|| Críticas | Cannes 2026 | ★★★★★
All of a Sudden
Ryûsuke Hamaguchi
Devolvernos la humanidad
Ignacio Navarro Mejía
Cannes (Francia) |
ficha técnica:
Francia, Japón, Alemania, Bélgica, 2026. Título original: «Soudain» (All of a Sudden). Dirección: Ryûsuke Hamaguchi. Guion: Ryûsuke Hamaguchi y Léa Le Dimna (Basado en el libro de correspondencia de Maoko Miyano y Maho Isono). Compañías: Cinefrance Studios, Office Shirous, Bitters End, Heimat Films, Tarantula, GapBusters. Festival de presentación: Cannes 2026 (Sección Oficial a Competición). Distribución en España: Caramel Films. Fotografía: Alan Guichaoua. Montaje: Azusa Yamazaki, Minori Akimoto. Música: Samuel Andreyev. Reparto: Virginie Efira, Tao Okamoto, Kyozo Nagatsuka, Kodai Kurosaki, Jean-Charles Clichet, Marie Bunel. Duración: 196 minutos.
Francia, Japón, Alemania, Bélgica, 2026. Título original: «Soudain» (All of a Sudden). Dirección: Ryûsuke Hamaguchi. Guion: Ryûsuke Hamaguchi y Léa Le Dimna (Basado en el libro de correspondencia de Maoko Miyano y Maho Isono). Compañías: Cinefrance Studios, Office Shirous, Bitters End, Heimat Films, Tarantula, GapBusters. Festival de presentación: Cannes 2026 (Sección Oficial a Competición). Distribución en España: Caramel Films. Fotografía: Alan Guichaoua. Montaje: Azusa Yamazaki, Minori Akimoto. Música: Samuel Andreyev. Reparto: Virginie Efira, Tao Okamoto, Kyozo Nagatsuka, Kodai Kurosaki, Jean-Charles Clichet, Marie Bunel. Duración: 196 minutos.
Toda esta reflexión enmarca pero, a la vez, se reproduce en la última película de Ryûsuke Hamaguchi, Soudain, que en efecto hace referencia directa, e insistente, a la degradación humana provocada por el progreso civilizatorio guiado por el capitalismo. Lo hace en el escenario de un centro francés dedicado al cuidado de enfermos terminales o de edad avanzada, la mayoría con Alzheimer, seres humanos olvidados entonces por el resto de la sociedad, cuyos individuos más jóvenes siguen avanzando en su propio interés y beneficio, ignorando la mayoría que nada podrá evitar, aparte de una muerte prematura, que acaben como aquellos residentes del centro. La línea que separa la juventud y la vejez es solo cronológica, y fugaz, pero muchos viven ignorando este estado de tránsito, tratando a los mayores o enfermos como si pertenecieran a otra especie. Ya el citado Kant decía (parafraseamos), siguiendo a San Agustín, que debe tratarse a los demás como se desearía ser tratado, en suma, regla moral despreciada por demasiadas personas. Incluso los enfermeros y sanitarios, personas a priori más concienciadas por vocación, argumenta la directora del susodicho centro, deben renovar sus métodos para hacerlos más humanos. Esto supone, simplemente, tratar al enfermo como a un igual, con pautas tan poco inéditas como mirarle directamente a los ojos, avisar antes de tocarle el cuerpo o explicarle lo que está sucediendo a su alrededor. Todo esto se muestra en la película con estética casi documental, mientras que la reflexión anterior se expone de manera didáctica, casi aleccionadora, aunque todo está integrado en una ficción omnicomprensiva.
Esta integración es de tal enjundia que lo documental se funde con la representación y lo didáctico con el diálogo íntimo. Las primeras secuencias ambientadas en el centro exigen de inmediato hacer partícipe suyo al espectador (incluso rompiendo los márgenes habituales de un encuadre, por ejemplo recortando perfiles), si bien partiendo de su mirada ajena, como en una obra de teatro que acaba requiriendo el concurso de la audiencia. Y como en la obra cuyo actor habla un idioma extranjero (aquí el japonés), aunque una pantalla anexa proyecte sus subtítulos, también en la interacción con esos enfermos, privados poco a poco y de manera inexorable de su capacidad de expresión verbal, la comunicación no debe ser solo a través de la palabra, sino de otros sentidos. Esta reconversión múltiple del lenguaje, poniendo en paralelo los escenarios cotidiano y teatral, y poniendo así al público ante una situación de desconocimiento inicial para luego aprehender su esencia desde otra cosa que su descripción idiomática, ya la exhibió Hamaguchi en Drive My Car, retornando ahora sobre esta idea. Hay una obra representada en dos ocasiones, primero en una sala propiamente dicha y luego en los jardines del centro, donde los pacientes pasan de ser observados a observadores y en fin a compenetrarse con los demás. Se rompe así la barrera entre el espectador, que se cree invulnerable, y los personajes, condenados ya a morir, pues todos son humanos mortales.
