cuanto más baja es la cuota, mayor
es, a juicio de la casa de apuestas, la probabilidad de que esa película, ese
director o ese actor reciba el premio. Y a la inversa: una cuota alta indica
que ese desenlace se considera menos probable. Por eso las cuotas suelen
interpretarse como una especie de termómetro de las expectativas del mercado
antes de la gala.
El termómetro: cómo se construye
un favorito
Durante años, las
cuotas sobre Mejor Película que citaba la prensa procedían casi siempre de
corredores británicos e irlandeses, y no por casualidad: en Estados Unidos no
fue legal apostar sobre los Óscar hasta febrero de 2019, en la 91ª ceremonia.
Una cuota no anticipa
el futuro: refleja cuánto dinero hay puesto a que algo ocurra. Es un termómetro
del consenso, no un oráculo. Y como todo termómetro, resulta interesante sobre
todo cuando falla.
Quién vota, y con qué criterio
Merece la pena
recordar contra qué se mide el termómetro. La Academia reúne hoy a más de once
mil miembros repartidos en diecinueve ramas, y Mejor Película es la única
categoría que nominan y votan todas ellas: el operador de cámara, la
maquilladora y el productor ejecutivo puntúan exactamente igual. El recuento es
electrónico y secreto.
Y aquí aparece el dato
que sorprende a casi todo el mundo: no existe ningún criterio de calidad
escrito en ninguna parte. La Academia regula con enorme detalle quién puede
entrar en la carrera —metraje mínimo, semanas de exhibición en salas de
determinadas ciudades, estándares de representación e inclusión—, pero lo que
ocurre una vez dentro es gusto puro. Desde la 98ª edición se exige además algo
que hasta ahora se presuponía: para votar en la ronda final, el académico está
obligado a haber visto todas las nominadas de la categoría. Que hiciera falta
escribirlo dice bastante.
La trampa matemática de 2009
Hay una fecha que
parte esta historia en dos. En 2009, tras la polémica exclusión de El caballero
oscuro — la segunda parte de Batman dirigida por Christopher Nolan, que había
recaudado más de mil millones de dólares y cosechado elogios unánimes de la crítica,
pero se quedó fuera de la categoría principal porque solo había cinco plazas —,
la Academia amplió Mejor Película de cinco a diez candidatas y recuperó el voto preferencial que ya había usado entre
1934 y 1945.
El funcionamiento
importa, porque cambia el tipo de cine que gana:
●
El académico no marca una
película: las ordena de la primera a la última.
●
Si ninguna alcanza el 50 % de
primeros puestos, se elimina la menos votada.
● Sus papeletas se redistribuyen según la segunda opción de cada votante,
y así sucesivamente.
El efecto es
contraintuitivo. En ese sistema no gana la película más amada, sino la menos
rechazada. Un título que divide —esa clase de cine que una mitad de la Academia
coloca en primer lugar y la otra hunde al fondo de la papeleta— tiene menos
opciones que otro que casi nadie adora pero que nadie detesta. La radicalidad
formal, que es lo que suele emocionar a la crítica, es exactamente lo que
penaliza el recuento.
Las noches en que el sobre
contradijo al consenso
En 1999, Shakespeare
enamorado derrotó a Salvar al soldado Ryan. Spielberg se llevó la
dirección por un desembarco en Omaha rodado con cámara al hombro y color
desaturado que reescribió la gramática del cine bélico; la Academia entregó la
Mejor Película a una comedia romántica isabelina, ligera, verbal y encantadora.
Fue la primera gran lección: lo que cambia el cine y lo que gana el Óscar no
siempre coinciden.
En 2017, las casas de
apuestas daban a La ciudad de las estrellas (La La Land) una cuota de
1.14, lo que equivalía a una probabilidad implícita cercana al 88 %: en la
práctica, el mercado la consideraba ganadora casi segura. Moonlight, la
película de Barry Jenkins, se pagaba alrededor de 7.00 — es decir, los
corredores estimaban que tenía apenas un 14 % de posibilidades. Ganó Jenkins:
un tríptico sobre un chico negro de Miami interpretado por tres actores
distintos, rodada en azules y penumbras, más cercana a la poesía que al
melodrama.
El incidente del sobre
es célebre — Warren Beatty y Faye Dunaway anunciaron por error La La Land
como ganadora antes de que se corrigiera el nombre en directo —, pero la
victoria real de Moonlight no fue ningún accidente. El musical de Damien
Chazelle, adorado y a la vez sospechoso para una parte de la Academia, era
justo el tipo de película que el voto preferencial castiga.
