|| Críticas | ★★★★☆
Lady Nazca
Damien Dorsaz
Aprender a amarse
Ignacio Arona
ficha técnica:
Francia / Alemania / Suiza, 2025. Título original: «Lady Nazca». Dirección: Damien Dorsaz. Guion: Damien Dorsaz, Fadette Drouard y Franck Ferreira Fernandes. Compañías productoras: 27 Films Production, Octopolis, PS Productions. Distribución en España: Vercine. Fotografía: Gilles Porte. Montaje: Patricia Rommel. Reparto: Devrim Lingnau (María Reiche), Guillaume Gallienne (Paul d'Harcourt), Olivia Ross (Amy), Amaranta Kun (Claude), Jorge Pomacanchari (Dionicio), Marina Pumachapi (Juana). Duración: 99 minutos.
Francia / Alemania / Suiza, 2025. Título original: «Lady Nazca». Dirección: Damien Dorsaz. Guion: Damien Dorsaz, Fadette Drouard y Franck Ferreira Fernandes. Compañías productoras: 27 Films Production, Octopolis, PS Productions. Distribución en España: Vercine. Fotografía: Gilles Porte. Montaje: Patricia Rommel. Reparto: Devrim Lingnau (María Reiche), Guillaume Gallienne (Paul d'Harcourt), Olivia Ross (Amy), Amaranta Kun (Claude), Jorge Pomacanchari (Dionicio), Marina Pumachapi (Juana). Duración: 99 minutos.
Es precisamente en su segundo segmento donde la propuesta de Dorsaz dinamita los corsés del drama histórico tradicional para entregarse a una depuración formal ciertamente arrebatadora. La dirección de fotografía de Gilles Porte opera aquí verdaderos milagros ópticos, rehuyendo de la mera postal exótica para capturar la inmensidad del lienzo peruano a través de una puesta en escena de calado telúrico, donde la escala humana se redefine frente a la monumentalidad de los geoglifos preincaicos. En la aridez del desierto, despojada de las ataduras de la civilización, la protagonista experimenta una metamorfosis visual y conceptual que la emparenta directamente con el ascetismo mesiánico de Lawrence de Arabia, esquivando con fortuna el nihilismo destructivo del Fitzcarraldo herzogiano para abrazar una lucidez obsesiva rayana en la locura creativa. El ritmo interno de la cinta se dilata y la imagen adquiere un lirismo de alta fidelidad plástica; la fisicidad con la que se filma a Reiche barriendo las arenas para desvelar el mayor calendario astronómico al aire libre de la humanidad se convierte en un acto de resistencia formal. Los conflictos sistémicos del inicio se disuelven en una poética del espacio donde el antagonista ya no es el orden social, sino la erosión inclemente del tiempo y la rapacidad pragmática del capital financiero.
A pesar de que el filme no logra sacudirse por completo la ortodoxia académica del melodrama histórico más codificado —revelando filiaciones estéticas con la lírica de Sydney Pollack en Memorias de África—, su honestidad intelectual termina por imponerse. Existe un conflicto latente en su dimensión ideológica, al operar por momentos bajo la lógica del panegírico eurocéntrico sobre la mujer blanca que «redime» el patrimonio indígena, pero Dorsaz mitiga esta fricción ética subordinando el ego de la cronista a la sacralidad geométrica del paisaje precolombino. De esta manera Lady Nazca se eleva como una brillante apología de la arqueología entendida no como mera catalogación museística, sino como un acto de restitución ontológica y justicia histórica para con las civilizaciones invisibilizadas. Al equilibrar la vibración del descubrimiento con el rigor de la composición formal, la película trasciende el peaje del biopic convencional para consolidarse como una obra sobresaliente y magnética, capaz de vehicular la pasión humana a través de la pureza de las formas cinematográficas. ♦









