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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Ibérico 2026 | Primera jornada

    Cuestión de memoria, identidad y supervivencia

    Primera sesión de la 32ª edición del Festival Ibérico

    La identidad o marca de nuestro cine es algo que va mucho más allá de los criterios nacionalistas o de protección. Me gusta pensar en la memoria cultural de cada cinematografía, entendiendo los mecanismos que hacen funcionar un conjunto de espejos en el que vernos reflejados. Según Roland Barthes, el cine es una trampa perfecta, un artefacto capaz de combinar lo real con lo imaginario. El cineasta y escritor francés Marcel Pagnol introduciría una de las medidas más revolucionarias de la época para garantizar la supervivencia del cine de su país frente a la maquinaria estadounidense. Justo después de terminar la Segunda Guerra Mundial, los americanos desembarcaban en la industria francesa sometiéndola a sus estrenos más populares. El cine de Hollywood llegaba para quedarse. Los franceses pensaban como americanos, comían y vestían como ellos. El lujoso aparataje de las películas estadounidenses, y el esplendor de sus estrellas cegaban la mirada de los espectadores. Pagnol, temiendo una destrucción de la identidad cinematográfica, y tras los precedentes de Alemania acaparando el control de los estudios, idearía un impuesto o tasa que saldría de los beneficios de la taquilla de ese cine norteamericano y que iría destinado a fomentar la producción de películas locales. Una medida muy interesante que sirve de borrador para las futuras medidas proteccionistas del cine europeo frente a los todopoderosos. Todo esto lo cuenta y muy bien el director Sylvain Chomet en A Magnificent Life (2025), biopic animado sobre la vida de Marcel Pagnol, artista multidisciplinar y pionero fundamental en la historia del séptimo arte.

    Memoria, identidad y supervivencia. Esas tres leyes marcan el devenir de los acontecimientos culturales de nuestro cine. Sirvan de ejemplo aquellas maravillosas películas de género policiaco rodadas en España en los años 50 en el que la crítica social estaba adherida al paisaje de las ciudades. Las calles principalmente de Madrid o Barcelona, proyectaban una radiografía de los valores y maneras de vivir de una sociedad sometida al régimen y modos de vida de la época. Cineastas como Juan Bosch, Adolfo Santillan, Pérez Doltz, Ignacio F. Iquino, Julio Coll, Ricardo Gascón o Rovira Beleta, entre muchos otros, filmaban un cine social disimulado bajo los parámetros del noir con herencia internacional. Descubrimos en muchos de esos títulos los típicos lugares de las ciudades de aquellos años: como los cines, los talleres mecánicos, comercios, bares, sus plazas y sus costumbres. La pantalla del cine asume enfocar el imaginario de un mundo que se resiste a la invisibilidad.

    Como parte de la identidad del cine tenemos la complicada supervivencia del cortometraje. En estos días hemos conocido la noticia del cierre por parte de Movistar Plus+ de su programa Proyecto Corto, una de las divisiones especializadas en la compra y financiación de cortometrajes independientes. Una zancadilla considerable a la estructura audiovisual de las películas cortometrajes. El escritor Miguel Marías escribiría hace cosa de un par de años en su blog un extenso artículo acerca de la historia del cortometraje en nuestro país. En un principio, y cito sus palabras, podríamos verlo como un formato indeseado, usado de trampolín o de trasunto para poder realizar un largometraje. Sin embargo, Marías abre un abanico de enfoques que ponen en entredicho la propia manufacturación de los cortometrajes, así como la precariedad de medios con los que lidian los autores a la hora de contar un relato. Mi conclusión y experiencia programando y viendo cortos no es limitante, sino todo lo contrario, existe un claro desequilibrio de producción en los trabajos de cineastas con arrojo que desde luego deben poner a tono sus cualidades narrativas ante la dificultad de la financiación o pobreza logística. Un último estertor de valientes en un panorama francamente desolador. No negaremos por supuesto lo que mencionaba Marías en su artículo, puesto que a lo largo de la historia muchos cineastas empezaron en el corto antes de desembarcar en la primera división rodando largometrajes. Por cierto, un deseo de lo más natural. Recuerdo la primera vez que mantuve una conversación con Alejandro Pachón sobre la comparativa inútil entre cortometraje y largometraje, y me invitaba a poder entender la naturaleza y conflicto de hacer un buen cortometraje. Su manera de defender el formato me emociona todavía. Alejandro fue adalid de los malabares de ese mismo cine que se lleva estrenando en el Festival Ibérico más de 32 años ininterrumpidos. Su identidad y memoria permanecen a salvo.

