Introduce tu búsqueda

marcel pagnol
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Hasta la montaña

    || Críticas | ★★☆☆☆
    Hasta la montaña
    Sophie Deraspe
    De mitólogos y cineastas


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Canadá, Francia, 2024. Título original: «Bergers». Dirección: Sophie Deraspe. Guion: Sophie Deraspe, Mathyas Lefebure (basado en la novela D'où viens-tu, berger? de Mathyas Lefebure). Compañías: micro_scope, Avenue B Productions. Festival de presentación: 49.º Festival Internacional de Cine de Toronto - TIFF (Premio a la mejor película canadiense); Festival de Cine Francés de Málaga 2025. Distribución en España: Surtsey Films. Fotografía: Vincent Gonneville. Montaje: Stéphane Lafleur. Música: Philippe Brault. Reparto: Félix-Antoine Duval, Solène Rigot, Guilaine Londez, Michel Benizri, David Ayala, Véronique Ruggia Saura, Younès Boucif, Bruno Raffaelli, Aloïse Sauvage, Jean-Claude Baudracco, Yamin Dib, Gérard Dubouche, Jonathan Darona. Duración: 113 minutos.

    El plano general de una montaña se funde sobre el rostro de un joven mientras duerme. De fondo, música idílica. La asociación no es nueva: la naturaleza como sueño, como válvula de escape devenida deseo. El joven protagonista, como no puede ser de otra forma, tiene un trabajo que está estrechamente ligado a la sobreestimulación que define la actualidad —publicista— y que no tarda en abandonar tras sufrir un desmayo en mitad de la calle. La ciudad canadiense en la que vive es un entorno deshumanizado en el que la vida no pasa de ser un simulacro; al menos eso insinúa él cuando afirma que “la vida en el campo es la real”. Siguiendo esa más que cuestionable premisa, el joven treintañero se marcha a la campiña francesa con la intención de trabajar como pastor. Los ancianos con boina y camisa de cuadros que juegan a la petanca en la plaza del pueblo, los libros sobre la vida pastoril y las herramientas artesanales son, desde su paternalista punto de vista, un fetiche exótico: los observa con pasión porque le remiten a una vida antagónica a la suya y, por ello, los ha idealizado. Así, lo primero que queda claro en Hasta la montaña es que las imágenes no se van a ajustar a la realidad, sino que van a ser la proyección de la concepción que de ella tiene el joven personaje. La película, por mucho que plantee las contraposiciones ciudad/campo y consumismo/naturaleza como si de un movimiento rupturista se tratase, no se sale nunca del marco publicitario que tanto busca criticar y que asocia exclusivamente con la “vida deshumanizada de las ciudades”.

    De hecho, es el propio protagonista quien, a petición de un amigo, expresa sus planes de futuro a través de un improvisado eslogan que no podría estar más regido por la lógica del marketing: “si el mundo tiene que venirse abajo, la economía o el clima, quién sabe qué será primero, prefiero ser pastor y no haber participado demasiado en ello”. La absurda demostración de ingenuidad que supone creer que la ganadería está al margen del capitalismo nunca es refutada por las imágenes de Hasta la montaña. De hecho, las duras condiciones en las que trabajan los pastores, la explotación a la que muchos se ven sometidos, la adversidad del clima, los bajos salarios pagados en negro y la ausencia de condiciones laborales dignas son en todo momento presentadas como impedimentos que dificultan alcanzar esa imagen idealizada que tanto desea el personaje. Hay, sin embargo, un motivo por el que Sophie Deraspe decide no mostrar directamente dicha imagen: y es que esos “obstáculos” que se interponen entre el protagonista y su deseo inalcanzable —por irreal— son los materiales con los que construir una perfecta “experiencia” envasada al vacío, aquello, precisamente.