En 2019 se repitió el
patrón con la mayor favorita de todas. Los corredores situaban a Roma
con una cuota de 1.29 — una probabilidad implícita de victoria del 78 % —,
mientras que a Green Book le asignaban 5.50, apenas un 18 %. La película
de Alfonso Cuarón —el México de 1970 en blanco y negro, filmada en 65 mm, con
planos larguísimos y una empleada doméstica mixteca en el centro— ganó
dirección, fotografía y película internacional, y perdió la principal. Ganó una
road movie reconciliadora, cálida y sin aristas. Exigencia contra
confort: el confort suma segundos puestos.
En 2020, con la
votación cerrada, 1917 — el relato bélico de Sam Mendes sobre dos
soldados británicos en la Primera Guerra Mundial, rodado para parecer un plano
secuencia continuo — llegaba como favorita con una cuota de 1.50 — un 67 % de
probabilidad implícita de victoria —, y Parásitos se pagaba a 4.00,
apenas un 25 %. Ganó Bong Joon-ho, y con él la primera película en lengua no
inglesa que se llevaba el premio. Aquí el consenso se equivocó por un motivo
distinto: subestimó hasta qué punto una comedia negra sobre una familia pobre
que se infiltra en la mansión de una familia rica — con la arquitectura
vertical de la casa como metáfora de la desigualdad — podía ser, además, la
película que más gente había puesto en segundo lugar.
Y en 2022, las casas
de apuestas asignaban a El poder del perro una cuota de 1.73 — un 58 %
de probabilidad implícita — y a CODA un 2.10, es decir, un 48 %. El
poder del perro, de Jane Campion, narraba la relación de poder entre un
ranchero carismático y brutal y el hijo adolescente de su cuñada, en el Montana
de los años veinte; tenía doce nominaciones, el BAFTA, el Globo y el premio del
gremio de directores. CODA — la historia de una hija oyente en una
familia sorda de pescadores que descubre su vocación musical — tenía tres
nominaciones y era un remake de una comedia francesa. Campion firmaba un
wéstern de crueldad soterrada, lento y frío. CODA era exactamente lo
contrario. Con voto preferencial, «lento y frío» es una desventaja estructural.
Echemos un vistazo a
estos casos en la siguiente tabla:
|
Ceremonia |
Favorita de
las apuestas y la crítica |
Ganadora |
¿Voto
preferencial? |
Por qué perdió
la favorita |
|
1999 |
Salvar al soldado
Ryan |
Shakespeare
enamorado |
No |
La Academia
prefirió una película más ligera |
|
2006 |
Brokeback
Mountain |
Crash (Colisión) |
No |
Apoyo local: una
película sobre Los Ángeles votada desde Los Ángeles |
|
2017 |
La La Land |
Moonlight |
Sí |
La favorita
polarizaba; perdió con el voto preferencial |
|
2019 |
Roma |
Green Book |
Sí |
La película más
cómoda sumó más segundos puestos |
|
2020 |
1917 |
Parásitos |
Sí |
El mercado
subestimó la amplia aceptación de Parásitos |
|
2022 |
El poder del
perro |
CODA |
Sí |
Ganó la película
más «consensual» |
Por qué ya casi no pasa
CODA fue el último vuelco real, y ni siquiera lo fue del todo: a principios
de marzo de 2022, las casas de apuestas le asignaban una cuota de 13.00 —
apenas un 8 % de probabilidad implícita, una candidata remota — pero ganó el
premio de los productores y el del reparto, y el mercado de apuestas tuvo tres
semanas para rectificar. No acertó por sabio, sino porque llegó a tiempo.
Desde entonces el
sobre no ha vuelto a desmentir a nadie. En 2025, Anora — la película de Sean
Baker sobre una joven de Brooklyn cuya vida cambia tras casarse con el hijo de
un oligarca ruso — abrió con una cuota de 6.00 — un 17 % de probabilidad — en
las casas de apuestas, arrasó en los gremios, cerró a 1.44 — ya un 69 % — y
ganó. Un año después, Una batalla tras otra (2025) — la sátira política de Paul
Thomas Anderson protagonizada por Leonardo DiCaprio, sobre un antiguo activista
que intenta dejar atrás su pasado en un Estados Unidos fracturado — llegó al
Dolby Theatre en marzo de 2026 como favorita indiscutible y se fue con seis
estatuillas, incluida la dirección.
Nada de esto significa
que el cine se haya vuelto previsible. Significa que la Academia diseñó, sin
proponérselo, una máquina que fabrica consensos: diez nominadas, una carrera de
fondo y un recuento que premia al corredor sólido antes que al brillante. Quedan
las viejas noches, y aquel Nicholson mirando un papel, incapaz de disimular.









