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    Crítica | La chica desconocida

    La fille inconnue

    Mujer, médica

    crítica ★★★★ de La chica desconocida (La fille inconnue, Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne, Bélgica, 2016).

    Quizá a los lectores menos tendentes a lo obsesivo-compulsivo les suene extraño, pero una de las manías insobornables de quien escribe es la necesidad de las puertas cerradas. Hasta el punto de que emprender cualquier actividad que requiera un mínimo de concentración se hace harto difícil si hay alguna abertura de habitación, armario o cajón sin cerrar en las proximidades. Por supuesto, esto se aplica a la vivencia cinematográfica. Una de las experiencias más irritantes para un servidor son las escenas que transcurren cuando un personaje entra a una casa ajena y la puerta queda abierta mientras sigue transcurriendo la acción. Ya puede ser la secuencia más rutinaria del mundo. La presencia de esa vaga amenaza de la puerta sin sellar genera una tensión personal mucho mayor que cualquier cosa que esté pasando dentro de cuadro. El «clac» de la cerradura encajando firmemente en su hueco es una fuente de alivio que, de no producirse, deriva en un creciente síndrome de abstinencia. Tanto es así que suelo distinguir dos tipos de directores. Los que se preocupan por cerrar las puertas en sus escenas y los que no. ¿A qué viene esta confesión maniática? A que los Dardenne, claramente, pertenecen al primer grupo. Sustituyamos el detalle de la puerta por el de un botón. Jenny, protagonista de La chica desconocida, sufre a lo largo de la película tres estallidos fugaces de violencia. Tres golpes repentinos, físicamente ilesivos pero cargados igualmente de dureza, perpetrados por tres hombres diferentes. En el que más se ha quedado grabado en mi memoria, un hombre la agarra por las solapas de su chaqueta. Tras un forcejeo breve, uno de los botones de la chaqueta se le desprende y cae al suelo. El sonido del contoneo circular del botón sobre las losas del suelo se prolonga unos segundos tensos. Tras ello, este mecanismo obsesivo se activa. El botón en el suelo queda en suspenso como espoleador de esa sensación nerviosa de incompletitud. La confrontación, ahora verbal, de Jenny contra el hombre continúa. ¿Pero qué pasa con el botón? ¿Qué con el hueco asimétrico que ha quedado en la chaqueta de ella? El tono de la conversación se va relajando hasta que los dos personajes llegan a una resolución pacífica, pero mi tirantez persiste. Probablemente también persiste en Jenny, aún sacudida por la agresión. ¿Cómo sé que los Dardenne comprenden mi tensión, paralela a la de la protagonista? Porque la secuencia no se cierra con el acuerdo final entre los dos personajes, sino con un movimiento de cámara que no tiene más propósito que mostrar a Jenny recogiendo el botón del suelo, en silencio.

    Permítasenos ahora pasar de esta anécdota mínima a una frase generalizadora. La nueva cinta de los Dardenne se mueve por terrenos familiares a lo detectivesco. Pero conviene borrar esa idea de la cabeza al verla. Porque la involucración del espectador no se basa en recursos habituales del género. La intriga de la trama es mínima. En su lugar, el suspense deriva de pequeñeces como el detalle del botón. Situaciones tensadas por una atmósfera de peligro inconcreto. Tampoco recurre a la cercanía sentimental al sufrimiento de la víctima y allegados. La investigación sobre el asesinato de una prostituta motiva las pesquisas que nuestra protagonista lleva a cabo, pero ese asesinato no es más que la excusa argumental. Lo que realmente proponen los Dardenne es la construcción moral de un personaje a través de una empatía indirecta que, de nuevo, solo es perceptible mediante detalles pequeños. ¿A que nos referimos con empatía indirecta? A que lo conmovedor de La chica desconocida no se encuentra en la proximidad emocional a la víctima, sino en descubrir la capacidad de empatía que atesora Jenny. En la inmensa (a la vez que pequeña) heroicidad que le confiere la combinación entre convicción moral y sensibilidad con la que está trazada. En ambas facetas entra en juego la comprensión que demuestran los directores hacia las capacidades de su actriz. Si hay algo que hace fascinante a Adèle Haenel es cómo conjuga una presencia tajante con una evocación de dulzura camuflada. Esa presencia, al construir a su personaje, hace tremendamente física la convicción ética que la mueve. No hay más que observar las miradas rotundas con las que se dirige al resto de personajes, o sus movimientos corporales ante los brotes de violencia que recibe. Una breve concesión al sobresalto antes de recuperar, en cuestión de décimas, la postura recta y los hombros inclinados. Pero también, la dulzura que se percibe oculta aflora para demostrar la capacidad empática de Jenny. Es un personaje que llora sin disimulo cuando las revelaciones sobre la víctima le afectan. Pero llora como si no estuviera llorando, manteniendo el rictus severo y la mirada firme. Los Dardenne parecen confiar en que el mero desplazamiento de las lágrimas desde el aguamarina de sus ojos bastará para que la llamada llegue a lo más profundo de un personaje o de un espectador atento.