    La 32º edición arranca con El príncipe nigeriano (Marcel Sesplugues, 2025). Un trabajo filmado con un estilo contemporáneo, gracias a su dinámico montaje, en línea con las formas de expresión virtual de las nuevas generaciones a través del foco de los móviles y de las aplicaciones de internet. Su protagonista es un joven ambicioso que trabaja en una inmobiliaria y que desea dar un golpe de efecto para poder mudarse a Miami. La parábola de las falsas expectativas y las aspiraciones de muchos jóvenes de hacerse ricos y vivir con grandes lujos se interpreta en el guion de una cinta con un fuerte poso de amargura. La precariedad laboral y la inseguridad de muchos ante las mentiras de las redes e internet son otros de los temas a tratar por su director. Un cine con tintes costumbristas y sociales llevados de la mano de un excelente Guillermo Leal, que soporta con aplomo y naturalidad numerosos primeros y primerísimos planos. La cámara ejerce de espejo de la cotidianidad del barrio y de sus gentes. Es el germen de una identidad dual que tiende puentes intergeneracionales.

    A los de mi generación salir en verano a la calle a jugar no nos parece algo tan descabellado. En los 80, mucho antes de la era virtual y de los móviles, la única manera de entretenerse era dándole patadas a un balón. El barrio que describe Rui Carlos (Margarida Paias, 2025), podría ser cualquier calle o plaza de casi cualquier pueblo o ciudad de España o Portugal. Un espacio extemporáneo en el que los niños gritan, saltan y corren en derredor de ese elemento conciliador que es la pelota. Un balón de futbol metáfora y símbolo de resistencia. Su realizadora arranca y termina con un plano representativo de lo que manifiesta su relato. Ponerle tiritas a las cosas que más queremos es algo de esa infancia criada en torno a las calles. Los adultos son voces en fuera de campo por medio de las ventanas llamando a sus hijos para cenar. Como en los tebeos, o en los comics, Paias filma esa extraña melancolía del pasado. Me viene a la cabeza las tiras y dibujos de Snoopy en el que esos adultos no eran más que voces ininteligibles incapaces de interferir en el (complejo) universo de los niños. Rui Carlos es una bonita historia de amistad. Un trabajo donde predominan los colores primarios y la fuerza de las miradas. La cámara adopta el perfil de un catalejo usando zooms y cámara lenta en paralelo a las estéticas de esos años. La música recorre el patio central evocando los sonidos del afilador o la cigarra, en plena siesta veraniega.

    Pinchu es así (Carmen Córdoba, 2025) se construye mediante técnicas y procesos de animación muy interesantes que sirven como contrapunto a su mensaje. Un tono divertido y caricaturesco en el que mantener abierto el debate acerca de las relaciones sociales y de los comportamientos en grupo. Sus creadores combinan la animación 2D con entornos tridimensionales. La película denota un estilo muy particular, de autor, gracias al singular diseño de personajes, obra de la ilustradora María Herreros. La supervivencia de una persona ajena a la marea social en la que se relaciona posibilita esa otra mirada, más personal e íntima, sobre las apariencias. Las conductas machistas y deplorables de algunos quedan totalmente al descubierto en este divertido retrato con influencias del esperpento valleinclanesco, ganador del mejor cortometraje de animación en el último Festival de Cine de Málaga.

