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    Crítica | Personal Shopper

    Personal Shopper

    La indefinición del cuerpo del presente

    crítica ★★★★★ de Personal Shopper (Olivier Assayas, Francia, 2016).

    Cuesta de entrada sentenciar una película como Personal Shopper si tenemos que hacerlo en cuestión a su supuesta e inevitable contemporaneidad. Sin cerrarnos del todo a esa posibilidad, de la cual su clarividente discurso podría hacernos dudar, sería mucho más preciso y coherente articularla bajo los parámetros de la modernidad, o más bien, de encontrarnos una obra que estudia y concursa los mecanismos de la vida contemporánea y de todas y cada una de las formas alienantes arrancadas del presente. El director nos advierte de la frustración actual de una juventud, o yendo más lejos, la de un amplio rango generacional, desubicada ante las responsabilidades que la sociedad acredita sobre ella, abocados a un sinfín de trabajos poco o nada edificantes, expuestos al yugo de una economía asfixiante en paralelo al decrecer de las ilusiones y de la pérdida progresiva en la realización personal. La última obra de Oliver Assayas dirime los nódulos representativos de su cine albergando las muestras pertinentes de esa ausencia de identidades que parecen sufrir la mayoría de sus personajes. En el caso que nos ocupa, Maureen (Kristen Stewart), una joven norteamericana residente en París, personifica (en el espejo convexo donde se refleja el autor), la figura alineada que asume un rol insatisfactorio en un trabajo que no le gusta asumiendo incluso ser el objeto de abuso en la deriva estructural del capitalismo. La joven cumple la función emocional del sujeto pasivo incapaz de romper con las ligaduras productivas que exprimen, mutilan sus talentos. Se nos presenta, por tanto, un reflexivo abordaje de la vida del presente, en tanto y cuanto la actividad ejercida, en este caso Maureen trabaja de asistenta personal de una celebridad, explota nuestras ambiciones y nos convierte en esclavos de un agnóstico sistema colectivo de destrucción individual.

    Al efecto, en el otro extremo apasionante del filme, chocamos con la transfiguración, de donde partirá la imagen fantasmal del relato, que será sin duda un mero recubrimiento de las ideas principales del discurso, uno que se aleja paulatinamente del misterio espiritual para construir una brillante actualización de lo identitario y filmar la progresiva transformación robótica del que habita como un muerto en el opresivo mundo de los vivos. Maureen se mantiene en espera, quiere manifestarse con su hermano gemelo recién fallecido. La espera se procesa en arreglo al vínculo existente con el hermano muerto, no solo en el cómputo de un vacío, donde domina la desolación debido a la pérdida de alguien tan unido sanguina o emocionalmente, sino en la repentina y precipitada ausencia. Merecería la pena detenerse en este punto para activar la lectura, sumamente enriquecedora, que aplica Assayas del vacío de Maureen, hasta el extremo de que la parte masculina del hermano pueda llegar a interferir en su feminidad, cuestionada en cuanto se impulsa un retrato voraz del cuerpo en paralelo a la andrógina figura de la protagonista. Una deriva interesante acerca de las pautas sexuales actuales y la obsesiva e imperante indefinición de género. Este tortuoso proceso de desfeminización obliga a entender cómo Maureen niega durante gran parte de la historia a resaltar su figura de mujer pese a que su trabajo la obliga a depender constantemente de unos patrones estéticos femeninos, tal y como vienen siendo los ropajes y vestidos elegidos para su jefa. Potenciando la asexualidad, omite cualquier acercamiento que imponga una hegemonía propia capaz de alejarla del estrecho vínculo con su hermano. La mirada de Assayas establece un sentido platónico de lo sexual, buscando reintegrarse en un conjunto único originario. El fantasma de la androginia duerme en Maureen escarbando los estilemas o arquetipos de los modelos de belleza actuales, afines a la eliminación gradual de rasgos promontorios y exuberantes. Personal Shopper supondrá entonces una crítica feroz al mundo de la moda, como podemos ver en la superficialidad detallada en escenas concretas, o en la tiranía autoimpuesta de la estética. Cuando Maureen acepta cambiar radicalmente de aspecto comenzará una metamorfosis donde el cuerpo es desligado de la masculinidad para engendrar, modelar, un sujeto nuevo. El director filma la lenta evolución de la joven puesto que pasamos de una timidez o reticencia inicial —a la hora de probarse el vestuario de la jefa— hasta caer en el deseo más absoluto e irracional. Esto saca a colación la dicotomía presente en la película de sujeto activo y el sujeto pasivo, o lo que es igual, la sumisión de roles y subordinación de la esclava frente a la opresora. Causa efecto de las relaciones sadomasoquistas representadas en el subtexto de la cinta. Se explora el deseo sexual y la búsqueda de una identidad firme capaz de retratar las diferentes relaciones de poder de la mujer.

    Personal Shopper

    «La cosmovisión de Assayas pende de una manifestación física que no existe, que se escapa; y de ello parte la contemporaneidad seminal de Personal Shopper, a medio camino entre el vacío espectral y la necesidad somática, tangible de un cuerpo vivo y reconocible».


