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    Crítica | Navidad en Baltimore

    || Críticas | ★★★★☆
    Navidad en Baltimore
    Jay Duplass
    Cada vez más cerca


    Nacho Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: «The Baltimorons». Dirección y guion: Jay Duplass y Michael Strassner. Compañías: Duplass Brothers Productions. Festival de presentación: South by Southwest Film & TV Festival. Distribución en Estados Unidos: IFC Films; distribución en España: Movistar+. Fotografía: Jon Bregel. Montaje: Jack Deuby. Música: Jordan Seigel. Reparto: Michael Strassner, Liz Larsen, Olivia Luccardi. Duración: 101 minutos.

    Desde sus primeros trabajos considerados parte del movimiento mumblecore de principios de siglo, la obra de los hermanos Duplass ha respirado en su experiencia personal, asumiendo una premisa automática y militante de hacer un cine en el que jóvenes adultos narrasen historias de jóvenes adultos, una vocación que se ha mantenido con el tiempo conforme ambos cumplían años, quedando reflejada en historias que poco a poco hablaban de lo que es tener treinta y muchos, cuarenta y pocos.... En este sentido, hay un aspecto que recorre su filmografía y que se contagia a este primer largometraje concebido casi completamente en solitario por Jay (Mark aparece únicamente como productor ejecutivo) que es el acercamiento a un tipo de personaje cuya vida se encuentra en un cierto estado de reconstrucción. Una ruptura, un despido o, como ocurre en Navidad en Baltimore (2025), un intento de suicidio y un proceso de rehabilitación desencadenan relatos de reencuentro con uno mismo que siempre se ven atravesados por el apoyo en los demás. Esta suerte de arquetipo -si lo podemos llamar así, pues es la vida misma, el tiempo y la madurez la materia prima del cine de los Duplass- que experimenta un viaje emocional, ha tendido a asumir también una condición de deriva física que queda reflejada en el entorno, confeccionando así una serie de relatos de personajes en movimiento, ya sea en la road movie que se plantea en The Puffy Chair (2005), las mudanzas de Cyrus (2010), la aventura por los alrededores de Nueva Orleans y la autopista de Jeff y los suyos (2011) o el propio deambular de Cliff y Didi por las calles invernales de Baltimore.

    No obstante, hay varias cuestiones que hacen de Navidad en Baltimore un eslabón muy particular en el cine de los Duplass. En primer lugar, esa dimensión autoficcional que puebla su filmografía y que normalmente se manifestaba en el hecho de que Mark actuase en gran parte de los cortometrajes y largometrajes, adquiere un nuevo carácter en esta película que Jay coescribe junto al protagonista Michael Strassner, desarrollando un personaje basado en la propia vida del cómico nativo de Baltimore y su proceso de rehabilitación. Así queda planteado el personaje de Cliff que, tras un inesperado accidente el día de Nochebuena, se ve obligado a dejar a su pareja y a sus suegros con los preparativos de la noche y acudir de emergencia a la única dentista disponible en la ciudad. Esta es Didi, una mujer de mediana edad alejada de su familia a causa del divorcio que se muestra reticente a presentarse a la cena navideña, quien lo acompañará inesperadamente en una atípica Nochebuena en la que recorrerán la ciudad, en una película que se alimenta hábilmente de los códigos de la comedia romántica casi más que ninguna otra de su filmografía.

    Por otro lado, ese carácter de los primeros trabajos de los Duplass, en los que el acting naturalista, la improvisación y la predilección por detenerse en los diálogos, las miradas y los silencios quedaban sometidas a la cámara digital y al bajo presupuesto de las producciones, les permitieron desarrollar desde un inicio una compleja puesta en escena del encuentro. Este imaginario autoral de las relaciones humanas basado en lo accidental como motor narrativo -algo especialmente notable en Jeff y los suyos, en la que constantes gestos azarosos van juntando a los protagonistas en el espacio- y cuya medida representativa es precisamente la distancia que separa a los protagonistas (el propio título de su serie Togetherness (2015) hace referencia a esa necesidad de proximidad de los cuerpos), en Navidad en Baltimore cambia levemente debido a una decisión muy particular: el rodaje en celuloide. Y es que, desde sus primeros cortometrajes abundaban los veloces zooms (de nuevo inherentes a ese cine digital de videocámara) y la cámara en mano, dos gestos que evidenciaban visualmente esa distancia, poniendo el foco en los rostros y el espacio físico entre ellos a través de rápidos y constantes movimientos. Esos dos recursos tan perceptibles ahora se suavizan con la filmación en 35 mm por una pura cuestión técnica; los zooms son más lentos y la cámara en mano es menos brusca, pero definitivamente continúan ahí. Como resultado, en Navidad en Baltimore la voluntad de salvar la distancia entre Cliff y Didi resulta más sosegada y el aire entre ambos parece aumentar su densidad, algo que quizás tiene que ver en cierta medida con ese tiempo suspendido que siempre parecen acarrear las festividades navideñas, dando como fruto un relato de enorme calidez que vuelve a sostenerse en las miradas y, una vez más, en el plano-contraplano.

    Así, los dos personajes vislumbran esa vía a la sanación gracias al tiempo compartido con el otro, haciendo que Navidad en Baltimore, al igual que todo el cine de los Duplass, evite la simple fórmula de la redención para ahondar en aquello que permanece, esas experiencias que, lejos de desaparecer y quedar superadas, pasan a formar parte de uno mismo y a acompañarlo en el camino. En relación con esta idea, es especialmente significativo el título y tema de su primer cortometraje, The new Brad (2005), en el que el joven protagonista hace constante referencia a ese “nuevo Brad” que quiere ser y todo aquello que promete cambiar antes de emprender un revelador viaje para reconquistar a su exnovia. Algo similar reverbera en la conclusión de Navidad en Baltimore cuando Cliff acude a una nueva sesión de terapia grupal en la que afirma: «sigo siendo alcohólico, algo de lo que definitivamente me he dado cuenta en las últimas 24 horas». Jay Duplass confecciona otro brillante retrato de la vulnerabilidad, evitando cualquier aproximación condescendiente que se compadezca de sus personajes e instrumentalice su dolor y su situación, devolviendo por contra una mirada en defensa de la necesidad de reconectar con el otro, haciendo de ese entrelazamiento de cuerpos y emociones un nuevo ejemplo de compromiso con lo colectivo como única manera de afrontar el futuro. ♦


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