    Me gusta la idea de enseñarnos la realidad que nos rodea desde ópticas vaporosas, pivotando sobre fuentes indirectas y creando un efecto extraño, misterioso y paranormal. El lenguaje de A fronteira azul (Dinis M. Costa, 2025) es el de una obra próxima al cine extraterrestre, en el que nuestra mirada y ojos están guiados por una cámara que desde luego evita posarse en los arquetipos del cine social. La actualidad internacional ante los problemas migratorios adopta en la cinta de Costa un gesto fantasmático. El cineasta articula una puesta en escena espacial, de enfoques dispares y yuxtapuestos. Su cámara se esconde, o bien detrás de los objetivos velados de las cámaras de seguridad, o en la cubierta de un barco en el océano. Las miradas se perfilan en un tejido caleidoscópico, de cielos azules y relámpagos en la noche. Es bellísimo y, al mismo tiempo, desolador asistir a un paisaje irremediablemente perdido. El ocaso de A fronteira azul es el de unas personas flotando en el vacío de su existencia, privados de identidad. Un naufragio por tierra, mar y aire. Bajo esta perspectiva, triangular, fluye un relato narrado con pulso de hierro. Señalar la increíble dirección de fotografía a cargo de Tomas Brice y el excelente diseño de sonido.

    Una debilidad personal podría ser Montecarlo 67 (Rubén Guindo, 2025), primero desde un punto de vista virtuoso, acogiéndose a las reglas del metacine, cine dentro del cine, y segundo por tratar con cariño una anécdota aparentemente increíble de esas que los artistas suelen contar entre bambalinas. La estructura del film rompe la cuarta pared para interpelarnos directamente como espectadores y hacernos participes de una leyenda o bonita casualidad. Los protagonistas son gente muy apegadas a la memoria colectiva. Chicho Ibáñez Serrador (Carlos Santos) y Pilar Miró (Viki G. Velilla) asisten al festival de Montecarlo. Una vez acabada la gala se pasean por la ciudad y se encuentran con un jovencísimo Steven Spielberg (Marco Steel). Esa larga conversación, mecida por la brisa de una placida noche del 67, logra trasplantar al terreno de lo natural y espontáneo, las ilógicas reglas del cine. Guindo apoyado por sus actores rompe una y otra vez esa barrera imaginaria y transmite, con belleza, el amor por el oficio. Una historia nacida de la curiosidad, rodada en blanco y negro y que funciona tanto de trasunto emocional como de divertimento. Montecarlo 67 también es ese mirar a la nostalgia del pasado con una sonrisa.

    Señuelo (Martha G. Ayerbe, 2025) ofrece una curiosa reinterpretación de los relatos de caza que abundan en la historia de nuestro cine. Una respuesta en tono fantástico a la imagen de esas dos Españas que persisten en el presente de la misma manera que hace décadas se peleaban en las imágenes de la popular La caza (Carlos Saura). La directora, bajo la tutela y producción de Juan Antonio Bayona, ejerce un brillante dominio de puesta en escena con una intensa voluntad telúrica. La fotografía acentúa esa oscuridad perdiéndose en la espesura verde y marrón de los bosques y de la tierra. Un híbrido que aúna mensaje ecologista con denuncia social, y terror fantastique con comedia. La atmósfera nos remite al cine de Spielberg/Bayona (un déjà vu inevitable en la aparición y diseño de la criatura), y el niño (Aniol Cisquella), se corona como todo un acierto de casting. Mención especial para la excelente banda sonora de Pedro Osuna.

    Para terminar, contamos con el cortometraje Una vocal (Polo Menárguez, 2025), en el que destaca su virtuoso aparato formal, rodado íntegramente en un elegante plano secuencia, maniobra estilística que ejerce de herramienta para excavar en los recuerdos de la memoria familiar. Madre e hija (Sonia Almarcha y Mirela Balic) esperan en la sala de un anatómico forense la verificación de un cadáver. Ese suceso da pie a una hábil comedia negra que esconde con pericia y detalle aspectos y rasgos de profunda importancia. Temas espinosos como el maltrato, o el abandono reflotan en el guion y son trasladados a la pantalla en forma de risa congelada. Una cinta notable que basa sus mejores armas en el buen hacer de la escritura fílmica. ♦

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