    Personal Shopper pondrá este discurso en primer plano en la magistral secuencia de la transformación. Maureen decide ponerse toda la ropa de la jefa cambiando por completo de figura y viéndose reflejada como la otra. Assayas filmará esa escena mediante una combinación de barridos pertinentes dejando en fuera de campo el cuerpo de la protagonista hasta enfocarla ya definitivamente convertida. Mismo vestido, mismas botas, el arnés(1), acentúan subversión y plena libertad. Fílmicamente, el autor de Después de mayo genera un plano de registros fantasmas en cuales deposita un florecimiento, un renacer, ilustrativo del deseo hacia la sexualidad aletargada (consumada en la escena de la masturbación, el cambio de papeles). Hay veces que se potencia o alimenta lo sexual, otras en cambio se frena o castiga, las ventanas o espacios permanecen entreabiertos como invitando a entrar un tipo de sombras maquiavélicas o retorcidas, un tipo de terror perverso, pero la textura, y dinámica de la cámara rehúye de una atmósfera de horror. Pero en realidad todo termina por ceñirse al espacio y al lugar, contrastes entre el espacio público y el privado, el social y el familiar, el laboral y el de recreo, el cultural o el sexual. Esos espacios que, a priori, no encajan en ninguna realidad temporal porque no tenemos conocimiento de qué habitaron antes en ellos, solo disponemos de recuerdos, vagos, y personales, vivimos a través de una ficción, de una creencia. Lo médium, el vínculo fuerte, es solo un espejismo. Maureen se aferra como un clavo ardiendo a la imposible idea de recibir algún tipo de aviso o comunicación especial del hermano más allá de la muerte, pero Assayas rueda esa presencia ilusoria como algo muy distante, tomando las escenas, y buena parte del “hipotético” campo fantástico, sin creer absolutamente nada en ello. Secundarios, lejos del motivo central de filme, los poderes especiales de Maureen solamente vienen a subrayar su lejanía con el mundo real, sus deseos reprimidos, sus amarguras y condenas. En realidad fantasea constantemente con el plan de ser otra persona, como si solo así se desprendiera de su carga emocional. La mostración del comportamiento sexual directo o indirecto cristaliza, en suma, la acción dramática, consciente de la pulsión fijada, transmitida por el anhelo de Maureen.

    Todavía, escorada en una trascendencia solo del presente, el cineasta otorga un cierto espesor a la identidad del discurso tecnológico. Un mundo virtual dentro de la era del Smartphone y de la conectividad global. Hay una conexión indiscutible entre la información urgente e instantánea y la psicología de Maureen. Su comprensión del tiempo y el manejo de pistas o informaciones que la ayuden a relacionarse con el espiritismo, la muerte o el deseo, pasan todas por los filtros de la pantalla del móvil. Define gran parte de nuestra época en el aislamiento, acaso fantasma, de una sociedad cada vez menos física, menos material, y más abstracta e impalpable. El plano, ligeramente picado de Maureen saliendo del tren con los cascos puestos escuchando audios de la pintora Hilma Af Klint(2), confundida entre la masa de la gente, habitando ese mundo virtual no del todo real, o los reencuadres del móvil en el bar o cafetería comiendo mientras absorta, invisible, atiende a la curiosa película sobre las mesas giratorias de Víctor Hugo (hila con un pasado mágico del espiritismo), sirven de perfectos ejemplos de un tiempo adicto al teléfono móvil como lenguaje único y esencial. Los primeros planos de la pantalla del iPhone, con los mensajes de texto anónimos que recibe Maureen, cosifican los lenguajes del presente para los que el móvil sirve de brújula o hábito, una telepatía enfermiza e inmutable con los vivos o muertos (apenas existe una diferenciación entre ambos mundos, siguiendo una línea temporal disuasoria, virtual y engañosa). La cosmovisión de Assayas pende de una manifestación física que no existe, que se escapa; y de ello parte la contemporaneidad seminal de Personal Shopper, a medio camino entre el vacío espectral y la necesidad somática, tangible de un cuerpo vivo y reconocible. | ★★★★★ |


    David Tejero
    © Revista EAM / Festival de Sevilla


    (1) El arnés es un símbolo del espectro sadomasoquista que flota en la película. Al principio Maureen acepta probárselo solo como un posible cambio de roles, luego en el apartamento completará el disfraz tomando entonces las riendas y apropiándose de la identidad de Kira (su jefa).

    (2) Assayas introduce constantemente detalles o referencias a personalidades relacionadas con las artes y la cultura, como la pintora Hilma Af Klint precursora del arte abstracto cuya obra permaneció oculta durante mucho tiempo viendo la luz años después de su muerte. Ella aseguraba que pintaba obedeciendo el dictado de unas voces de seres superiores de otro mundo, situadas en un plano astral o extraterrestre. Durante la mayor parte de su vida se mantuvo aislada, por miedo a no ser comprendida. También vemos en la película fotografías y libros relacionados con la ilustre fotógrafa alemana Ellen Von Unwerth, una de las figuras claves del erotismo femenino. Tenía una mirada especial a la hora de retratar las fantasías sexuales, el sadomasoquismo, lo voyeur, algo que guarda estrecha relación con el oscuro fondo de Personal Shopper. Destacan sus trabajos para Vanity Fair, The Face, o Vogue; revista por cierto blanco de alguna que otra crítica en la película quizás por ajustarse a los patrones de belleza (andrógina) predominantes en el actual sector de la moda. “tienes una cara muy Vogue” le dicen a Maureen en una escena (capital) del filme.

    Ficha técnica
    Francia, 2016. Título original: «Personal Shopper». Director: Olivier Assayas. Guion: Olivier Assayas. Productoras: Arte France Cinéma, CG Cinéma, Poisson Rouge Pictures. Presentación oficial: Sección oficial del Festival de Cannes, donde ganó el Premio a la mejor dirección. Fotografía: Yorick Lesaux. Reparto: Kristen Stewart, Lars Eidinger, Nora von Waldstätten, Anders Danielsen Lie, Pamela Betsy Cooper, Sigrid Bouaziz, David Bowles, Ty Olwin, Leo Haidar, Benoit Peverelli, Fabrice Reeves, Abigail Millar. Duración: 105 minutos. PÓSTER OFICIAL.

    Rosalie Blum
    Feelmakers

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