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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Manas

    || Críticas | ★★☆☆☆
    Manas
    Marianna Brennand
    El paroxismo academicista


    Mario Peña
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Brasil, Portugal, 2024. Título original: «Manas». Dirección: Marianna Brennand. Guion: Felipe Sholl, Marcelo Grabowsky, Marianna Brennand, Antonia Pellegrino, Camila Agustini, Carolina Benevides. Compañías: Inquietude, Globo Filmes, Canal Brasil, Pródigo, Fado Filmes, Les Films du Fleuve (Jean-Pierre y Luc Dardenne). Festival de presentación: 81.º Festival Internacional de Cine de Venecia (GdA Director's Award - Mejor Dirección en Giornate degli Autori). Distribución en España: Silencio Cinema. Fotografía: Pierre de Kerchove. Montaje: Isabela Monteiro de Castro. Sonido: Miriam Biderman, Ricardo Reis. Reparto: Jamilli Correa, Fátima Macedo, Rômulo Braga, Dira Paes, Enzo Maia, Gabriel Rodrigues, Samira Eloá, Emily Pantoja. Duración: 106 minutos.

    Hay cierta tendencia en el cine contemporáneo producido en países en vías de desarrollo de supeditar sus historias a cierto fatalismo narrativo y naturalismo formal, buscando ineludiblemente complacer la mirada occidental, cuya concepción desdibujada reduce estos territorios a su condición tercermundista o a sus elementos culturales más identificativos, condicionando la voz propia del realizador al academicismo de festivales, sediento de las narraciones melodramáticas que sistemáticamente son premiadas y visibilizadas en estos. “Necesaria”, “valiente” o “comprometida” son los adjetivos que salen a relucir por la crítica especializada cada vez que una nueva cinta de estas condiciones aparece en cartelera, creando así un círculo vicioso entre la recepción occidental de estos trabajos y la creación de los mismos. Ciñéndonos estrictamente al cine brasileño, encontramos ejemplos paradigmáticos en, sin ir más lejos, la recién estrenada El agente secreto o la última ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional Aún estoy aquí. Estos proyectos, que se recreaban en los crímenes cometidos en la dictadura militar que sufrió el país, son ejemplos temáticos, aunque los haya también formales, como Ciudad de Dios, que adaptaba la hipervitaminada narración scorsesiana a la violencia que rige las favelas. Esa subordinación ético-estética es, en Manas, ópera prima de Marianna Brennand, un ente omnipresente que articula todas las decisiones dramatúrgicas y formales en este relato de violencia y abuso sistemático a las mujeres en las comunidades amazónicas.

    El verismo que la cámara de Brennand pretende filmar, ese donde una joven muchacha de trece años, Marcielle, abusada sexualmente de manera recurrente por su padre encuentra como única vía de escape la prostitución, no es más que una amalgama de desdichas que acaecen por casualidad a la protagonista, siendo ella delegada a ser un mero objeto pasivo dentro del relato que protagoniza. El arquitramado narrativo de la brasileña expone toda una serie de violencias, tanto subyacentes como explícitas, que erigen por acumulación la identidad - o la falta de ella- de Marcielle, cuyo fatalismo existencial inherente a su condición vital es de un paroxismo tal que llega a trascender lo melodramático para vacilar en ciertas secuencias en lo paródico. En la concatenación de desgracias acaecidas no se hace patente más que la pluma de trazo grueso con la que se ha escrito el guion, esbozado a través del efectismo y cuyas costuras son más que visibles debido a los manidos mecanismos emocionales empleados. Los personajes femeninos de esta cinta en contadas ocasiones no son encuadrados por y exclusivamente para ejercer como objetos violentados, sin identidad ni rol más allá que el de víctimas del patriarcado imperante en su región, así como los hombres no son más que puros ejercientes de esa opresión. Una de las grandes preguntas que trae consigo esta decisión dramática es: ¿Y de dónde proviene esta violencia respecto a las mujeres? ¿Es debido al deje patriarcal que históricamente el mundo arrastra?¿Es quizá por el subdesarrollo de las comunidades amazónicas? Brennand no parece querer responder a ninguna de estas cuestiones, hecho que desciende sus secuencias a puramente arbitrarias, señalando el síntoma sin siquiera esbozar la enfermedad.

    Esta ambigüedad discursiva tan recurrente en la cinta nos puede hacer remitir a El pagador de promesas (1962), obra magna del cine brasileño, cuyo estudio de la raíz de la opresión en las clases populares era tan conciso y diáfano que, en aquella legendaria primera secuencia costumbrista, Anselmo Duarte ya definía los ejes de alineación con los que articularía todo el martirio del paupérrimo Zé y el porqué de la opresión teológica que el Padre Olavo ejercería en su contra. La imposición de la iconografía católica y la posterior simbiosis con las creencias paganas de los esclavos africanos eran, para Duarte, la contradicción fundacional religiosa del pueblo brasileño. Esa tesis temática funcionaba como la Estrella del Norte del relato, guiando e hilvanando todo el relato posterior. Todo lo contrario sucede en Manas, cuya deslavazada narración une torpemente a la víctima con su victimario, sin filmar los engranajes de esa violencia tan tristemente patente en el mundo de hoy. Más allá de la desconexión emocional que el espectador pueda sentir debido al libreto, la puesta en escena de la cineasta resulta concebida desde un dinamismo y una viveza escenográficas realmente funcionales, que, debido a una rudeza compositiva —donde se enclaustra a las mujeres protagonistas en primerísimos primeros planos sin ápice de aire y donde el rostro femenino es trazado como topografía de una represión antigua y parasitaria, sin comienzo ni final—, los escuetos elementos con los que el naturalismo de la realizadora cuenta le son más que suficientes para concebir imágenes expresivas y trazar con la cámara escenas individualmente óptimas, pero que, en su diálogo con las consecuentes, se ven despuntadas y, hasta cierto punto, caóticas en su abrupto montaje. ♦


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