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    Crítica | The Square

    Empty spaces in crowded places

    Crítica ★★★★★ de The Square, de Ruben Östlund (Suecia, 2017).

    ¿Sobrexplicación o provocación? No podemos negar que la línea conceptual que separa la intencionalidad artística de la figurativa es, en ocasiones, demasiado difusa y con tendencia a la idealización benevolente de una crítica ansiosa por ofrecer la visión más elocuente de un lienzo en blanco. En cualquier caso, eso es lo que propone el arte desde el surgimiento de los “ismos”; la obra ya no tiene que explicar, ni tan siquiera insinuar, ahora sólo tiene que mostrarse como mensaje, dejar que sea el lector quien haga el trabajo duro, quien comience a contestar de manera interna la preguntas que surgen de esa exhibición, de esa provocación incoherente. La selección de colores, la disposición geométrica, la presencia o ausencia de elementos de contraste, la textura, la sensación… todo corresponde a un patrón conceptual mediante el que alcanzaremos una opinión sobre dicha obra que, en la mayoría de los casos, se verá comprometida o reconfigurada en el momento que otra persona obtenga respuestas diferentes a las nuestras. ¿Qué diferencia la serie de White and Gray de Mark Rothko de un simple degradado horizontal monocromático al alcance de cualquiera con acceso a una cera blanca y otra negra? ¿De dónde viene tanta veneración por un dibujo bastante mediocre de una lata de tomate? Todo es interpretación en el arte moderno y, el director sueco Ruben Östlund lo sabe. Por ello, con su película The Square, no pretende ridiculizar este movimiento analítico, sino crear una pieza más de su acervo exegético. La última ganadora de la Palma de Oro en Cannes se fundamenta en la provocación y la ironía, conceptos que funcionarán únicamente bajo el constante uso de la pregunta y la presunción de trasgresión.

    Östlund plantea una trama muy sencilla que girará alrededor de un nuevo conservador de museo —Curator, por usar el tendencioso anglicismo—, que llega para presentar la nueva exposición cuyo título da nombre a la película. Sin embargo, ni es el desarrollo (inexistente) de este personaje lo que interesa al realizador, ni tampoco la obra de arte conceptual que se ilumina a las afueras del museo ante la abúlica indiferencia del público, sino el resto de banalidades sociales y laborales que suceden a raíz de la llegada de este forastero. Para sembrar la semilla de la duda y la incógnita, el director utiliza una técnica warholiana, consistente en la reiteración compulsiva y evidente. Recordamos aquí la serie de composiciones de series duplicadas de iconos expuesta por Warhol, desde las 32 latas de sopa, hasta la multiplicación de un Elvis pistolero. La crítica no aceptaba lo que entendían como una falta de originalidad y, cuanta mayor era la controversia, más evidentes y exageradas eran esas repeticiones, alcanzando momentos de violencia descarnada, obligándonos a mirar, hasta 15 veces, la absoluta y devastadora tragedia de un accidente de coche, eso sí, en glamuroso color plata. Una pieza abucheada en su día que, no obstante, llegó a subastarse hace un año por la desconcertante cifra de 78 millones de dólares. En efecto, ése es el valor actual de lo que ayer se vio como un simple negativo superpuesto de un accidente automovilístico.

    «Sin grandes excesos de pirotecnia ni otorgar concesiones, Ruben Östlund trasgrede la dicotomía imperante en el estudio, interpretación y representación del arte, aniquilando el maniqueísmo vigente a golpe de sarcasmo y displicencia».


    La reiteración humorística y naíf inicial de Östlund nos lleva a una interpretación similar del hecho artístico, al prolongar los gags cómicos hasta lo chabacano y lo mediocre, como un enfermo de síndrome de Tourette blasfemando en mitad de una ponencia tan hierática como suelen serlo aquellas dedicadas a asuntos de conservación artística de alto estándar. Hallamos aquí una obviedad paródica de cuestionable buen gusto, que llega a ser explotada hasta las últimas consecuencias, desposeyendo al chiste de su gracia e incidiendo en la misma burla una y otra vez, hasta que la incomodidad y el absurdo superan cualquier planteamiento formal. Esta estrategia se repetirá en varios contextos dentro del mundo del arte y fuera de él, abordando temas como el sexo, el dinero, la amistad y, sobre todo, la jerarquía, la territorialidad y la constante comparación entre el hombre y la bestia. Un juego de perspectivas que desemboca en el particular Accidente de coche en plata de Östlund, representado en una escena brutal, de una duración tan desproporcionada y una crueldad de tal progresión que desestabiliza al espectador, pues lo obliga a adoptar un sistema de visionado adaptativo mediante el que pasará de la relajación propia de una secuencia cómica, a la tensión inaguantable producto de una de las escenas más exageradas y violentas de la última década. La desgarradora toma se presenta como una simple mise-en-scène destinada al divertimento de los escépticos comensales invitados a una glamurosa cena. Sin embargo, lo que comienza como una simple escenificación alegórica del hombre y sus raíces más prehistóricas, va tomando un cariz demasiado dilatado e impetuoso. Tras los primeros diez minutos, el sujeto que ha hecho aparición imitando los sonidos y el lenguaje corporal de un gorila, ha sometido y atemorizado a toda la sala, que atiende con lágrimas de humillación y terror en los ojos el ritual de dominación del hombre-bestia, cuya interpretación es de una exactitud tal que, por momentos, nos preguntamos si no estamos ante el mismísimo eslabón perdido. Serán los pocos incrédulos que todavía cuestionen la autoridad real del supuesto actor quienes terminen pagando el terrible precio de su osado atrevimiento, sirviendo como ejemplo de un escarmiento público asfixiante.

    En esta larguísima escena que funciona como compendio general de toda la película en su vehemente insistencia, en la reiteración del chiste fácil que termina por transmutar en un atentado impúdico al conservadurismo, es donde conseguimos apreciar la exposición de credenciales de un director que, no critica, sino que trasgrede en su producto imitativo, una sutil contradicción con la que busca el hostil desafío de una crítica pesimista y en constante desilusión por los valores posmodernos. ¿Queremos decir con ello que los que opinen que ésta es una película vacía, no han conseguido llegar a un correcto entendimiento de la misma?, ¿o que aquellos quienes piensan que se trata de una crítica sarcástica al encorsetamiento y pretensión del arte moderno, están también equivocados? Por supuesto que sí, pero no dejará de ser otra percepción más, una opinión fundamentada por el uso de ciertas herramientas de análisis y valoración artísticas, como son el tiempo y el espacio, la identidad, el aprovechamiento de recursos escénicos y la semántica de una obra que indudablemente alcanza su objetivo de plantear preguntas de resolución subjetiva. Una especie de descubrimiento guiado hacia la percepción personal de lo que entendemos por arte, por cine y por el cada vez más deformado término de obra maestra. Sin grandes excesos de pirotecnia ni otorgar concesiones, Ruben Östlund trasgrede la dicotomía imperante en el estudio, interpretación y representación del arte, aniquilando el maniqueísmo vigente a golpe de sarcasmo y displicencia. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Suecia, 2017. Título original: The Square. Director: Ruben Östlund. Guion: Ruben Östlund. Duración: 142 minutos. Fotografía: Fredrik Wenzel. Música: Rasmus Thord. Productora: Plattform Produktion / ARTE France Cinéma / Coproduction Office. Edición: Jacob Secher Schulsinger y Ruben Östlund. Diseño de vestuario: Sofie Krunegård. Diseño de producción: Josefin Åsberg. Intérpretes: Claes Bang, Elisabeth Moss, Dominic West, Terry Notary, Christopher Læssø, Marina Schiptjenko, Elijandro Edouard, Daniel Hallberg, Martin Sööder, Linda Anborg, Emelie Beckius, Peter Diaz, Sarah Giercksky, Jan Lindwall. Presentación oficial: Festival de Cine de Cannes, 2017: Palma de Oro.


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