    La fille inconnue

    «Solo dos palabras definen la construcción de Jenny. Mujer, médica. Esto es, víctima por solidaridad de la violencia machista de la que la película habla, y profesional dedicada que no se deprende nunca de su maletín y su fonendo. El acceso a su mundo interior y a su vida no profesional nos está vedado por completo. Pese a ello, su presencia, física y ética, da entidad a la pequeñez de los elementos que la definen».


    Las acciones de Jenny están dictadas por un fuerte sentido de la responsabilidad. Obsérvese la situación que impulsa su implicación. La prostituta llama a la puerta del consultorio donde trabaja Jenny justo antes de ser asesinada, pero nuestra protagonista no le abre porque han cerrado hace una hora. Cuando descubre su falta al día siguiente, su empeño en averiguar el nombre de la chica la empuja a la involucración total con la investigación. Pese a que, legalmente, su actitud ha sido irreprochable. El mecanismo narrativo, en esencia, es similar al de Dos días, una noche. Un personaje con un propósito firme se confronta, en una serie de encuentros, con distintos personajes que pueden ayudarle a avanzar en él. La diferencia radica en que la necesidad que mueve a Jenny es de índole ética e incomprendida por el resto. ¿Qué le importa a ella el asesinato de una chica que no tiene siquiera nombre? ¿Por qué debería sentirse mal sólo por no haber abierto el consultorio fuera de horario? Mencionábamos a tres hombres que la agreden, y en sendos casos la agresión se debe a caracteres que actúan desde una moral opuesta a la de Jenny: la culpabilización ajena de los males propios. Mientras que éstos disminuyen su responsabilidad en el crimen, y esta disminución se hace evidente ante el espectador, la actitud de Jenny nos puede llegar a parecer excesiva. Cuando su responsabilidad es comparada con la del propio asesino, ella no sólo no la niega, sino que la asume explícitamente. Pero este sentido riguroso de la responsabilidad resulta muy efectivo para sus propósitos. Logra desatar la reacción del resto de caracteres, y funciona como elemento de cercanía para el espectador. Aun cuando la acotación del personaje es estricta. Solo dos palabras definen la construcción de Jenny. Mujer, médica. Esto es, víctima por solidaridad de la violencia machista de la que la película habla, y profesional dedicada que no se desprende nunca de su maletín y su fonendo. El acceso a su mundo interior y a su vida no profesional nos está vedado por completo. Pese a ello, su presencia, física y ética, da entidad a la pequeñez de los elementos que la definen. Poco más que botones caídos, lágrimas, un fonendo. | ★★★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / Pamplona


    Ficha técnica
    Bélgica, 2016. La fille inconnue. Directores: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne. Guión: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne. Productora: Les Films du Fleuve. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016. Productores: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Denis Freyd. Fotografía: Alain Marcoen. Montaje: Marie-Hélène Dozo. Vestuario: Maïra Ramedhan Levi. Diseño de producción: Igor Gabriel. Reparto: Adèle Haenel, Jérémie Renier, Olivier Bonnaud, Louka Minnella, Olivier Gourmet, Thomas Doret, Fabrizio Rongione, Christelle Cornil, Nadège Ouedraogo, Pierre Sumkay. Duración: 113 minutos. PÓSTER.

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