    Deraspe no filma, por tanto, una película sobre la vida ganadera, sino una sobre un turista que juega a ser pastor durante unos días. De ahí la contradicción de una obra que quiere rechazar la lógica mercantil capitalista pero que es incapaz de mirar el mundo si no es a través de sus ojos y que, por tanto, entiende la realidad como un bache que limar, manipular o edulcorar para que pueda formar parte de ese todo homogéneo que es el sueño idealista del protagonista. La campiña francesa se convierte en el fondo idílico en el que tiene lugar un anuncio televisivo de casi dos horas. Praderas, montañas y valles son convertidos en lugares cerrados y fríos, en símbolos que condensan una visión concreta de la naturaleza: aquella que expresa la publicidad que el protagonista dice rechazar. La ganadería como realidad nunca llega a hacer acto de presencia en la película, porque lo que se busca es ofrecer la ilusión de una vida ya de por sí ilusoria. Los grandes planos generales del paisaje pretenden epatar a los espectadores y convertirlos en potenciales turistas o clientes. La imagen se convierte en un cebo, en una herramienta con la que crear un deseo artificialmente.

    “Estoy buscando una experiencia que sea auténtica”, dice el protagonista en otro momento. Su problema, y el de la propia cinta, está en considerar la vida como un conjunto de “experiencias” verdaderas o falsas, puesto que cualquier reflexión que parta de dicha premisa no es sino una extensión de ese lenguaje publicitario del que se pretende escapar. ¿Es una paradoja que Hasta la montaña haga constantes referencias a la realidad al mismo tiempo que la manipula para ofrecer imágenes que de real no tienen nada? No, puesto que eso es precisamente lo que hacen los anuncios, los resorts de lujo y las experiencias organizadas para turistas, que son el sustrato del que se nutre el imaginario de la película. La estrategia consiste en presentar como real algo que es pura invención e insistir en ello hasta conseguir que esa mentira arraigue en el imaginario colectivo. Aquella distinción entre los mitólogos y los novelistas que acuñó el escritor Carlos Blanco Aguinaga sigue siendo útil a la hora de trazar una separación entre los artistas —directores, en este caso— que buscan indagar en la realidad y aquellos que pretenden falsearla. Así, Hasta la montaña no pasa de ser un intento más de actualizar el mito de la naturaleza como espacio inmutable en el que se encuentra la esencia de la vida y que, a su vez, sirve como refugio en el que resguardarse de las vicisitudes de un mundo deshumanizado, puesto que se mantiene alejado de él. En palabras del protagonista: “recuerdo vagar buscando el Ser, perdido en textos literarios, suponiendo que podía hallarse en las palabras. Error. El Ser está en la cima”.

    Los esencialismos cutres declamados por el personaje encuentran su eco en el desenfoque parcial que Deraspe le aplica a cada plano, y con el que pretende convertir el espacio natural en una reminiscencia impresionista carente de dobleces y de formas afiladas o agresivas: la divinidad del “Ser” hay que buscarla en figuras blandas y planas. La música idílica, el énfasis en la “espectacularidad” del tamaño de las montañas y los parajes verdes, el tratamiento de la luz natural —que empieza siendo atenuada y termina convertida en mero medio de iluminación que ni siquiera produce sombras ni sufre cambios de intensidad a lo largo del día (de nuevo: la realidad no está permitida)— y las declamaciones en off pretendidamente trascendentes, dan lugar a unas imágenes que bien podrían formar parte del catálogo de una agencia turística que quiere vender la experiencia de la vida en la campiña francesa. Deraspe se encuentra dentro del grupo de los mitólogos, pero sus imágenes no tienen la sutileza suficiente como para presentar su mentira como la verdadera realidad, puesto que no beben del propio mito, sino de la versión que la publicidad ofrece del mismo. La película, por tanto, no es sino el reduccionismo audiovisual —que no fílmico: el cine no aparece aquí por ninguna parte— de un falseamiento de la realidad; la conversión de un cliché en otro cliché, similar al original, pero más superficial, efectista y autoconsciente pese a su aparente ingenuidad. ♦


    da la residencia letterboxd whatsapp

    Estrenos

    El imperio
    la residencia
    PUBLICIDAD

    Circuito

    Breien
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción