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    Crítica | The Bad Batch

    No hay leyes en tierra de nadie

    Crítica ★★★ de The Bad Batch (Ana Lily Amirpour, Estados Unidos, 2016).

    Con solo dos películas en su haber, la realizadora Ana Lily Amirpour ya puede presumir de poseer una de las voces más interesantes y personales del reciente cine fantástico, un panorama tan necesitado de revulsivos como el que, sin duda, significó su ópera prima Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), aquella sensacional historia indie de vampiros ambientada en la iraní Bad City, en la que el expresivo uso de la fotografía en blanco y negro (casi parecía una novela gráfica en movimiento, que podría enamorar al mismo Frank Miller) y de una banda sonora ecléctica se erigían en seña de identidad de un producto que jugueteaba con géneros tan dispares como el terror, el western o el romance entre personajes solitarios e inadaptados. Si ya en aquella película, Amirpour mostró su debilidad por este tipo de despojos de la humanidad, conformado por delincuentes, drogadictos o prostitutas sin rumbo, para su siguiente trabajo The Bad Batch (2016) ha construido un nuevo universo para exclusivo lucimiento de todos ellos, tan sui géneris (a pesar de su mezcolanza de ingredientes e influencias prestadas de otros títulos, se las apaña para no caer en el pastiche indigesto y crear un todo con personalidad propia) como el de su debut, rodado con idéntica fiereza y valentía pese a acercarse un poco más al cine comercial, al contar con la complicidad de estrellas de Hollywood como Keanu Reeves, Giovanni Ribisi o Jim Carrey en pequeños papeles para los que se han despojado de cualquier atisbo de glamour, con el fin de descubrirnos unos registros diferentes a los habituales en ellos, enfundados en unos personajes de lo más excéntricos. El paso de este segundo filme de la directora por Venecia, donde despertó sentimientos encontrados entre la crítica, se saldó con el Premio Especial del Jurado y con la confirmación de que hay que seguir muy de cerca los futuros pasos de Amirpour.

    Desde su título The bad Batch hace mención al lote malo que, en un futuro indeterminado (no demasiado lejano, si nos atenemos a cómo se encuentra la situación política mundial), las autoridades estadounidenses castigan expulsando fuera de sus límites, más allá de una simbólica alambrada metálica, a esa tierra de nadie peligrosa y polvorienta que es el inabarcable desierto de Texas. Allá van a parar los desheredados, aquellos que no se amoldan a las exigencias de un país que ha pasado de simbolizar la tierra de las oportunidades a dar la espalda a aquellas personas que, según sus reglas, no contribuyen a colaborar en la prosperidad de su sociedad. Así, inmigrantes ilegales, enfermos, delincuentes o mendigos son carne de cañón para ser deportados a este lugar sin leyes –un cartel avisa de que allí no hay ningún tipo de seguridad ni amparo, al estar fuera de la jurisdicción de los Estados Unidos–, en donde solo el más fuerte sobrevive en un panorama desolador donde dos son las zonas dominantes y radicalmente divididas: la peligrosa Bridge, habitada por tribus de caníbales vigoréxicos en perpetua caza de víctimas que van llegando desde el otro lado de la frontera, y The Confort, una suerte de sociedad algo más segura que sigue a un líder sectario (The Dream, al que presta su hierático rostro un inspiradísimo Keanu Reeves) que seduce a sus seguidores a base de música electrónica, luces de neón y pastillas de LSD con las que promete ayudarles a escapar de la oscura realidad para alcanzar el anhelado "Sueño". La película comienza con el abandono en el desierto de la protagonista, la joven Arlen (la modelo Suki Waterhouse está a la altura de las circunstancias), y su brutal aclimatamiento al medio después de que un grupo de caníbales la capturen y mutilen salvajemente, arrebatándole un brazo y una pierna. Desde entonces, la cámara la seguirá en la búsqueda para encontrar su sitio, dominada por unos sentimientos de odio y venganza que solo el amor podría redimir, aun cuando este llegue en el entorno menos favorable y de la persona más inesperada.

    «Un estimulante ejercicio de estilo, tremendamente sugestivo y visceral en su primera mitad, pero bastante más convencional en el tramo final, salvado por algún brillante hallazgo irónico».


    Nos encontramos pues ante una fábula distópica que, en sus formas, resultaría fácil de definir como un cruce imposible entre la legendaria saga de Mad Max de Richard Donner –con sus violentas tribus enfrentadas por la supremacía del agua y la supervivencia– y el horror físico y setentero de La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) o Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977), tocado por ese espíritu de spaghetti western fronterizo que ya puede considerarse marca de la casa, pero el libreto de Amirpour va un par de pasos más allá en sus ambiciones, dando mayor prioridad a la crítica social que a la acción (de hecho, esta es inexistente). No hay que ser muy despierto para atisbar una afiladísima metáfora de la política de inmigración de Trump en un argumento que tiene como coprotagonista al inexpresivo Jason Momoa metido en la piel de Miami Man, un artista cubano que una vez llegó a Estados Unidos en busca de un futuro mejor y acabó convertido en un voraz caníbal en medio del desierto. En el universo imaginado por la cineasta sus criaturas hacen gala de pocas palabras –en el caso del enigmático ermitaño encarnado por el sorprendente Jim Carrey, ni abre la boca–, sobreviven al límite utilizando sus instintos más primarios y tratan de mantener intactas sus identidades, huyendo de cualquier tipo de etiqueta preconcebida, a la hora de alcanzar la armonía dentro de un paisaje caótico y desesperanzador. Como en su debut, Amirpour otorga una gran importancia a las formas, entregando un producto visualmente atractivo, con algunos pasajes que adoptan una apariencia videoclipera y una banda sonora muy variada, que incluye clásicos como el Karma Chameleon, de Boy Culture, o el All That She Wants, de Ace of Base (utilizado como música de fondo en la escena de la agresión caníbal, la más impactante de la función). Los ochenta y su estética, tan de moda en los últimos años, son una de las fuentes de inspiración para la plasmación en imágenes de este feroz futuro, con sus habitantes oyendo canciones en walkmans o montando en monopatín (un elemento ya utilizado con similares objetivos en Una chica vuelve sola a casa de noche). Si no fuese por la obsesión de alargar más de lo conveniente algunas secuencias que se recrean en la nada (la psicodélica sesión musical en The Confort, que culmina con el primer encuentro entre Arlen y Miami Man es buena muestra de ello) y por lo moroso de su ritmo, estaríamos ante una gran película, ya que discurso potente y una sensibilidad única e intransferible no le faltan. Lo que queda es un estimulante ejercicio de estilo, tremendamente sugestivo y visceral en su primera mitad, pero bastante más convencional en el tramo final, salvado por algún brillante hallazgo irónico, como el que tiene como protagonista a un conejo. Tal vez Amirpour debería empezar a pulir sus excesos autorales para, la próxima vez, centrarse más en la historia y en unos personajes mejor dibujados (aquí, pese a que son interesantes, desconocemos todo sobre sus pasados y sus motivaciones, dejando una sensación de esquematismo frustrante, sobre todo en lo referente a la personalidad de su heroína), con los que el espectador se pueda sentir identificado en algún instante. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: The Bad Batch. Directora: Ana Lily Amirpour. Guion: Ana Lily Amirpour. Productores: Megan Ellison, Danny Gabai, Sina Sayyah. Productoras: Human Stew Factory / Annapurna Pictures / Vice Films. Fotografía: Lye Vincent. Montaje: Alex O'Flinn. Dirección artística: Sean Brennan. Diseño de producción: Brandon Tonner-Connolly. Reparto: Suki Waterhouse, Jason Momoa, Keanu Reeves, Jayda Fink, Giobanni Ribisi, Diego Luna, Yolonda Ross, Jim Carrey.

    Godard

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