Por otro lado, en cuanto al componente didáctico, supera también la barrera idiomática superficial, pues expone ideas universales. Y no lo hace de manera discordante con el desarrollo narrativo, por así decir, convencional, sino como prolongación de un diálogo que arranca desde el interés profesional. La protagonista directora del centro es antropóloga de formación, y explica los resultados de su investigación sobre el declive demográfico de las sociedades capitalistas avanzadas, explicación natural al surgir de tal interés. ¿Quién no suele preguntar a alguien que acaba de conocer sobre a qué se dedica, sobre su trabajo? Del mismo modo, su interlocutora coprotagonista, dramaturga con metástasis, es filósofa por estudio, y prosigue así el diálogo con su explicación o interpretación sobre la merma de tiempo y espacio humano que acarrea el capitalismo. Lo hace incluso con señales dibujadas en una pizarra, pero no está impartiendo una clase magistral, sino manteniendo una conversación privada. Que la charla supere lo intrascendente y entre en este terreno más sesudo es, como decimos, una consecuencia lógica de su origen. Ahora bien, ambas protagonistas son conscientes de que ese diálogo (primero en japonés, luego cada una con su idioma materno, dando una nueva pista de que el lenguaje entre dos congéneres es intercambiable) es insuficiente para conocerse. Por ello llegan a afirmar mucho más adelante que apenas se conocen, pues la palabra solo permite cierto grado de entendimiento, mientras que una conexión verdadera funciona a otro nivel, más primitivo y emocional.
La emoción que emana de Soudain viene propiciada por su temática, como es obvio, pero es mucho más amplia, pues su principal razón de ser es redescubrir ese contacto humano. Y Hamaguchi no incide en el sentimentalismo que podría extraerse de la enfermedad constante, pues apuesta más que nunca por una visión ligera, luminosa y esperanzada (tras el paréntesis de su cinta anterior, El mal no existe). La película quiere que no renunciemos a la empatía, que puede recuperar hasta el más escéptico, y lo hace a corazón abierto, pero sin edulcorar ni simplificar el drama. Por el contrario, lo afronta desde la serenidad y la comprensión, profundizando en él gracias a esas varias interpretaciones que buscan darle el tratamiento más integral posible. Al mismo tiempo, y milagrosamente entre tanta lectura y análisis, el metraje nunca pierde el foco. Las protagonistas, como adelantábamos, son dos mujeres tan prácticas como intelectuales, unidas por una circunstancia casual que se prolonga gracias al pensamiento compartido. Además, este no solo se revela en sus acciones más o menos dialogadas, sino en su puesta en escena. La cámara de Hamaguchi nunca es intrusiva, pero se permite sentar cátedra, tanto desde el movimiento como desde el estatismo, destacando al menos dos planos para el recuerdo.
El primero es un plano secuencia dinámico, de las dos mujeres bajando al anochecer unas escalinatas que casi desembocan en el río Sena, y el movimiento es tan perceptible como ilusorio, pues está rodado desde la parte baja de las escaleras y da la impresión de que las mujeres, mientras bajan, apenas se mueven, prolongando lo que sería un mero instante entre ellas, de transición, hasta algo más duradero, caminata casual que desemboca en toda una noche de confidencias. El segundo es estático, de las dos mujeres ahora sentadas al amanecer en la parte alta de un monte cercano a Kioto, que da sobre un paisaje campestre progresivamente iluminado por el sol naciente. Aquí están quietas, como lo está la cámara, pero la percepción del tiempo que pasa es mayor, como si faltara menos para que llegara a su fin. En la primera escena no conocemos el diagnóstico de la dramaturga y parece que su conversación con la directora puede extenderse sin límites ni sentencias, al contrario que en la segunda escena, en que lo efímero de ese tiempo es manifiesto. De hecho, Soudain, con un metraje de nada menos que 196 minutos, reformula por entero lo que entendemos por mero paso del tiempo. No es una película larga cuando logra condensar tanto unas vidas humanas como su enfoque humanista. De las dos principales, una va y viene y la otra permanece, como si no hubiera pasado el tiempo (simetría entre principio y final incluida), pero sin duda ha transcurrido. De hecho la vida y el enfoque de la directora han mutado, entre ese principio y ese final, como debería hacerlo la de cualquier persona que vea está película imprescindible. Estamos, se puede decir ya, ante una de las películas más importantes del cine del siglo XXI, y su visionado debería ser lo más extendido posible, para ojalá, sean diez, mil o millones de personas las que lo hagan, podamos volver a entender lo que significa ser humano y lo que debería significar nuestra humanidad. ♦










